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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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En los tableros del puente parpadeó una alarma. El almirante Kutuzov frunció el ceño y escuchó atentamente algo que Horvath no podía oír. Al mismo tiempo un altavoz anunció el informe del piloto.

—Los botes de la nave están ya seguros, señor. Listos para partir. El pajeño había oído algo sin duda.

—Esa nave que les obsequiamos puede alcanzarles si no aceleran a más de… —hubo una pausa en la que el pajeño escuchó algo— tres de sus gravedades.

Horvath miró interrogante a Kutuzov. El almirante cavilaba y parecía a punto de decir algo. Pero en vez de ello hizo un gesto de asentimiento a Horvath.

—En este viaje iremos a una gravedad y media —dijo Horvath al pajeño.

Parpadearon las pantallas y el receptor de Horvath se apagó. La voz del almirante Kutuzov resonó en el oído del ministro.

—Acaban de informarme de que ha salido una nave de Paja Uno y se dirige hacia el Punto Alderson a 1,74 gravedades. Dos gravedades pajeñas. Pídale, por favor, que nos explique lo que pretende esa nave. —La voz del almirante era bastante pausada, pero el tono era imperativo.

Horvath tragó saliva y volvió al pajeño. Activó de nuevo su pantalla. Preguntó, vacilante, con miedo a ofender.

—¿Lo sabe usted? —concluyó.

—Desde luego —contestó suavemente el pajeño—. Acabo de enterarme. Los Amos han enviado a nuestros embajadores en el Imperio a reunirse con ustedes. Son tres, y les suplicamos que los lleven hasta su capital imperial, donde representarán a nuestra raza. Tienen plena autoridad para negociar con ustedes.

Kutuzov tomó aliento. Parecía a punto de ponerse a gritar, y tenía la cara congestionada, pero sólo dijo, muy bajo, para que el pajeño no pudiese oírle:

—Dígale que debemos discutir eso. Capitán Mijailov, acelere cuando lo juzgue conveniente.

—Muy bien, señor.

—Ahora nos vamos —dijo Horvath al pajeño—. Yo… nosotros… Tenemos que discutir la cuestión de los embajadores… Esto es una sorpresa… Me hubiese gustado que viniese usted mismo. ¿Vendrán como embajadores algunos de nuestros Fyunch(click)? —Hablaba rápidamente, captando señales de avisos que sonaban tras él.

—Habrá tiempo para que discutan todo lo necesario —le aseguró el pajeño—. Y, no, ningún embajador pajeño podría identificarse con un humano individual; deben representar todos ellos a nuestra raza. Supongo que lo entiende… Han sido elegidos los tres de modo que representen todos los puntos de vista, y si actúan con unanimidad pueden comprometer en un acuerdo a todos los pajeños. Dada la amenaza de la plaga, podrían permanecer en cuarentena hasta que ustedes estén seguros de que no hay nada que amenace su salud… —Sonó en la Lenin una señal más fuerte que las anteriores—. Adiós, Anthony. Adiós a todos ustedes. Y vuelvan pronto.

Resonaron las últimas señales y la Lenin inició su viaje. Horvath contempló la pantalla en blanco mientras los demás iniciaban la discusión tras él.

40 • Adiós

El crucero modelo presidente Lenin de su Imperial Majestad estaba lleno hasta su capacidad y aún más con la tripulación de la MacArthur y los científicos.

Los técnicos espaciales compartían las hamacas de rotación con los auxiliares. Los infantes de marina dormían en los pasillos y los oficiales se hacinaban tres y más en camarotes previstos para uno. Había artefactos pajeños salvados de la MacArthur en la cubierta hangar, que Kutuzov insistió en mantener en vacío, bajo constante vigilancia, con inspecciones. No había lugar a bordo donde pudiese celebrarse una asamblea de la nave.

Si necesitasen un punto de reunión no podrían encontrarlo. La Lenin permanecería en situación de alarma de combate hasta que abandonasen el sistema pajeño, incluso durante los servicios fúnebres dirigidos por David Hardy y el capellán de la Lenin, George Alexis. No era una situación insólita para ninguno de los dos; aunque era tradicional que todos los viajeros se reuniesen si era posible, los servicios fúnebres se hacían a veces con la tripulación en situación de alarma de combate. Mientras se colocaba una estola negra y se volvía al misal que un soldado sostenía abierto, David Hardy pensó que probablemente hubiese dirigido más réquiems de aquel modo que ante toda la tripulación reunida.

Resonó en la Lenin un toque de trompeta.

—Posición de descanso —dijo suavemente el piloto jefe.

—Que Dios les conceda el descanso eterno —entonó Hardy.

—Y que alumbre sobre ellos la luz perenne —respondió Alexis.

Ambos conocían muy bien cada versículo y cada respuesta, como todos los que llevaban en la Marina tiempo suficiente para formar parte de la tripulación de la Lenin.

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor. Quien crea en mí, aunque muera vivirá: y quien viva y crea en mí, jamás morirá.

El servicio continuó, los tripulantes contestando desde sus puestos de combate, un suave murmullo por toda la nave.

—Yo oí una voz del cielo diciéndome, escribe. Que sean benditos los muertos que mueren en el Señor: eso dice el Espíritu; pues descansan de sus trabajos.

Descanso, pensó Rod. Hay eso, de todos modos, descanso para los muchachos. Se estremeció. He visto perderse muchas naves, y muchos hombres a mi mando los encontraron a cientos de parsecs de su hogar. Inspiró profundamente, pero la tensión de su pecho siguió inalterable.

Se difuminaron las luces por toda la Lenin, y las voces grabadas del coro de la Marina Imperial cantaron un himno al que se unieron los tripulantes.

—Día de cólera y de combate inminente, palabras de David con ecos de Sibila: Cielos y mundos que en cenizas concluyen…

¿Sibila?, pensó Rod. Dios mío, eso debe de ser antiguo. El himno seguía y concluyó con un estallido de voces viriles.

¿Creo yo en todo esto? Se preguntó Rod. Hardy cree, basta verle la cara. Y Kelley, dispuesto a lanzar a sus camaradas por los tubos de torpedos, cree también. ¿Por qué no puedo creer yo como ellos? Pero yo creo también ¿no es cierto? Siempre creí que creía, que el universo, este universo, ha de tener algún sentido. Piensa en Bury. Ésta no es siquiera su religión, pero le conmueve. ¿Qué pensará?

Horace Bury miraba fijamente los tubos de torpedos. ¡Cuatro cuerpos y una cabeza! La cabeza de un infante de marina que los Marrones habían utilizado de caballo de Troya. Bury la había visto sólo una vez girando en el espacio en una nube de niebla y cristal fragmentado y Marrones agonizantes. Recordaba una mandíbula cuadrada, una boca ancha y firme, brillantes ojos muertos. Alá tenga misericordia de ellos, y que sus legiones caigan sobre la Paja…

Sally está tomándoselo mejor que yo, pensó Rod, pese a ser una civil. A ambos nos agradaban esos muchachos… ¿Por qué no me preocupo yo de los demás? Cinco infantes de marina muertos al rescatar a los civiles. No hubiese sido tan terrible si hubiesen muerto en acción. Yo ya esperaba pérdidas cuando envié al grupo de rescate con el transbordador. En realidad nunca creí que los muchachos pudieran salir de la MacArthur. ¡Pero lo hicieron!

—Encomendamos a Dios omnipotente las almas de nuestros hermanos fallecidos, y entregamos sus cuerpos a las profundidades del espacio; en seguridad y esperanza cierta de resurrección en vida perdurable por nuestro Señor Jesucristo; pues cuando él venga en gloriosa majestad a juzgar a los mundos, devolverán los mares sus muertos y verterán las profundidades sus cargas…

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