La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Cuando se disponían a seguir a Luis hasta la alcoba real, observando rigurosamente el orden que les correspondía, el Rey se volvió de pronto y les cerró la puerta en las narices.
Los aristócratas se miraron perplejos. De pronto comprendieron la gravedad de la situación.
– Esto no tiene precedentes -murmuraron.
Lucile acarició la mano de Gabrielle para darle ánimos. Había una docena de personas en la casa y numerosas armas de fuego amontonadas en el suelo.
– Trae más luces -ordenó Danton a Catherine.
Al cabo tic unos minutos apareció la rolliza sirvienta con unas velas que arrojaban sombras sobre el techo y las paredes.
– ¿Puedo quedarme en tu casa, Gabrielle? -preguntó Louise Robert, abrigándose con el chal como si tuviera frío.
Gabrielle asintió.
– ¿Es necesario conservar aquí estas armas? -preguntó.
– Sí. No se te ocurra tocar nada -contestó Danton.
Lucile se acercó a su marido y le dijo algo en voz baja. Luego se volvió y llamó a Georges. Le dolía la cabeza debido al champán que había bebido, y sentía un nudo en la garganta. Sin mirarla, Danton interrumpió su conversación con Fréron, pasó el brazo por la cintura de Lucile y la atrajo hacia él.
– Lo sé, lo sé -dijo-. Pero debes ser fuerte, Lolotte, no eres una niña, debes ocuparte de los demás.
Danton mostraba una expresión distante. Ella reclamaba su atención, quería que su imagen quedara grabada en su mente, ser su primera prioridad. Pero él parecía estar muy lejos de allí, en las Tullerías, en el Ayuntamiento, mientras sus labios emitían unas palabras automáticas de consuelo.
– Te ruego que cuides de Camille -dijo ella-. No dejes que le suceda nada malo.
Danton la miró, serio, como tratando de buscar las palabras adecuadas. Quería ofrecerle una respuesta sincera.
– No dejes que se aparte de ti -insistió ella-. Te lo suplico, Georges.
Fréron le tocó el codo, pero ella se apartó bruscamente.
– Descuida, Lolotte, procuraremos protegernos mutuamente -dijo Fréron-. Es lo mejor que podemos hacer.
– No quiero nada de ti, Conejo -replicó Lucile-. Ocúpate de tus asuntos.
– Escucha -dijo Danton, clavándole sus azules ojos. Ella pensó que iba a decirle: «Te hablo como si fueras una mujer hecha y derecha», pero no lo dijo-. Cuando te casaste con Camille ya sabías dónde te metías. Debes elegir entre una vida segura o una vida consagrada a la Revolución. No temas, ¿acaso crees que voy a correr riesgos innecesarios?
Danton miró el reloj, y Lucile lo imitó. Mediremos nuestra supervivencia por ese reloj, pensó Lucile. Era su regalo de bodas a Gabrielle. Las manecillas estaban rematadas por una delicada flor de lis. En 1786 y 1787, Georges era un abogado de la Corona; Camille estaba enamorado de Annette; Lucile tenía dieciséis años. Danton le rozó la frente con sus grotescos labios y dijo:
– La victoria sería pura ceniza.
Podía haber hecho un trato con ella. Pero no era de ese tipo de hombres.
– Por lo que a mí respecta -dijo Fréron-, no me importaría que todo terminara esta noche. -Luego miró a Lucile y añadió-: Mi vida carece de sentido.
La voz de Camille sonó acremente solícita a través de la habitación:
– Conejo, no pensé que pudieras sentirte así. ¿Puedo hacer algo por ti?
Alguien soltó una risita. No puedo remediar que estés enamorado de mí, pensó Lucile. Deberías ser más sensato; a Hérault no se le ocurriría decir que su vida carece de sentido, ni a Arthur Dillon; saben perfectamente que sólo se trata de un juego. Pero esto no es un juego; esto no tiene nada que ver con el amor. Lucile saludó a Camille con la mano, dio media vuelta y se dirigió a la alcoba. A través de la puerta que había dejado entreabierta se filtraba la luz de otras habitaciones y unos retazos de la conversación. Se tumbó en un diván y al cabo de pocos minutos se quedó dormida, sumida en un letargo cuajado de extraños y confusos sueños.
– La cámara del Gran Consejo, señor -dijo Pétion. Se dirigía a los aposentos reales, con la banda de alcalde rodeando su voluminoso torso. Los aristócratas retrocedieron para cederle el paso.
Al cabo de unos momentos llegó a las galerías exteriores.
– ¿Puedo preguntar qué hacen ustedes aquí, caballeros? -dijo, como si se dirigiera a una pandilla de simios y no esperara una respuesta.
El primer simio que se adelantó era un anciano de unos ochenta y cinco años, frágil y tembloroso, que lucía sobre su pecho unas condecoraciones que Pétion no pudo identificar. Se inclinó cortésmente y le dijo:
– Señor alcalde, uno no se sienta dentro ni cerca de los aposentos reales, a menos que el Rey lo ordene específicamente. ¿No lo sabía?
El anciano miró significativamente a sus colegas. De su escuálida cintura colgaba una espada. Todos los simios llevaban una. Pétion lanzó un bufido y se marchó.
El Rey parecía aturdido; estaba acostumbrado a dormir varias horas seguidas, a su horario habitual. María Antonieta se hallaba sentada en un sillón, muy tiesa, con su pronunciada mandíbula de los Habsburgo fuertemente apretada; ofrecía el aspecto que Pétion había imaginado. Pierre-Louis Roederer, un alto funcionario del departamento del Sena, se hallaba de pie junto al sillón de la Reina. En sus manos sostenía tres grandes volúmenes mientras hablaba con el marqués de Mandat, comandante en jefe de la Guardia Nacional.
Pétion se inclinó, aunque no profundamente ni de forma servil.
Pétion: ¿Qué son esos libros, Roederer? Esta noche no necesitará consultar ningún libro de leyes.
Roederer: Pensé que quizá fuera preciso declarar la ley marcial dentro de los límites de la ciudad, e ignoraba si el departamento tiene autoridad para hacerlo.
Señora Elisabeth: ¿La tiene?
Roederer: No lo creo, señora.
Pétion: Yo sí tengo esa autoridad.
Roederer: Lo sé, pero no sabía si estaba usted… retenido.
El Rey [suspirando]: Como el 20 de junio.
Pétion: Olvídese de sus libros de leyes. Tírelos. Quémelos. Cómaselos. O consérvelos para golpear a la gente con ellos. Son más contundentes que los mondadientes que llevan todos.
Mandat: Pétion, ¿se da cuenta de que es usted legalmente responsable de defender el palacio?
Pétion: ¿Defenderlo contra qué?
La Reina: Han organizado la insurrección en sus propias narices.
Mandat: No disponemos de municiones.
Pétion: ¿Se han acabado?
Mandat: No tenemos suficientes.
Pétion: Ha sido una negligencia por su parte.
Gabrielle se sentó junto a Lucile, que se despertó sobresaltada.
– Soy yo -dijo Gabrielle-. Se han marchado.
Louise Robert se sentó en el suelo a sus pies, le cogió las manos y las estrujó.
– ¿Tocarán a rebato? -preguntó Lucile.
– Sí, muy pronto.
Incapaz de soportar la tensión, Lucile se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Danton regresó a medianoche. Al oír unos pasos, Gabrielle se levantó, alarmada, y se dirigió al cuarto de estar, seguida por las otras dos mujeres.
– ¿Ya estás de vuelta?
– Te dije que si todo salía bien regresaría a medianoche. ¿Por qué no crees nunca nada de lo que te digo?
– ¿Significa eso que todo va bien? -preguntó Louise. Danton miró enojado a las tres mujeres. Se estaban convirtiendo en un problema.
– Por supuesto, de otro modo no estaría aquí.
– ¿Dónde está François? ¿A dónde lo has enviado?
– ¿Cómo voy a saber dónde está? Si se encuentra donde lo dejé, estará en el Ayuntamiento. Que yo sepa, el edificio no está ardiendo ni asediado por los guardias.
– ¿Pero qué es lo que están haciendo?
– Hay un grupo numeroso de patriotas en el Ayuntamiento -respondió Danton con aire resignado-. Dentro de poco ocuparán el lugar de los miembros de la Comuna y se proclamará la Comuna Insurrecta. De este modo los patriotas asumirán de facto el control de la ciudad.