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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Muy bien, exclamó Sally silenciosamente.

Los ojos de Kutuzov se achicaron aún más. Pidió un té con un gesto a un camarero.

—Creo que subestima usted la confianza de Su Alteza en su juicio —dijo Horvath.

Sonaba a falso y se dio cuenta inmediatamente. Podía haberlo dicho cualquier otro, Hardy o Blaine, pero Horvath tenía miedo a lo que pudiesen decir ambos en aquella reunión. Eran los dos demasiado independientes.

—Gracias —dijo el almirante con una sonrisa—. Quizás confiase más en mí que en usted, doctor. Sí. Ha demostrado usted que puede obrar contra los deseos expresos del Virrey. Desde luego, yo no actuaré tan a la ligera. Y aún tiene usted que convencerme de que sea necesario. Puede volver otra expedición a por los embajadores.

—¿Enviarán otros después de un ultraje como éste? —estalló Sally. Todos la miraron—. Los pajeños no ha pedido tanto, almirante. Y su petición es muy razonable.

—¿Cree usted que se ofenderán si la rechazamos?

—No… no sé, almirante. Pudiera ser. Sí. Que se ofendieran mucho. Kutuzov asintió, como si pudiese entenderlo.

—Quizá sea menor el riesgo que se corre dejándoles entrar aquí, señora. Teniente Cargill. ¿Hizo usted el estudio que le pedí?

—Lo hice, señor —contestó con entusiasmo Jack Cargill—. El almirante me pidió que supusiera que los pajeños tienen los secretos del Impulsor y del Campo y que calculase su potencia militar en función de eso. He calculado su fuerza naval…

Hizo un gesto a un oficial y apareció un gráfico en la pantalla de intercomunicación de la sala de oficiales.

Se volvieron las cabezas y hubo un momento de sorprendido silencio. Alguien lanzó una exclamación. «¿Tantos?»… «¡Dios mío!»… «Pero eso es más que la flota del sector»…

Las curvas se elevaban abruptamente al principio, mostrando la relación entre naves de pasajeros y de carga pajeñas y naves de la Marina. Luego, se igualaban, pero más tarde empezaban a subir de nuevo.

—Puede verse que la amenaza es muy grave —dijo suavemente Cargill—. Dentro de dos años, los pajeños podrían reunir una flota que constituiría un serio desafío para toda la Marina imperial.

—Eso es ridículo —protestó Horvath.

—No lo es, señor —contestó Cargill—. He sido muy prudente en mis cálculos de su capacidad industrial. Tenemos las lecturas de neutrino y un buen cálculo de su generación energética (número de plantas de fusión, producción térmica), y supuse un nivel de eficiencia no superior al nuestro, aunque sospecho que sería más elevado. No hay duda de que les sobran trabajadores especializados.

—¿Y dónde van a conseguir los metales? —preguntó De Vandalia; el geólogo parecía desconcertado—. Han minado todo el planeta, y, si hemos de creer lo que nos dijeron, todos los asteroides.

—Pueden transformar los metales existentes. Artículos de lujo. Vehículos de transporte superfluos. En este momento, todos los Amos tienen una flota propia de automóviles y camiones que podrían fundirse. Carecen de algunas cosas, pero recordemos que los pajeños tienen todos los metales de un sistema planetario completo ya extraídos. —Cargill hablaba de corrido, como si esperase ya aquella objeción—. Una flota exige mucho metal, pero en realidad no es mucho comparando con los recursos de toda una civilización industrial.

—¡Muy bien, de acuerdo! —replicó Horvath—. Acepto los cálculos que ha hecho usted. Pero ¿por qué demonios considera que son unas cifras amenazadoras? Los pajeños no son una amenaza.

Cargill pareció enojarse.

—Es un término técnico. ‹Amenaza» en los servicios secretos alude a la capacidad…

—Y no a las intenciones. Eso ya nos lo ha dicho. Almirante, todo esto significa que haremos bien en ser corteses con esos embajadores, para que no se dediquen a construir naves de guerra.

—Mi interpretación no es ésa —dijo Kutuzov.

Parecía menos imperioso ahora; su voz tenía una modulación más suave, bien porque quería convencer a los otros, o bien porque se sentía más confiado, era algo que no estaba claro.

—Significa, a mi juicio —continuó—, que hemos de tomar todas las precauciones para evitar que los pajeños descubran el secreto del Campo Langston.

Hubo más silencio. Los gráficos de Cargill eran estremecedores en su sencillez. La flota pajeña era potencialmente mayor que las de todos los exteriores y rebeldes del sector unidas.

—Rod… ¿tiene razón? —preguntó Sally.

—Las cifras son correctas —murmuró hoscamente Blaine—. Pero… bien. Veamos —alzó la voz—. Almirante, de todos modos estoy seguro de que podemos proteger el Campo.

Kutuzov se volvió en silencio hacia él y le miró expectante.

—Primero, señor —dijo Rod cautamente—, existe el riesgo de que los pajeños hayan descubierto ya el secreto. Por las miniaturas. —Se pintó en su cara una mueca de dolor, y tuvo que esforzarse para no rascarse el puente de la nariz—. No creo que lo hayan conseguido, pero es posible. Segundo, pueden haberlo obtenido de los guardiamarinas perdidos. Tanto Whitbread como Staley sabían suficiente para facilitarles un buen principio…

—Sí. El señor Potter sabía más —secundó Sinclair—. Era un tipo muy estudioso, señor.

«Ridículo»… «Tan paranoico como el Zar»… «Está muerto.» Hablaban a la vez varios civiles. Sally se preguntaba qué estaba haciendo Rod, pero permanecía callada.

—Por último, los pajeños saben que existe el Campo. Todos hemos visto lo que son capaces de hacer… superficies sin fricción, permeabilidades diferenciales, reordenación de estructuras moleculares. ¡Consideren lo que hicieron las miniaturas con el generador de la MacArthur! Con sinceridad, almirante, dado que saben que el Campo es posible, es sólo cuestión de tiempo el que sus Ingenieros lo construyan. Por tanto, si bien la protección de nuestros secretos tecnológicos es importante, no puede ser la única consideración.

Hubo más cuchicheos nerviosos alrededor de la mesa, pero el almirante no escuchaba; parecía pensar en lo que había dicho Rod.

Horvath tomó aliento para hablar, pero se controló. Blaine había sido el Primero en conseguir impresionar visiblemente al almirante, y Horvath era lo bastante realista para saber que cualquier cosa que dijese sería rechazada automáticamente. Hizo una señal a Hardy.

—David, ¿puedes decir tú algo? —suplicó.

—Podemos tomar todas las precauciones que quiera —proclamó Sally—. Ellos aceptan la historia de la plaga, la crean o no. Dicen que sus embajadores están dispuestos a someterse a cuarentena… Supongo que no podrán eludir a los hombres de su servicio de seguridad, almirante. Y además, puede usted saltar tan pronto como suban a bordo.

—Eso es cierto —dijo Hardy pensativo—. Por supuesto, podemos irritar a los pajeños aún más tomando a sus embajadores… y no devolviéndolos nunca.

—¡Nosotros no haríamos eso! —protestó Horvath.

—Podríamos hacerlo, Anthony. Sea realista. Si Su Majestad decide que los pajeños son peligrosos y la Marina que saben demasiado, jamás se les permitirá volver.

—En consecuencia, no hay ningún riesgo —dijo rápidamente Sally—. Ninguna amenaza para la Lenin de unos pajeños sometidos a cuarentena. Almirante, estoy segura de que es menos arriesgado llevarlos. De ese modo, no nos exponemos a ofenderles hasta que el príncipe Merrill, o Su Majestad, decidan sobre su futuro.

—Hum —Kutuzov bebió un sorbo de té. Había interés en sus ojos—. Es usted persuasiva, señora. Lo mismo que usted, capitán Blaine —hizo una pausa—. El señor Bury no fue invitado a esta conferencia. Creo que es momento de oírle. Contramaestre, traiga usted a Su Excelencia a la sala de oficiales.

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