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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿Cómo se llamaba tu hija? -preguntó Lucile.

– Françoise-Louise -le contestó Théroigne, mirándose las manos-. Un día hubiera ido a buscarla.

– Lo sé -dijo Lucile. Y tras un breve silencio, preguntó-: ¿Quieres hablarme de los austriacos?

– Eran muy extraños -contestó Théroigne, echando la cabeza hacia atrás y soltando una carcajada un tanto forzada. Resultaba alarmante la facilidad con que pasaba de un tema a otro, de un estado de ánimo a otro-. Estaban empeñados en conocer todos los detalles de mi vida, desde el día que nací. «¿Dónde estaba usted en tal fecha de tal año?», me preguntaban. «No lo recuerdo», contestaba yo. Entonces sacaban un papel, un recibo firmado por mí, la lista de la lavandería o el resguardo del prestamista, y decían: «Permítanos que le refresquemos la memoria, señorita.» Me atemorizaban con sus preguntas y papeles. Era como si durante toda mi vida, desde que había aprendido a escribir, esos malditos austriacos me hubieran estado siguiendo y espiando.

Si la mitad de eso es cierto, pensó Lucile, ¿qué saben sobre Camille, o sobre Georges-Jacques?

– Eso es imposible -dijo.

– Entonces ¿cómo te lo explicas? Me enseñaron un papel, un documento que había firmado con un profesor de canto italiano, que prometió promocionar mi carrera. Tuve que reconocer que era mi letra; recordaba haberlo firmado. Habíamos acordado que me daría clases de canto para perfeccionar mi técnica y que yo le pagaría con el dinero que sacara de mis conciertos. Firmé ese documento una tarde lluviosa en Londres, en Soho, en la casa que ocupaba mi profesor en la calle Dean. ¿Cómo es posible que ese papel fuera a parar de la calle Dean a manos del comandante de la prisión de Kufstein? ¿Cómo llegó hasta allí, a menos que alguien me estuviera siguiendo durante todos estos años? -Théroigne soltó otra carcajada nerviosa-. Debajo de mi firma decía: «Anne Théroigne, Soltera» -me preguntó el austriaco-. ¿Acaso se ha casado en secreto?

– Eso demuestra que no lo saben todo sobre ti -dijo Lucile-. ¿Cómo era Kufstein?

– Como algo que hubiera salido de debajo de una roca -contestó Théroigne. Hablaba con calma, como una monja haciendo repaso de su vida-. Desde la ventana de mi celda divisaba las montañas. Tenía una mesa y una silla pintadas de blanco. -De pronto frunció el ceño, como esforzándose en recordar-. Al principio, cuando me encerraron, me dedicaba a cantar todas las canciones, arias y tonadas que conocía. Cuando terminaba el repertorio, empezaba de nuevo.

– ¿Te hicieron daño?

– No. Fueron muy amables, muy… tiernos. Cada día me traían comida y me preguntaban qué me apetecía comer.

– Pero, ¿qué querían de ti, Anne? -preguntó Lucile. Le hubiera gustado añadir: «… por que no eres una persona importante».

– Me acusaron de haber organizado los motines de octubre, y querían saber quién me había pagado por ello. Dijeron que fui a Versalles a horcajadas sobre un cañón, y que conduje a las mujeres a palacio blandiendo una espada. No es cierto, como bien sabes. Cuando llegaron, yo ya estaba en Versalles. Había alquilado una habitación para asistir todos los días a los debates de la Asamblea Nacional. Es cierto que hablé con las mujeres, y con los guardias nacionales. Pero cuando irrumpieron en el palacio, yo estaba acostada.

– Sin duda habrá algún testigo presencial -señaló Lucile. Théroigne no captó la ironía en sus palabras-. Déjalo, era una broma. Debes comprender que, desde que cayó la Bastilla, no importa lo que hayas hecho realmente, sino lo que la gente cree que hiciste. Uno no puede desprenderse de su pasado tan fácilmente. Cuando te conviertes en un personaje conocido la gente te atribuye acciones y palabras que jamás has cometido ni pronunciado, pero no tienes más remedio que aceptarlo. Si dicen que ibas a horcajadas en un cañón, pues ibas a horcajadas en un cañón.

– ¿Ah, sí? No creo…

– Me refiero a que… -Maldita sea, pensó Lucile, es bastante obtusa-. No lo hiciste, pero ellos están convencidos de lo contrario. ¿No lo comprendes?

Théroigne sacudió la cabeza.

– Me interrogaron sobre el Club de los Jacobinos. Querían saber a quiénes pagaban para decir ciertas cosas. Yo no sé nada sobre los jacobinos, pero me no creyeron.

– Algunos pensamos que no volveríamos a verte nunca más.

– La gente me dice que debería escribir un libro sobre mis experiencias. Pero no soy culta, soy incapaz de escribir un libro. ¿Crees que Camille podría escribirlo por mí?

– ¿Por qué te soltaron los austriacos, Anne?

– Me llevaron a Viena. Vi al canciller, al primer ministro del Emperador, en sus aposentos privados.

– No has contestado a mi pregunta.

– Luego me llevaron de regreso a Lieja, a la ciudad donde nací. Estoy acostumbrada a viajar, pero esos viajes eran un infierno. Trataron de ser amables conmigo, pero yo sólo quería tenderme junto a la carretera y morir. Cuando llegamos a Lieja me dieron un poco de dinero y me dijeron que podía ir a donde quisiera. Les pregunté si podía volver a París, y dijeron que sí.

– Ya lo sabemos -dijo Lucile-. La noticia apareció publicada en diciembre en Le Moniteur. Tengo guardado ese número en algún sitio. Francamente, nos sorprendió enterarnos de que ibas a volver. Corrían rumores de que los austriacos te habían ahorcado. Pero en lugar de ello te soltaron y te dieron dinero. ¿Y te extraña que Camille te rehuya?

Como buena abogada, ha cerrado el caso. Y sin embargo es difícil creer -como creen todos aunque no lo confiesen- que esa chica haya accedido a actuar de espía. Si le quitas la pistola y el traje escarlata de amazona, parece totalmente inofensiva, incluso un poco loca.

– Deberías alejarte un tiempo de París, Anne -dijo Lucile-. Vete a un lugar tranquilo. Hasta que hayas recuperado las fuerzas.

Théroigne la miró perpleja.

– Te olvidas, Lucile, que en una ocasión dejé que los periodistas me expulsaran de aquí, dejé que Louis Suleau me echara de París. ¿Y qué me pasó? Alquilé una habitación en una posada en un lugar tranquilo como tu dices, lejos de la capital, donde oía cantar a los pájaros, justo lo que necesitaba para recuperarme. Comía con apetito y dormía como un tronco. Pero una noche me desperté y vi que habían entrado unos hombres en mi habitación, unos desconocidos, que me llevaron por la fuerza.

– Creo que debes irte -dijo Lucile.

El temor le atenazaba la garganta; lo sentía en su vientre, y temía por la suerte de su hijo.

– Lafayette está en París -dijo Fabre.

– Eso me han dicho.

– ¿Lo sabías, Danton?

– Yo lo sé todo, Fabre.

– ¿Cuándo vas a despedazarlo?

– Modérate, Fabre.

– Pero dijiste…

– De vez en cuando conviene mostrarse agresivo. Anima a los demás. Dentro de un par de días iré a visitar a mis suegros en Fontenay.

– Comprendo.

– El general tiene unos planes muy concretos. Marchar sobre los jacobinos y cerrarles el club. Represalias por el 20 de junio. Confía en que la Guardia Nacional le respalde. Nadie podría probar que yo tuviera nada que ver con el 20 de junio…

– Hummm -respondió Camille.

– … pero prefiero ahorrarme problemas. La cosa no pasará a mayores.

– Pero esto es muy serio.

– No, puesto que conocemos sus planes -contestó Danton, tratando de mostrarse paciente.

– ¿Cómo lo sabemos?

– Me lo dijo Pétion.

– ¿Y quién informó a Pétion?

– María Antonieta.

– ¡Dios!

– Sí, son unos estúpidos. No se dan cuenta de que Lafayette es la única persona dispuesta a ayudarles. A veces me pregunto si merece la pena tener tratos con ellos.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Camille.

– Pues a tener tratos con ellos, aprovecharnos de lo que podamos.

– No lo dices en serio. Tú no tienes tratos con ellos.

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