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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿Qué significa de facto? -preguntó Gabrielle.

– Significa que lo harán ahora y lo legalizarán más tarde -contestó Lucile.

– Lo has expresado perfectamente -dijo Danton, echándose a reír-. Es evidente que el matrimonio ha mejorado mucho tu cultura.

– No es necesario que emplee ese tono condescendiente con nosotras, Danton -protestó Louise-. Comprendemos perfectamente el plan, sólo queríamos saber si funciona o no.

– Trataré de dormir un rato -dijo Danton.

Tras esas palabras, entró en la alcoba y cerró la puerta de un portazo. Sin quitarse la ropa, se tumbó en la cama y miró al techo, esperando oír el toque a rebato, la señal de alarma que haría que las gentes se lanzaran a las calles. El reloj dio la hora. Era el 10 de agosto.

Unas dos horas más tarde oyeron unos golpes en la puerta. Gabrielle se levantó y fue a abrir, seguida de Lucile. En el rellano había un reducido grupo de hombres. Uno de ellos se adelantó y dijo:

– Soy Antoine Fouquier-Tinville. Vengo en busca de Danton, señora.

Se expresaba con la exquisita cortesía de quien está habituado a frecuentar los salones de la alta sociedad.

– ¿Quiere que lo despierte? -preguntó Gabrielle.

– Sí, es necesario que nos acompañe. Ha llegado la hora.

Gabrielle indicó la alcoba. Fouquier-Tinville se inclinó ante Lucile y dijo:

– Buenos días, prima.

Lucile asintió nerviosa. Fouquier tenía el mismo pelo oscuro y abundante que Camille, al igual que su tez olivácea; pero su cabello era liso, y su rostro, de labios finos y apretados, mostraba una expresión dura. Ambos sin duda guardaban cierto parecido. Pero cuando uno conocía a Camille sentía deseos de tocarlo, mientras que su primo no inspiraba la misma reacción.

Gabrielle siguió a los hombres hasta la alcoba. Lucile se giró hacia Louise Robert para hacer un comentario, pero al observar la violencia que reflejaba su rostro se quedó muda.

– Si le sucede algo a François, le clavaré un cuchillo a ese cerdo.

Lucile la miró atónita. ¿Acaso se refería al Rey? No, a Danton. Lucile no sabía qué decir.

– ¿Te has fijado en ese hombre, en Fouquier-Tinville? Camille dice que todos sus parientes son así.

De pronto oyeron la voz de Danton, que sonaba intermitente, entre las de los otros hombres:

– Fouquier… mañana a primera hora… pero aguarda… llegar a las Tullerías a la hora convenida… Pétion debe de saberlo… un cañón en el puente… dile que se apresure.

Al cabo de un rato salió, ajustándose la corbata y pasándose la mano por la hirsuta barbilla.

– Tienes un aspecto duro y recio, Georges-Jacques -dijo Lucile-. Un auténtico hombre del pueblo.

Danton sonrió. Apoyó una mano sobre su hombro y se lo estrujó cariñosamente.

– Me voy al Ayuntamiento. De otro modo no harán más que venir aquí a molestar… -Al alcanzar la puerta se detuvo, pero decidió no besar a su mujer para impedir que estallara de nuevo en sollozos-. Ocúpate de todo, Lolotte. No os preocupéis.

Tras esas palabras, bajaron precipitadamente la escalera.

– ¿Estás bien, pequeñajo?

– Soy inmune a las balas y a tu sentido del humor -respondió Marat.

– Tienes un aspecto atroz.

– La Revolución no me valora por mis cualidades decorativas, Danton. Ni a ti. Somos hombres de acción. -Como de costumbre, Marat mostraba una irónica y enigmática expresión-. Haz que venga Mandat.

– ¿Todavía está en el palacio? Mensaje para Mandat -dijo Danton, dándose la vuelta-. Mi enhorabuena. La Comuna le pide que se presente urgentemente en el Ayuntamiento.

El rugido de la multitud que se había congregado en la Place de Grève era cada vez más ensordecedor. Danton echó un poco de coñac en un vaso y tomó un trago. Luego se aflojó la corbata que se había anudado con tanto esmero en casa, en la Cour du Commerce, y notó el acelerado pulso de su cuello. Tenía la boca seca y sentía náuseas. Tras tomar otro trago le desapareció la sensación de náuseas que sentía.

La Reina extendió la mano, y Mandat se la besó.

– Jamás regresaré -dijo éste. Estaba convencido de ello-. Éstas son mis órdenes al comandante del batallón de guardias de la Place de Grève. Atacar desde la retaguardia y dispersar a la multitud que marcha sobre palacio.

Acto seguido estampó su firma en el documento. Su caballo le esperaba. El comandante del batallón recibió la orden a los pocos minutos. Al llegar al Ayuntamiento, Mandat se dirigió directamente a su despacho. Le ordenaron que redactara un informe, pero por lo que a él respectaba no había ninguna autoridad a quien presentar dicho informe. Durante unos instantes pensó en echar el cerrojo a la puerta de su despacho, pero le pareció poco digno de un soldado.

– Gracias, Rossignol -dijo Danton, examinando la orden firmada por Mandat que le había entregado el comisario de policía del distrito-. Vamos a pedir a Mandat que explique a la nueva Comuna por qué ha desplegado a las fuerzas armadas contra el pueblo.

– Me niego rotundamente -dijo Mandat.

– ¿Te niegas?

– Esas gentes no son el gobierno municipal. No son la Comuna. Son unos rebeldes. Unos criminales.

– Yo les eximo de sus crímenes -respondió Danton, agarrando a Mandat por la pechera de la casaca y sacándolo por la fuerza de la habitación. Rossignol se apresuró a quitarle el espadín al marqués, esbozando una mueca.

Mandat miró aterrado y furioso el grupo de hombres que lo aguardaban en el pasillo.

– Todavía no ha llegado el momento -dijo Danton-. Dejádmelo a mí, no necesito vuestra ayuda. Te sigues negando, ¿Mandat? -preguntó, soltando una carcajada al tiempo que lo arrastraba hacia la estancia donde se había reunido la nueva Comuna. Era como un juego de niños, brutal y sencillo al mismo tiempo.

Las cinco de la mañana. María Antonieta:

– No hay esperanza.

Las cinco de la mañana. Gabrielle se puso a tiritar.

– Voy a vomitar -dijo.

Louise Robert corrió en busca de una palangana mientras Lucile sostenía a Gabrielle y le apartaba el cabello de la frente.

Tras unos segundos de inútiles esfuerzos, la ayudaron a tumbarse en un sofá, depositaron la palangana en el suelo, junto a ella, colocaron unos cojines debajo de su cabeza y le aplicaron unas gotas de colonia en las sienes.

– Supongo que lo habéis adivinado -dijo Gabrielle-. Estoy encinta de nuevo.

– ¡Oh, Gabrielle!

– Lo que suele decirse en estos casos es «enhorabuena» -dijo en un leve tono recriminatorio.

– Pero hace muy poco que has dado a luz -observó Lucile.

– Qué le vamos a hacer -replicó Louise, encogiéndose de hombros-. O te quedas en estado o utilizas preservativos.

– ¿Qué son preservativos? -preguntó Gabrielle, mirando perpleja a sus amigas.

– ¡Qué ingenua eres! -exclamó Louise con tono burlón-. ¿Qué significa de facto? ¿Qué son preservativos? Nuestra pequeña Gabrielle es una inculta, Lucile.

– Lo lamento -dijo Gabrielle-. En ocasiones no entiendo lo que decís.

– No importa -contestó Lucile-. Imagino que Rémy sabe mucho sobre preservativos. Son unos objetos de los que los hombres casados no quieren saber nada. Especialmente Georges-Jacques, supongo.

– No es necesario que nos aclares tus suposiciones, señora Desmoulins -terció Louise-. Al menos en este contexto.

– No me importa quedarme en estado -dijo Gabrielle, conmovida-. Georges siempre se alegra al saber que vamos a tener un hijo. Y una termina por acostumbrarse.

– Si sigues así, acabaréis teniendo ocho o nueve hijos -dijo Louise-. ¿Cuando nacerá el niño?

– Creo que en febrero. Faltan muchos meses.

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