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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Probablemente los pajeños sean amistosos. Inofensivos —repitió Kutuzov.

—¡No puede usted creer eso! —protestó Bury.

—Como he dicho a los otros —dijo Kutuzov encogiéndose de hombros—, lo que yo crea no tiene importancia. Mi obligación es llevar al gobierno la máxima información. Con sólo esta nave, cualquier riesgo de pérdida significa pérdida de toda información. Pero esa nave espacial pajeña sería muy valiosa, ¿no lo cree usted, Excelencia? ¿Cuánto pagaría usted a la Marina porque le concediesen permiso para fabricar naves con ese impulsor?

—Pagaría mucho más porque se eliminase para siempre la amenaza pajeña —dijo Bury con energía.

—Humm. —El almirante se sentía inclinado a darle la razón a Bury.

Había ya bastantes problemas en el sector Trans-Saco de Carbón. Sólo Dios sabía cuántas colonias podían estar sublevándose, cuántos exteriores habrían hecho causa común contra el Imperio; los alienígenas eran un nuevo problema que la Marina no necesitaba.

—Aun así… la tecnología. Las posibilidades comerciales. Creí que estaría usted interesado.

—No podemos confiar en ellos —afirmó Bury.

Se esforzaba mucho por hablar con calma. Al almirante no le impresionaría un hombre incapaz de controlar sus emociones. Bury le entendía muy bien… su propio padre había sido así.

—Almirante, han matado a nuestros guardiamarinas. Supongo que no creerá usted ese cuento de que pretendieron aterrizar en el planeta. Y soltaron a aquellos monstruos en la MacArthur, y casi lograron introducirlos en la Lenin. —El comerciante se estremeció imperceptiblemente; le brillaron los ojos. El peligro había sido tan grande…—. Supongo que no permitirá usted que esos alienígenas penetren en el Imperio. Supongo que no les permitirá subir a su nave.

Monstruos capaces de leer el pensamiento. Telépatas o no, leían el pensamiento. Bury luchaba por controlar su desesperación: si hasta el almirante Kutuzov empezaba a creer las mentiras de los alienígenas, ¿qué posibilidades tenía el Imperio? La nueva tecnología podía emocionar extraordinariamente a los miembros de la asociación de comerciantes imperiales, y sólo la Marina tenía bastante influencia para bloquear las peticiones de comercio que solicitaría la asociación. ¡Había que hacer algo!

—Me pregunto si no se dejará influir demasiado por el doctor Horvath… —dijo Bury.

El almirante frunció el ceño, y Horace Bury sonrió para sí. Horvath. Ésa era la clave, enfrentar a Horvath con el almirante. Alguien tenía que…

Anthony Horvath se sentía en aquel momento muy bien y muy cómodo, pese a la aceleración de una gravedad y media. La nave regalo era espaciosa y tenía incluso cuidadosos detalles de lujo entre sus innumerables maravillas. Estaba la ducha, con media docena de regaderas ajustables dispuestas en distintos ángulos y un cedazo molecular para recuperar el agua. Había una partida de comidas pajeñas precongeladas, que con ayuda de los hornos microondulares podían convertirse en una gran variedad de platos. Incluso los fracasos culinarios eran… interesantes. Había café sintético pero bueno, e incluso vino. Para mayor comodidad, la Lenin y Kutuzov estaban a tranquilizadora distancia. A bordo de la nave de combate iban todos hacinados como mercancías en una nave mercante, en cabinas atestadas y durmiendo en los pasillos, mientras Horvath paseaba allí a su antojo. Cogió el micrófono y continuó su dictado con otro suspiro de satisfacción. Todo iba bien… con las palabras…

—Gran parte de lo que construyen los pajeños tiene objetivos múltiples —decía a su computadora—. Esta nave es en sí una prueba de inteligencia, pretendiérase o no. Los pajeños aprenderán mucho sobre nuestra capacidad teniendo en cuenta el tiempo que tarda nuestra tripulación en controlar adecuadamente esta nave. Sospecho que sus propios Marrones la tendrían en marcha y perfectamente controlada en el plazo de una hora, pero hay que tener en cuenta que un Marrón no tendría ninguna dificultad para concentrarse en la maquinaria varios días seguidos. Los humanos lo suficientemente inteligentes para tales tareas las encuentran terriblemente aburridas, y tenemos por costumbre que los tripulantes hagan guardias mientras sus oficiales permanecen de servicio para resolver cualquier problema. Reaccionamos más lentamente y necesitamos personal para realizar tareas que a los pajeños individuales les parecen muy simples.

»Los pajeños nos han dicho también mucho sobre sí mismos. Por ejemplo, nosotros utilizamos humanos como respaldo de los sistemas automáticos, aunque a menudo omitamos la automatización con el fin de dar empleo constante a los humanos necesarios para emergencias, pero por lo demás superfinos. Los pajeños parecen deficientes en la tecnología de las computadoras, y rara vez automatizan algo. Por el contrario, emplean a una o más subespecies como computadoras biológicas, y parecen tener un suministro adecuado en ellas. Pero no es una opción que esté abierta a los humanos.

Hizo una pausa para pensar y miró a su alrededor.

—Ah. Luego están las estatuas.

Horvath cogió una y sonrió. Las habían colocado como soldados de juguete sobre la mesa ante éclass="underline" una docena de figurillas pajeñas de plástico transparente. A través del plástico se veían los órganos internos con vividos colores y muchos detalles. Las miró de nuevo y luego frunció el ceño. Aquello tenía que llevarse de vuelta al Imperio.

En realidad, hubo de admitir, no había tanto motivo para llevar aquello. El plástico nada tenía de especial, y las estatuillas estaban registradas con todo detalle; cualquier buen formador de plástico podría programarse para producir mil en una hora. Y en realidad, aquéllas debían de haberlas hecho del mismo modo. Pero eran alienígenas, y eran un obsequio, y él las quería para su despacho, o para el museo de Nueva Escocia. ¡Que Esparta se quedase con las copias para variar!

Podía identificar la mayoría de las formas inmediatamente: Ingeniero, Mediador, Amo; la inmensa figura de un Porteador, un musculoso Ingeniero de manos anchas y fuertes y grandes pies, probablemente un Campesino. Un pequeño Relojero (¡Malditos Marrones! Dos veces maldito el almirante que no había dejado que los pajeños ayudasen a exterminarlos). Había un Médico de largos dedos y cabeza pequeña. Al lado, había un flaco Corredor que parecía todo piernas… Horvath habló de nuevo a su computadora.

—La cabeza del Corredor es pequeña, pero tiene una frente abultada. Yo creo que el Corredor no es un ser inteligente pero que tiene capacidad verbal para memorizar y transmitir mensajes. Quizás pueda seguir instrucciones elementales. El Corredor debe de haber evolucionado como portador de mensajes especializado antes de que la civilización llegase al estadio del teléfono, y se mantiene ahora por razones tradicionales más que de utilidad. Por la estructura cerebral resulta evidente que el Relojero nunca podría haber memorizado o transmitido mensajes. El lóbulo parietal está muy poco desarrollado. —Aquello era para Kutuzov.

—Estas estatuillas son sumamente detalladas —prosiguió—. Se desmontan como rompecabezas mostrando los detalles interiores. Aunque no conocemos la función de la mayor parte de los órganos internos, podemos estar seguros de que se dividen diferencialmente de modo distinto a los órganos humanos, y que es posible que la filosofía a que se atienen los pajeños para diseñar sus aparatos, sobreponiendo funciones múltiples, esté presente también en su sistema anatómico. Hemos identificado ya el corazón y los pulmones; estos últimos consisten en dos lóbulos distintos de desigual tamaño.

El capellán Hardy se abrazó al quicio cuando disminuyó la aceleración de la nave, luego se incorporó. Cuando los Ingenieros estabilizaron la velocidad entró y se sentó tranquilamente sin hablar. Horvath le saludó con un gesto y continuó su dictado.

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