Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– ¿Así que no ha descubierto nada en contra de mí? -pregunté-. Ahora, le agradecería que se apeara del coche antes de que le cuente al señor Duer cómo me ha tratado. No le gustará enterarse de su rudeza.
– ¿Duer? -Reynolds hizo un gesto despectivo con la mano-. Si usted se lo dijera, no querría saber nada más de mí, pero no se lo dirá. Desconozco qué planea, pero sé que no quiere que Duer se entere de que tiene encuentros secretos con el negrito de Saunders. Las cosas no son lo que parecen, Joan. En absoluto. Pero no me importa demasiado. Admiro a una mujer lista y bonita. Mi mujer es muy bonita, pero no es tan lista. En cambio, a Duer no lo admiro. No lo he admirado nunca, pero me paga, así que ya ve cuál es mi dificultad. Si tuviera algún… ¿cómo decirlo? algún incentivo para callarlo que he visto…
– ¿Qué tipo de incentivo? -inquirió Skye.
– Supongo que cien dólares podrían enterrar mi curiosidad.
– Por cien dólares quiero que su curiosidad quede enterrada para siempre.
– Para siempre serán ciento cincuenta. Un poco más. Con cien, solo obtendría un trato temporal.
– Concédame unos días para reunir el dinero y le daré lo que pide -dije. Aquello no me gustaba, pero no me quedaba otra alternativa-. Espero, sin embargo, que usted valga tanto como su palabra. Podemos tratar el asunto de una manera amistosa y llegaremos a acuerdos económicos siempre que nadie sea extremadamente codicioso. Si cree que esto es un pozo al que podrá recurrir una y otra vez, no se haga ilusiones. Tal como están las cosas, tendré que ocultar este trato a algunos de mis aliados, hombres que no están tan dispuestos a arriesgarse como yo. Y lo ocultaré, compréndalo, por el bien de usted.
– De acuerdo. Entendido -dijo-. Iré a visitarla en los próximos días. Buenas noches, señora. Y a usted también, Skye.
Se apeó del carruaje y ordené al cochero que se pusiera en marcha, no fuera a ser que recibiéramos más visitas.
– No se contentará con eso -dijo Skye-. Al menos, no por mucho tiempo. Para un hombre como Reynolds, para siempre no existe.
– No -dije-. Claro que no.
– Entonces, ¿por qué ha accedido?
– Porque espero que con ciento cincuenta dólares podamos comprar, como mínimo, algo de tiempo. Y cuando nos pida más, le daremos más. Si pide doscientos, o quinientos, se los daremos, siempre y cuando mantenga la boca cerrada.
– Tiene demasiado poder sobre nosotros -comentó Skye.
– No obstante, nosotros tenemos una ventaja. El no sabe que lo único que necesitamos es un poco más de tiempo. Tenemos que esperar que su codicia y el hecho de que se crea tan listo nos den el tiempo que necesitamos.
Entraba un nuevo año y me convencí de que Duer, Hamilton y el Banco del Millón no durarían más de unos meses. Ellos no lo sabían, pero el hielo se agrietaba bajo sus pies y pronto caerían todos en el olvido.
Duer descubrió que no deseaba quedarse sin mis consejos, por lo que alquiló para mí una serie de habitaciones en una casa de huéspedes de Nueva York, en la Broad Way. Cuando estaba en Nueva York, quería que yo también estuviese allí, aunque no viajábamos juntos. No me estaba permitido visitarlo en su casa, ni encontrarme con lady Kitty. Los cínicos debían de pensar que él y yo habíamos traspasado los límites de lo que se considera decoroso, pero ese no era el caso. Es posible que él me deseara, tal vez pensase incluso que me amaba -o amaba a la mujer que creía que era-, pero no quería romper sus vínculos matrimoniales. No insinuaba siquiera que anhelase algo así. Yo le proporcionaba algo más pero ni yo misma sabía qué. Tal vez no quería saberlo.
Pearson no era más que un hombre entre otros muchos -más de una docena, que yo supiese- a quienes Duer había estafado hasta dejarlos arruinados, pero ninguno de ellos lo sabía. Algunos de ellos creían ser el mejor amigo de Duer. No sabían que al cabo de unas semanas descubrirían que no tenían nada, que todo su dinero se había hundido en los sueños colosales de aquel. Duer hablaba de estas cosas, aunque no de una manera directa, y yo lo escuchaba y aliviaba su sentimiento de culpa hablándole de su grandeza y ambición, y convenciéndolo de que era, en el mundo de las finanzas, lo que Washington había sido en el campo de batalla. ¿No había tenido Washington que sacrificar a algunos de sus soldados para ganar la libertad? Pues claro que sí. Cuando los hombres participan en grandes estrategias, le dije, quizá lloran por los peones que sacrifican, pero tienen que sacrificarlos de todos modos.
– Su visión de magnificencia es demasiado grande para los hombres vulgares -le dije una vez-. En toda empresa gloriosa, en cualquier revolución histórica para lograr el poder, tiene que haber hombres que sufran por el bien de todos. Si tiene usted que demostrar a este país, al mundo, su visión de lo que puede ser la grandeza financiera, ¿desistirá de hacerlo solo porque unos hombres sin importancia resulten dañados? Quizá, visto desde fuera, tal sacrificio parezca noble, pero si de verdad está dispuesto a renunciar a su destino porque lo incomoda un poco, eso no sería más que egoísmo y cobardía. Y esos no son defectos que usted posea.
– Es usted muy sabia -asintió él.
– Y una vez haya logrado la victoria final, puede ser generoso con los que han resultado perjudicados porque fueron tan estúpidos que se echaron a dormir cuando lo que usted necesitaba era acción.
– Es cierto -dijo-. Ya me arrepentiré más tarde y los compensaré.
Que Duer planease ayudar después a los que estaba perjudicando ahora no me inspiró otra cosa que desprecio por él, pero no pude por menos de preguntarme si yo era mejor que aquel hombre. Al fin y al cabo, ¿no estaba dispuesta a permitir que Cynthia Pearson sufriera ahora y a ayudarla en el futuro?
Mientras tanto, y por más que Duer batallara con sus sentimientos de culpa, también se reía de los individuos como Pearson, unos hombres que estaban arruinados y no lo sabían. Sin embargo, Duer también estaba arruinado y tampoco lo sabía. Poseía cada vez más bonos al seis por ciento, pero había pedido prestado mucho más de lo que estos valían y seguía pidiendo créditos. Pedía créditos a los bancos y, cuando estos se los negaron, acudió a los prestamistas. Y cuando los prestamistas se negaron, recurrió a los pobres y a los desesperados.
– Es realmente maravilloso -dijo-. No puedo obtener el control de los bonos al seis por ciento ni de los bancos sin dinero en efectivo. ¿Y de dónde lo saco? Pues pido prestado a gentes humildes, comerciantes, tenderos y carreteros. Unos dólares de aquí y otros de allá a cambio de la promesa de unos intereses absurdos. No podré pagarlos nunca, pero eso es otra cuestión. Una vez los bancos sean míos, no habrá nadie que me pida responsabilidades. Tal vez se quejen de que los he engañado con los intereses, pero esa es otra historia. Y no soy un mal hombre, ¿sabe? Les devolveré lo que me han prestado, pero no más, creo.
Aquello era demasiado. Una cosa era engañar a los especuladores, hombres que sabían que tenían que realizar sus transacciones con los ojos bien abiertos. Si eran tan estúpidos que no veían lo que Duer estaba tramando, la culpa era solo suya. Tenían que ser devorados por la bestia a la que esperaban domar. Sin embargo, que recurriera a los trabajadores pobres, que los exprimiera para mantener a flote sus operaciones, era demasiado.
– Tiene que haber alguna alternativa -dije.
– Oh, no se preocupe -replicó-. Lo he planeado todo cuidosamente.
– Cuando se es el dueño de la economía, los hombres y mujeres que trabajan no pueden estar agobiados por las deudas. Serán un lastre para todo.
– Usted se preocupa demasiado, querida -comentó-. Y es toda bondad, algo que me gusta mucho, pero tiene que confiar en mí en este asunto. Los pobres no perderán sus céntimos y siempre podrán obtener unos cuantos más del mismo modo que obtuvieron los primeros. Lo único que deberán hacer es trabajar un poco más, eso es todo.