La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—Oh, en cuanto a por qué Sally estaba tan triste esta tarde… creo que se sintió herida por cómo la trató usted. Por su actitud cuando le preguntó qué iba a decir sobre los embajadores pajeños. Sobre las rebeliones y secesiones de los mundos coloniales, o sobre el precio del iridio, o la inflación de la corona…
—Renner, por amor de Dios, cállese…
Kevin sonrió satisfecho.
—…o cómo conseguir que yo me vaya de esta habitación. Capitán, mírelo de este modo. Suponga que un tribunal le considera culpable de negligencia. Desde luego ésa sería la única acusación posible. Usted no rindió la nave al enemigo ni nada similar. Así que suponga que de veras quisiesen su cabellera y se agarrasen a eso. Lo peor que podrían hacer sería dejarle en tierra. Ni siquiera le degradarían. Simplemente le dejarían en tierra y usted dimitiría… Aún seguiría siendo el decimosegundo marqués de Crucis.
—Sí. ¿Y qué?
—¿Y qué? —Renner se enfureció de pronto; frunció el ceño y cerró un puño—. ¿Y qué? Mire, capitán, yo no soy más que un piloto mercante, todos los miembros de mi familia lo han sido y todos nosotros queremos seguir siéndolo. Cogí este puesto en la Marina porque todos lo hacemos… quizá allá en nuestro hogar no seamos tan partidarios del imperialismo como lo son ustedes en la capital, pero se debe en parte a que confiamos en que ustedes los aristócratas dirigirán las cosas. Nosotros cumplimos con nuestra parte, y esperamos que ustedes, que tienen todos los privilegios, cumplan con la suya…
—Bueno… —Blaine parecía calmado, y un poco embarazado por el estallido de Renner—. ¿Y cómo ve usted mi papel?
—¿Qué cree usted? Usted es el único aristócrata del Imperio que sabe algo de los pajeños, ¿y me pregunta a mí lo que debe hacer? Capitán, espero que piense bien esto, nada más. Señor, el Imperio se verá obligado a seguir una política racional respecto a los pajeños, y la influencia de la Marina es grande… ¡No puede usted dejar que la Marina base su política en lo que diga Kutuzov! Ya puede empezar usted a pensar en esos embajadores pajeños a los que el almirante no quiere admitir.
—Maldita sea, tiene usted razón. Ha pensado mucho en eso, ¿verdad?
—Bueno, quizás un poco. Mire, tiene usted tiempo. Hable con Sally sobre los pajeños. Estudie los informes que enviamos desde Paja Uno. Así cuando el almirante le pida consejo dispondrá usted de argumentos para convencerle. Tenemos que llevar con nosotros a esos embajadores…
Rod hizo un gesto de repugnancia. ¡Pajeños a bordo de otra nave! Dios santo…
—Y deje de pensar así —dijo Renner—. No se escaparán ni se multiplicarán por la Lenin. No tendrían tiempo, además. Utilice la cabeza, señor. El almirante le escuchará. Ahora sólo le habla del tema Horvath, y todo lo que Horvath sugiere el Zar lo rechaza, pero a usted le escucharía…
—Está usted actuando como si mi criterio valiese algo —dijo Rod, con impaciencia—. Pero las pruebas demuestran lo contrario.
—Dios mío. Está usted realmente deprimido, ¿verdad? ¿Sabe lo que piensan de su capitán sus oficiales y soldados? ¿Tiene usted idea? Demonios, capitán, es por tipos como usted por lo que puedo yo aceptar la aristocracia… —Kevin se detuvo, embarazado, por haber dicho más de lo que pretendía—. Mire, el Zar tendrá que preguntarle a usted su opinión. No tiene por qué seguir el consejo que usted le dé, ni el de Horvath, pero tiene que preguntarles a ambos. Así lo dicen las instrucciones de la expedición…
—¿Cómo demonios sabe usted eso?
—Capitán, mi división tuvo que encargarse de rescatar los libros de la MacArthur, ¿recuerda? No tenían el sello de SECRETO.
—¿Cómo que no?
—Bueno, quizás la luz no fuese buena y yo no viese los sellos. Además, tenía que asegurarme de cuáles eran los libros, ¿no? Lo cierto es que el doctor Horvath conoce esa norma. Va a insistir en que se celebre un consejo de guerra antes de que Kutuzov decida definitivamente la cuestión de los j embajadores.
—Comprendo —Rod se rascó el puente de la nariz—. Kevin, ¿quién le | dijo que viniese? ¿Horvath?
—Por supuesto que no. Fue idea mía. —Renner vaciló—. Bueno, hubo una persona que me animó, capitán —esperó a que Blaine dijera algo, pero al ver que no lo hacía, continuó—: Me pregunto a veces por qué no se habrá extinguido la aristocracia, a veces parecen ustedes tan estúpidos. ¿Por qué no le ha hecho una visita a Sally? Está sentada en su camarote, muy triste, con un montón de notas y libros por los que no puede interesarse ya… —Renner se detuvo bruscamente—. Le vendría muy bien que la animaran un poco.
—¿Sally? Preocupada por…
—Dios mío… —murmuró Renner. Se volvió y salió del camarote.
41 • Nave obsequio
La Lenin avanzaba hacia el punto Eddie el Loco a una gravedad y media. Lo mismo hacía la nave obsequio.
La nave obsequio era un cilindro aerodinámico, hinchado en el morro, con muchas ventanas, como un minarete que cabalgase sobre una llama de fusión. A Sally Fowler y el capellán Hardy les pareció muy curioso. Ninguno más reparó en el torpe simbolismo fálico… ni lo admitiría.
Kutuzov odiaba aquella nave. A los embajadores pajeños podía tratárseles según las normas, pero la nave era algo distinto. Se había situado a tres kilómetros de distancia de la Lenin, y radiaba un alegre mensaje, mientras los artilleros de la Lenin la seguían desesperadamente. Kutuzov se había dicho que no podía llevar un arma suficientemente grande para atravesar el campo de la Lenin.
Había mejores razones para odiar aquella nave. Kutuzov se sentía tentado de violar sus órdenes. Los voluntarios, tripulantes de la MacArthur, que fueron a probarla estaban entusiasmados con ella. Los controles parecían los de un transbordador de la Marina, pero el impulsor era un impulsor de fusión pajeño típico, un largo y delgado aguijón que guiaba un flujo de plasma con enorme eficiencia. Había otros detalles, todos ellos valiosos; el almirante Laurenti Kutuzov quería llevarse a casa aquella nave.
Y temía dejarla acercarse a su propia nave.
Después de que la probaron los oficiales de la Marina, subieron a bordo los civiles. Todo este tráfico demostraba claramente que era mentira lo que se había dicho a los pajeños sobre la plaga que afectaba a la tripulación de la MacArthur, Kutuzov lo sabía; pero en realidad no tendría que dar explicaciones a los pajeños. No pensaba comunicarse con ellos. Dejó que Horvath le leyese las instrucciones de la expedición y convocó su consejo de guerra. No habría alienígenas a bordo de la Lenin mientras Kutuzov viviese. Aquella nave, sin embargo…
Kutuzov contemplaba la nave flotando en sus pantallas, mientras el personal científico se trasladaba a ella. Habían ido a la Lenin para los servicios fúnebres, y ahora volvían presurosos a reanudar los estudios de su nuevo juguete.
Todos los informes indicaban que estaba llena de maravillas de enorme valor para el Imperio; sin embargo, ¿cómo iba a atreverse a subirla a bordo? No tenía objeto buscar consejo. El capitán Blaine podía haberle ayudado, pero no, era un hombre destrozado, condenado a hundirse cada vez más en su propio fracaso, inútil precisamente cuando su consejo podría haber significado una gran ayuda. Horvath tenía fe ciega en las buenas intenciones de los pajeños. Luego estaba Bury, con su odio igualmente ciego, pese a todas las pruebas que pudiesen demostrar que los pajeños eran amistosos e inofensivos.
—Probablemente lo sean —dijo Kutuzov en voz alta. Horace Bury alzó los ojos sorprendido. Estaba tomando té con el almirante en el puente mientras observaban la nave regalo pajeña. El comerciante miró intrigado al almirante.