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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Tenía que redactar un discurso. Demostraría que poseía un admirable autocontrol si pudiera hacerlo, pensó, pero no me veo capaz. Se levantó y se acercó a la ventana. Los operarios de Maurice Duplay trabajaban en el patio. Al notar que los observaba, le saludaron con la mano. Pensó en bajar a conversar con ellos, pero temía encontrarse con Eléonore. O con la señora Duplay, la cual lo atraparía en el cuarto de estar y le ofrecería unos dulces mientras hablaría sin descanso. Le aterraba ese cuarto de estar, con sus numerosos «artículos» de nogal -no cabía otra palabra para describirlos-, su tapicería de terciopelo rojo de Utrecht, sus apolillados cortinajes y su estufa esmaltada que exhalaba una densa humareda. Era una habitación a la que iban a morir todas las esperanzas. Camille se imaginó cubriendo la cara de Eléonore con un cojín rojo y asfixiándola.

Al fin decidió redactar el discurso. Tras escribir un párrafo lo tachó y volvió a empezar. El tiempo transcurría lentamente. De pronto oyó unos golpecitos en la puerta.

– ¿Puedo pasar, Camille?

– Adelante.

Relájate, no te pongas nervioso, se dijo.

– ¿Está ocupado? -preguntó Elisabeth Duplay.

– Tengo que escribir un discurso pero no puedo concentrarme. Mi esposa…

– Lo sé -contestó la joven, cerrando la puerta suavemente. Babette. La bobalicona-. ¿Quiere que me quede a charlar un rato con usted?

– Sería un placer -respondió Camille.

– No mienta -dijo Babette, soltando una carcajada-. No sería un placer, se aburriría.

– Si temiera aburrirme, te lo diría.

– Tiene fama de ser un hombre encantador, pero viene pocas veces a vernos. Nunca se muestra encantador con mi hermana Eléonore. Debo reconocer que Eléonore me crispa los nervios, pero soy la menor, y en mi familia nos han enseñado a ser educadas con nuestros mayores.

– Eso está bien -contestó Camille.

Lo dijo en serio. No comprendía por qué se reía tanto Babette. Pero de pronto notó que cuando se reía estaba más guapa. Mucho más que sus hermanas.

La muchacha se sentó en el borde de la cama y dijo:

– Max nos ha hablado mucho de usted. Me encantaría conocerlo mejor. Creo que es usted la persona que él más quiere en el mundo, a pesar de que son muy distintos.

– Debe de ser mi encanto -respondió Camille-. Es evidente, ¿no es cierto?

– Max es muy amable con nosotros. Es como un hermano. Nos defiende ante nuestro padre. Nuestro padre es un tirano.

– Todos los hijos piensan lo mismo -contestó Camille. La frase le chocó. ¿Cómo se comportaría él con su hijo? Cuando éste fuera un adolescente, él sería un hombre de mediana edad. Se preguntó qué haría su padre cuando su madre le dio a luz. Imaginó que estaría ocupado con su Enciclopedia de la ley. Mientras su madre gritaba de dolor, su padre estaría confeccionando un índice.

– ¿En qué piensa? -le preguntó Babette.

Camille no pudo reprimir una sonrisa. ¿Acaso le estaba sugiriendo que deseaba conocerlo más íntimamente? Las mujeres solían hacer esa pregunta después del acto sexual, pero tenían que ensayarla de jovencitas.

– En nada -contestó, como de costumbre. Se sentía incómodo-. ¿Sabe tu madre que estás aquí, Elisabeth?

– Prefiero que me llame Babette, como todo el mundo.

– Vaya, vaya…

– No sé si lo sabe. Creo que ha ido a comprar el pan -contestó la joven, alisándose la falda e instalándose más cómodamente sobre la cama-. ¿Por qué lo pregunta?

– Quizá te esté buscando.

– Ya me llamará.

Se produjo un breve silencio, mientras la muchacha le observaba fijamente.

– Su esposa es muy guapa -dijo.

– Sí.

– ¿Se alegraba de estar embarazada?

– Al principio sí, pero al final se le hizo largo y pesado.

– Supongo que a usted también se le haría largo y pesado.

Camille cerró los ojos. Estaba casi seguro de hallarse en lo cierto. Al cabo de unos segundos volvió a abrirlos. Quería cerciorarse de que la joven no se había movido.

– Debo irme.

– Pero Camille… -Babette lo miró con aire ingenuo-. ¿Y si le envían recado de que ha nacido el niño y usted no está?

– En ese caso será mejor que charlemos en otro sitio.

– ¿Por qué?

Porque es evidente que tratas de seducirme, pensó. Si nos quedamos aquí, dentro de un momento te habrás quitado la ropa.

– Lo sabes perfectamente.

– ¿Qué tiene de malo conversar en un dormitorio? La gente puede celebrar una fiesta en un dormitorio, incluso una conferencia.

– Desde luego. Debo irme.

– ¿Acaso teme que suceda algo? ¿Le parezco atractiva?

No puedes decir, yo no dije eso. Te expones a que se eche a llorar, a que tu respuesta la traumatice, a que acabe siendo una solterona. Está bien, no puedes decir eso, pero puedes decir cosas peores.

– ¿Haces esto a menudo, Elisabeth?

– No suelo subir mucho por aquí. Max está siempre muy ocupado.

Muy ingeniosa, pensó Camille. La abanderada de un ejército de rollizas vírgenes de clase media, el tipo de chica que te causaba problemas cuando tenías dieciséis años, y que podría causártelos ahora.

– No te deseo -dijo.

– Eso no importa.

– ¿Cómo dices?

– Que eso no importa. -Babette saltó de la cama, se acercó a él sin hacer ruido y, apoyando una mano en su hombro, añadió-: Tú estás aquí. Yo estoy aquí. -Se quitó las horquillas del pelo y lo miró, con las mejillas encendidas y enmarcadas por su melena castaña-. ¿Todavía quieres irte?

Camille sabía que bajaría tras él hasta el cuarto de estar, donde se encontrarían (conocía esas siniestras reuniones familiares) a Eléonore, al sobrino y a Maurice Duplay. De pronto se vio reflejado en el espejo y observó que su rostro expresaba una mezcla de furia, confusión y sentimiento de culpabilidad. Babette retrocedió y se apoyó en la puerta, sonriendo. Había dejado de ser el miembro más insignificante de la familia.

– Esto es absurdo -respondió Camille-. Es increíble.

Babette lo miró fijamente. Tenía la expresión de un cazador furtivo inspeccionando una trampa.

– No deseas vivir una romántica aventura -dijo Camille-. Sólo deseas ver sangre.

– Así pues, ¿no tenemos nada en común? -preguntó ella.

Era prácticamente una niña, pero enérgica y decidida. Cuando Camille la obligó a apartarse de la puerta, la pañoleta que cubría sus hombros cayó al suelo. La modista de la señora Duplay no es precisamente una artista, pensó Camille mientras contemplaba el blanco y voluminoso pecho de Babette.

– Estoy muy excitada -dijo ella, cogiéndole la mano y aplicándola sobre el pulso que latía en su cuello-. Me has tocado, me has acariciado.

Su rostro incitaba a la violencia. Camille sintió deseos de abofetearla, pero temía que se pusiera a gritar. Debo prevenir a la gente contra esta pequeña zorra, pensó, repasando mentalmente la lista de personas a las que debía prevenir contra ella.

– No temas, no entrará nadie -dijo ella-. Echaremos el cerrojo. Bésame.

Camille recogió la pañoleta del suelo y se la colocó sobre los hombros, clavándole los dedos en los brazos.

– Avisaré a tus hermanas -dijo-. Creo que no te encuentras bien.

– Me haces daño -protestó Babette.

– No es cierto. Péinate.

La joven lo miró con una curiosa expresión, no de rencor sino de rabia. Luego se apartó bruscamente y corrió hacia la ventana. Tenía las mejillas arreboladas y respiraba con dificultad. Camille la sujetó por los hombros y dijo con tono enérgico:

– Basta. Domínate, vas a desmayarte.

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