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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Kelley giró la llave y hubo un suave jusch, luego otro; tres, cuatro, cinco. Sólo cuatro cuerpos y una cabeza recobrados, de veintisiete muertos y desaparecidos.

¿Y qué harán los pajeños, por su parte?, se preguntaba Rod. Tres cañones laterales dispararon al espacio contra la nada, salvo el tercero, cuyo impacto evaporaría los cuerpos lanzados un momento antes. Había insistido en ello el almirante, y nadie lo había discutido.

Cesaron las vibrantes notas de trompeta cuando las cintas del trompetista de la Lenin y las del de la MacArthur terminaron al mismo tiempo. La nave permaneció inmóvil un instante.

Los oficiales salieron en silencio de la sala de torpedos. En los pasillos se encendieron del todo las luces y los hombres volvieron rápidamente a sus puestos o a las atestadas áreas de descanso. La rutina de la nave continúa, pensó Rod. También los servicios fúnebres son parte del Libro. Todo tiene su norma: nacimiento a bordo de la nave, inscripción; entierro, con o sin cuerpo; y también hay una norma para los capitanes que pierden sus naves. El Libro decreta que comparezcan ante un tribunal militar.

—Rod. Un momento, Rod, por favor.

Se detuvo a instancias de Sally. Estaban en el pasillo y el resto de los oficiales y la tripulación pasaban junto a ellos. Rod quería continuar, volver a la soledad de su camarote donde nadie le preguntase qué había sucedido a bordo de la MacArthur. Pero allí estaba Sally, y algo en su interior quería hablar con ella, o simplemente estar cerca de ella…

—Rod, el doctor Horvath dice que los pajeños han enviado embajadores a nuestro encuentro al punto Eddie el Loco, pero que el almirante Kutuzov no piensa admitirlos a bordo. ¿Es verdad?

¡Maldita sea! pensó. Otra vez los pajeños…

—Así es —contestó, y se volvió para marcharse.

—¡Espere, Rod! ¡Tenemos que hacer algo!, ¿adonde va usted? —le vio alejarse rápidamente. ¿Y qué hago yo ahora?, se preguntó.

La puerta de Blaine estaba cerrada, pero el indicador decía que no estaba cerrada con llave. Kevin Renner vaciló, luego llamó. Sin resultado. Esperó un momento y volvió a llamar.

—Adelante.

Renner abrió la puerta. Resultaba extraño entrar directamente en el camarote de Blaine: no había ningún centinela, nada de la misteriosa aureola de mando que rodea al capitán.

—Hola, capitán. ¿Le importaría charlar un rato?

—No. ¿Qué puedo ofrecerle?

A Blaine era evidente que le daba igual. No miraba a Renner, y éste se preguntó qué sucedería si se tomaba en serio aquella aceptación formal. Podía pedir algo de beber…

El camarote de Blaine era grande. Hubiese sido una habitación de torre si la Lenin estuviese diseñada con una torre. Sólo había cuatro hombres y una mujer con camarote individual, y Blaine no utilizaba la preciada habitación; parecía llevar sentado varias horas en aquella silla, probablemente desde los servicios fúnebres. Desde luego no se había cambiado. Había tenido que pedir prestado a Mijailov uno de sus uniformes de gala y no le quedaba bien.

Permanecieron sentados en silencio, Blaine contemplando algún espacio-tiempo que excluía a su visitante.

—He estado viendo el trabajo de Buckman —dijo Renner, por decir algo. Por algo hay que empezar, y preferiblemente no por los pajeños.

—¿Ah, sí? ¿Cómo va? —preguntó formulariamente Blaine.

—No lo entiendo del todo. Él dice que puede probar que en el Saco de Carbón está formándose una protoestrella. En unos mil años alumbrará con luz propia. Bueno, no puede demostrármelo porque yo no sé suficientes matemáticas.

—Vaya.

—¿Qué tal lo pasa usted? —Renner parecía dispuesto a marcharse—. ¿Disfrutando de estas vacaciones?

Por fin Blaine alzó sus ojos angustiados.

—Kevin, ¿por qué intentarían los muchachos volver al planeta?

—Capitán, eso es una tontería. No pudieron intentar nada de eso. —Dios mío, desvaría. Esto va a ser más duro de lo que pensaba.

—Entonces, dígame qué sucedió.

Renner parecía desconcertado, pero evidentemente Blaine hablaba en serio.

—Capitán, la nave estaba llena de Marrones… Había Marrones por todas partes. Debieron de llegar a la zona de almacenaje de botes salvavidas muy pronto. Si usted fuese pajeño ¿cómo rediseñaría una nave salvavidas?

—Soberbiamente. —Blaine sonrió de veras—. Ni siquiera un hombre muerto podría desaprovechar un chiste como éste.

—Me tenía preocupado —Renner rió entre dientes y luego se puso serio—. No, lo que quiero decir es que ellos rediseñan para cada nueva situación. En espacio profundo el bote desaceleraría y pediría ayuda. Junto a un gigante gaseoso, orbitaria. Siempre automático, desde luego, para que los pasajeros no resultasen afectados. Junto a un mundo habitable, el bote aterrizaría.

—¿Sí? —Blaine frunció el ceño. En sus ojos había ahora una chispa de vida. Renner contuvo la respiración.

—Sí, pero, Kevin, ¿qué pasó entonces? Si los Marrones llegaron a los botes sin duda los diseñaron correctamente. Además, tendrían controles; no obligarían necesariamente a aterrizar.

Renner se encogió de hombros.

—¿Puede usted adivinar para qué sirven las palancas y los interruptores de un tablero de mando pajeño nada más verlo? Yo no, y dudo que los guardiamarinas pudieran. Salvo que los Marrones previesen eso. Capitán, quizás los botes no estuviesen terminados, o resultasen averiados en el combate.

—Quizás…

—Quizás… muchas cosas. Puede que estuviesen diseñados para los Marrones. Los muchachos tendrían que amontonarse allí dentro en un espacio reducido. Y que no hubiese tiempo con sólo tres minutos de margen.

—¡Aquellos malditos torpedos! ¡Aquello debía de estar lleno de Marrones!

Renner asintió.

—Pero ¿a quién se le iba a ocurrir una cosa así?

—Debía habérseme ocurrido a mí.

—¿Por qué? —preguntó Renner muy serio—. Capitán.

—Ya no soy capitán.

¡Aja! pensó Renner.

—Sí, señor. Aún sigue siéndolo y no creo que nadie en la Marina piense lo contrario. Nadie. El Zar quedó muy satisfecho con el procedimiento de descontaminación que usted aplicó, ¿no es cierto? Todo el mundo piensa eso. ¿Por qué demonios se acusa usted de un error que fue de todos?

Blaine miró a Renner dudoso. El piloto jefe tenía la cara levemente enrojecida. ¿Por qué se agitaba tanto?

—Hay otra cosa —dijo Rod—. Suponga que los botes salvavidas estuviesen adecuadamente diseñados. Suponga que los muchachos hiciesen un aterrizaje perfecto y mintiesen los pajeños.

—He pensado eso —dijo Renner—. ¿Qué piensa usted?

—Bueno, no creo que fuese posible, pero me gustaría comprobarlo.

—Si conociese usted a los pajeños tan bien como yo, estaría seguro. Convénzase. Estudie los datos. Tenemos en abundancia a bordo de esta nave, y tiene usted tiempo. Tiene que saber usted mucho sobre los pajeños, es usted el mayor especialista que tiene la Marina en el tema.

—¿Yo? —rió Rod—. Kevin, yo no soy especialista en nada. Lo primero que tendré que hacer cuando regrese es comparecer ante un tribunal militar…

—Al diablo los tribunales militares —dijo Renner con impaciencia—. ¿Es posible, capitán, que esté usted aquí torturándose por ese formulismo? ¡Dios mío!

—¿Y en qué cree usted que debo pensar, teniente Renner? Kevin se echó a reír. Era mejor que Blaine se enfadase que no que siguiese aferrado a sus cavilaciones.

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