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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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En resumen, era una espléndida oportunidad para que Horace Bury practicara la paciencia. Si a veces la paciencia le abandonaba, sólo Nabil lo sabía; y Nabil estaba más allá de las sorpresas.

44 • Consejo de Guerra

En la sala de oficiales de la Lenin había una fotografía del emperador. Leónidas IX miraba hacia la larga mesa de madera, y a ambos lados de su imagen había banderas imperiales y estandartes de guerra. Colgaban de los mamparos cuadros de batallas navales de la historia de ambos imperios, y en un rincón ardía una vela ante un icono de Santa Katerina. Había incluso un sistema de ventilación especial para que siguiera ardiendo en gravedad cero.

David Hardy no podía evitar una sonrisa ante aquel icono. La idea de una imagen como aquélla a bordo de una nave con aquel nombre resultaba divertida; suponía que o bien Kutuzov no sabía nada de la historia del comunismo (después de todo, había sido hacía mucho tiempo), o sus simpatías nacionalistas rusas le cegaban. Probablemente fuese lo primero, pues para la mayoría de los imperiales Lenin era el nombre de un héroe del pasado, un hombre conocido por la leyenda pero no con detalle. Había muchos así: César, Ivan el Terrible, Napoleón, Churchill, Stalin, Washington, Jefferson, Trotsky, todos más o menos contemporáneos (salvo para historiadores cuidadosos); vista desde suficiente distancia, la historia preatómica tiende a mezclarse.

La sala de oficiales comenzó a llenarse al entrar científicos y oficiales y ocupar sus puestos. Los infantes de marina reservaron dos asientos, la cabecera de la mesa y el situado inmediatamente a su derecha, aunque Horvath había intentado ocupar aquel asiento. El Ministro de Ciencias se encogió de hombros cuando los infantes de marina se lo impidieron hablándole en ruso, y se fue al otro extremo, donde desplazó a un biólogo, luego mandó retirarse a otro científico del lugar situado a su derecha e invitó a sentarse allí a David Hardy. Si el almirante quería jugar a los prestigios, allá él; pero Anthony Horvath sabía también algo del tema.

Observó cómo iban entrando los demás. Cargill, Sinclair y Renner entraron juntos. Luego Sally Fowler y el capitán Blaine… extraño, pensó Horvath, que Blaine pudiese entrar ahora en un salón lleno de gente sin ningún ceremonial. Un infante de marina indicó asientos a la izquierda de la cabecera de la mesa, pero Rod y Sally se sentaron hacia la mitad. Él podía permitírselo, pensó Horvath. Había nacido para su cargo. Bien, mi hijo podrá hacerlo también. Mi trabajo en esta expedición será suficiente para que se me incluya en la próxima lista de honores…

—¡Atención!

Los oficiales se levantaron, y también la mayoría de los científicos. Horvath lo pensó un momento y se levantó también. Miró a la puerta, esperando al almirante, pero el único que entró fue el capitán Mijailov. Así que tendremos que pasar por esto dos veces, pensó Horvath.

El almirante le engañó. Llegó justo cuando Mijailov alcanzaba su asiento, y murmuró:

—Continúen, caballeros —tan rápidamente que el infante de marina no tuvo posibilidad de anunciarle. Si alguien quería desairar a Kutuzov, tendría que buscar otra oportunidad.

—El teniente Borman leerá las instrucciones de la expedición —dijo fríamente Kutuzov.

—Sección doce. Consejo de Guerra. Párrafo primero. El vicealmirante al mando pedirá consejo al equipo científico y a los primeros oficiales de la MacArthur, salvo cuando la dilación ponga en peligro, ajuicio del almirante y sólo de él, la seguridad de la nave de combate Lenin.

«Párrafo dos. Si el jefe del equipo científico de esta expedición no estuviese de acuerdo con el vicealmirante al cargo, debe convocar un Consejo de Guerra para que aconseje al almirante. El jefe del equipo científico puede…

—Eso es suficiente, teniente Borman —dijo Kutuzov—. Siguiendo esas órdenes, y a petición formal del Ministro de Ciencias Horvath, se convoca este Consejo de Guerra para que asesore sobre la petición que han hecho los alienígenas de visitar el Imperio. Todo lo que aquí se diga quedará registrado. Puede usted empezar cuando quiera, señor Horvath.

Demonios, pensó Sally. Este ambiente es como el del presbiterio de San Pedro durante la misa mayor en Nueva Roma. El protocolo debe intimidar a todos los que no estén de acuerdo con Kutuzov.

—Gracias, almirante —dijo cortésmente Horvath—. Dado que la sesión puede ser larga (después de todo, señor, estamos discutiendo lo que puede ser la decisión más importante que todos nosotros hayamos tomado), creo que debemos pedir algo de beber. ¿No podría proporcionarnos su gente café, capitán Mijailov?

Kutuzov frunció el ceño, pero no había razón alguna para rechazar la petición.

Además rompía el hielo entre los que llenaban el compartimiento. Con los camareros y el olor del café y del té en el aire, se evaporaba gran parte de la rigidez protocolaria, tal como Horvath pretendía.

—Gracias. —Horvath estaba radiante—. Ahora, tal como todos saben, los pajeños nos han pedido que permitamos que envíen tres embajadores al Imperio. Esta embajada tendrá, me han dicho, plena autoridad para representar a la civilización pajeña, para firmar tratados de amistad y comercio, aprobar programas científicos comunes… no hace falta que siga. Las ventajas de llevarles ante el Virrey supongo que son evidentes. ¿No están de acuerdo?

Hubo un murmullo de aprobación. Kutuzov se mantenía tieso, los ojos oscuros achicados bajo las tupidas cejas, la cara una máscara moldeada con áspera arcilla.

—Sí —dijo Horvath—. Creo que es evidente que, si tenemos un medio de hacerlo, debemos tratar con toda cortesía a los embajadores pajeños. ¿No está de acuerdo, almirante Kutuzov?

Cazado en su propia trampa, pensó Sally. Esto se graba… tendrá que comportarse.

—Hemos perdido la MacArthur —dijo Kutuzov ásperamente—. Sólo nos queda esta nave. Doctor Horvath, ¿no estaba usted presente en la conferencia en la que el Virrey Merrill planeó esta expedición?

—Sí…

—Yo no, pero me la han contado. ¿No quedó claro entonces que no debía subir a bordo de esta nave ningún alienígena? Son órdenes directas del propio Virrey.

—Bueno… sí, señor. Pero el contexto indicaba claramente lo que el Virrey quería decir. No podría permitirse el acceso de alienígenas a la Lenin siempre que resultase evidente su hostilidad; así, hiciesen lo que hiciesen, la Lenin estaría segura. Pero sabemos muy bien que los pajeños no son hostiles. En las instrucciones finales de la expedición, Su Alteza deja la decisión al criterio de usted; no existe, pues, una prohibición oficial.

—Pero la decisión se dejó a mi criterio —dijo Kutuzov triunfalmente—. No entiendo por qué es diferente a las instrucciones verbales. Capitán Blaine, usted estaba presente: ¿me equivoco al suponer que Su Alteza dijo «que en ninguna circunstancia» abordarían los alienígenas la Lenin?

Rod tragó saliva.

—Sí, señor, pero…

—Creo que no hay más que hablar —le cortó el almirante.

—Oh, no —dijo suavemente Horvath—. Capitán Blaine, estaba usted a punto de continuar. Hágalo, por favor.

La sala de oficiales quedó en silencio. ¿Lo conseguirá?, se preguntaba Sally. ¿Qué puede hacerle el Zar? Puede ponerle las cosas difíciles en la Marina, pero…

—Sólo iba a decir, almirante, que Su Alteza no estaba tanto dando órdenes como indicando directrices. Creo que si hubiese pretendido obligarle a usted con ellas, no lo habría dejado a su discreción, señor. Lo habría incluido en las órdenes.

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