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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—La única zona en que las estatuillas son vagas e indiferenciadas es en los órganos reproductores. —Horvath sonrió e hizo un guiño al capellán; realmente estaba contento—. Los pajeños han sido siempre muy reticentes sobre la sexualidad. Estas estatuillas quizás sean muñecos educativos para los niños; desde luego fueron fabricadas en serie. Si es así (en realidad tenemos que preguntarles a los pajeños si tenemos posibilidad) quiere decir que la cultura pajeña comparte algunas similitudes con la de los humanos.

Horvath frunció el ceño. La educación sexual de los jóvenes era un problema periódico de la humanidad. A veces era algo totalmente explícito y general, y en otros períodos de la historia desaparecía del todo. En las partes civilizadas del Imperio estas cuestiones se dejaban entonces a los libros, pero había muchos planetas recién descubiertos donde todo el asunto era para los subadolescentes conocimiento prohibido.

—Por supuesto puede ser una cuestión de simple eficiencia —continuó Horvath—. Estatuas destinadas a diferenciar los órganos sexuales quizás exigiesen el triple de figurillas, unas para los machos, otras para las hembras y otras para la propia fase reproductiva. Ya indiqué que hay una sola glándula mamaria desarrollada en todas las especies, y creo que nos dijeron que todos los pajeños pueden dar de mamar a los pequeños.

Dejó de dictar y accionó varios instrumentos de la computadora. Sobre la pantalla comenzaron a fluir palabras.

—Sí. Y esta mama única está siempre del lado derecho, o al menos del lado contrario al brazo único destinado al trabajo pesado. Así pueden sostener a la cría con el brazo más fuerte, mientras quedan libres los brazos derechos para acariciarla y cuidarla; esto es muy lógico, dada la ultrasensibilidad y las densas terminaciones sensoriales nerviosas de los brazos derechos.

Carraspeó e hizo una seña a Hardy para que se sirviera algo de beber.

—La mama única de las formas superiores indica claramente que deben de ser sumamente raros los partos múltiples entre los pajeños de las castas superiores. Sin embargo, deben de darse con frecuencia en la casta de los Relojeros, o al menos debe suceder después de que la criatura ha dado a luz ya varias crías. Podemos estar seguros de que los vestigios de mamas que hay en el costado derecho de las miniaturas se convierten en órganos plenos en cierta etapa de su desarrollo; de no ser así nunca podría haberse multiplicado su número con tanta rapidez a bordo de la MacArthur. —Dejó la caja—. ¿Qué tal, David?

—Muy bien. Este juguete pajeño me tiene fascinado. Es un juego de lógica, no hay duda, y muy bueno. Un jugador elige un criterio para distribuir en categorías los distintos objetos, y los otros jugadores intentan descubrir el criterio y demostrarlo. Muy interesante.

—Ah. Quizás el señor Bury quiera comercializarlo.

—La Iglesia podría comprar unos cuantos —dijo Hardy—. Serían útiles para la formación de los teólogos. Dudo que interese mucho a la mayoría de la población. Demasiado difícil. —Miró las estatuillas y frunció el ceño—. Parece haber por lo menos una forma perdida, ¿se da cuenta?

Horvath asintió.

—El animal no inteligente que vimos en el zoo. Los pajeños no querían hablar de él cuando estábamos allí.

—Ni después —añadió Hardy—. Se lo pregunté a mi Fyunch(click) y cambió de conversación.

—Otro misterio para los futuros investigadores —dijo Horvath—. Aunque podríamos también evitar el tema en presencia de los pajeños. No deberíamos preguntar a sus embajadores, por ejemplo —hizo una pausa invitadora.

David Hardy sonrió suavemente, pero no aceptó la invitación.

—Bueno —dijo Horvath—. Sabe, no hay muchas cosas de que los pajeños no quieran hablar, y me pregunto por qué se mostrarán tan silenciosos respecto a esa casta. Estoy casi seguro de que no era un antepasado de las otras formas pajeñas… no era un mono, o un simio, como si dijésemos.

Hardy bebió un trago de coñac. Era muy bueno, y se preguntó dónde habrían conseguido los pajeños el modelo para reproducirlo. Era sin duda sintético, y Hardy pensó que podía percibir la diferencia, pero tenía que esforzarse.

—Fueron muy amables al poner esto a bordo. —Bebió de nuevo.

—Es lástima que tengamos que abandonar todo esto —dijo Horvath—. De todos modos nos va muy bien con las grabaciones y registros que estamos haciendo. Hologramas, rayos X, densidades de masa, emisiones de tadon y hemos desmontado todo lo que se desmonta para comprobar las piezas. El teniente Sinclair nos ha ayudado mucho… La Marina puede ser muy útil a veces. Me gustaría que lo fuese siempre.

—¿Ha pensado usted en el problema desde el punto de vista de la Marina? Si usted se equivoca en sus suposiciones, pierde alguna información. Si ellos se equivocan, ponen en peligro a toda la especie.

—Vamos, por muy avanzados que estuviesen los pajeños, no hay bastantes simplemente para amenazar al Imperio. Lo sabe perfectamente, David.

—Supongo que sí, Anthony. Tampoco yo creo que los pajeños sean una amenaza. Por otra parte no puedo creer que sean tan sencillos y abiertos como usted parece creer. Por supuesto, he tenido más tiempo que usted para pensar en ellos…

—¿Eh? —exclamó Horvath.

Le gustaba el capellán Hardy. El eclesiástico siempre tenía historias interesantes e ideas sugestivas que exponer. Por supuesto era bastante hábil con las palabras, su profesión se lo exigía, pero no era un sacerdote típico… ni tampoco un hombre de la Marina típico.

—No puedo hacer —dijo Hardy sonriendo— ninguna de mis tareas normales, sabe. ¿Arqueología lingüística? Ni siquiera he sido capaz de aprender el lenguaje pajeño. En cuanto al encargo que me hizo la Iglesia, dudo que haya pruebas suficientes para decidir nada. Mis deberes como capellán de la nave me ocupan muy poco tiempo… ¿Qué otra cosa puedo hacer más que pensar en los pajeños? —sonrió de nuevo—. Y considere el problema que tendrán los misioneros en la próxima expedición.

—¿Cree que la Iglesia enviará una misión?

—¿Por qué no? Desde luego, no puedo plantear ninguna objeción teológica. Sin embargo, puede que sea inútil… —Hardy rió entre dientes—. Recuerdo una historia de unos misioneros en el Cielo. Estaban discutiendo sobre su trabajo anterior, y uno se puso a hablar de los miles que había convertido. Otro a presumir de que había hecho volver a la Iglesia a todo un planeta de pecadores. Por último, se volvieron a un pequeño capellán que estaba en el extremo de la mesa y le preguntaron cuántas almas había salvado. «Una.» Esta anécdota está destinada a ejemplificar un principio moral, pero pienso inevitablemente que las misiones a Paja Uno pueden hacerla real…

—David —dijo Horvath; había en su voz un tono de urgencia—. La Iglesia tiene que ejercer una influencia importante en la política imperial respecto a los pajeños. Y estoy seguro de que sabe que el cardenal concederá gran importancia a las opiniones que emita usted cuando informe en Nueva Roma. Supongo que se da cuenta de que lo que usted diga sobre los pajeños influirá tanto como… maldita sea, influirá más. Más que el informe científico, e incluso más quizás que el de la Marina.

—Soy consciente de ello. —Hardy se había puesto serio—. Yo no busco esa influencia, Anthony. Pero me doy cuenta de la situación.

—Está bien. —Horvath no quería presionar más. Nunca pretendía presionar demasiado, aunque a veces se olvidaba de sus intenciones.

Sin embargo desde que había ingresado en la administración científica, había tenido que aprender a luchar por sus presupuestos. Lanzó un profundo suspiro y cambió de táctica.

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