La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Si eso es cierto… -empezó a decir Camille. Pero no consiguió terminar la frase. No le salían las palabras-. Si esta revolución está condenada, como he creído siempre… -Al cabo de unos segundos se cubrió la cara con las manos, incapaz de proseguir.
– Vamos, Camille -dijo Georges-, no podemos esperar a que concluyas la frase. Fabre, golpéale la cabeza contra la pared a ver si reacciona.
– Eso es lo que intento decir, Georges-Jacques. No disponemos de más tiempo. -No sé si fue la amenaza o que de pronto vio el futuro con toda claridad, pero el caso es que Camille recobró la voz y empezó a hablar con frases breves y concisas-: Debemos comenzar de nuevo. Debemos organizar un golpe de Estado. Debemos destituir a Luis. Debemos asumir el control de la situación. Debemos proclamar la república. Debemos hacerlo antes de que finalice el verano.
Vergniaud parecía incómodo. Nos miró a todos, acariciando el brazo del sillón.
– Dijiste que no estabas preparado, Georges-Jacques -dijo Camille-, pero ya no hay tiempo que perder.
Manon destituida. Recordaba una frase de Danton: «Las fronteras naturales de Francia.» Pasaba horas examinando los mapas de los Países Bajos, del Rin. ¿Acaso no había sido una de las más fervientes defensoras de la política de guerra? Era menos sencillo hallar las fronteras naturales de un ser humano…
Esos estúpidos patriotas la culpaban a ella, por supuesto; decían que por culpa de su carta, Luis había destituido a sus ministros. La cosa no tenía sentido. Era un pretexto que se había inventado Luis. La acusaban de entremetida, de haber dictado la política a Roland. Era injusto; siempre habían trabajado juntos, ella y su marido, aunando sus talentos y energías; ella sabía lo que su marido pensaba antes de que lo dijera.
– Roland no pierde nada -dijo Manon- al ser interpretado a través de mí.
Los otros se miraron, como de costumbre. Manon sentía deseos de abofetear a aquellos estúpidos. Buzot era el único que parecía comprenderla. Le cogió la mano y se la acarició, murmurando:
– No les hagas caso, Manon. Los verdaderos patriotas sabemos lo que vales.
Estaba convencida de que su marido ocuparía de nuevo un cargo público. Pero tendrían que luchar para conseguirlo. El 20 de junio, la llamada «invasión» de las Tullerías había sido un fracaso, una broma. Había sido mal organizada de principio a fin, como tantas otras cosas.
Por las tardes solía ir a escuchar los debates de la Escuela de Equitación desde la galería pública. Un día apareció una joven vestida con un traje de amazona escarlata y una pistola en el cinto. Alarmada, Manon buscó al ujier, pero a nadie parecía preocupar su presencia. La joven se reía animadamente, rodeada de un enjambre de seguidores. Tenía un aire desenvuelto y de vez en cuando se pasaba la mano por el cabello corto y rizado, como un hombre. Sus admiradores aplaudieron y aclamaron a Vergniaud y a otros diputados. Luego sacaron una bolsa de manzanas, se las comieron y lanzaron los restos al suelo.
Vergniaud se acercó a saludar a Manon y ella lo felicitó por su discurso, aunque con ciertas reservas; lo halagaban demasiado.
– Ésa es Théroigne -dijo Vergniaud, señalando a la joven vestida de amazona-. ¿Es posible que no la conozca? Pronunció un discurso en el Club de los Jacobinos en primavera, relatando sus peripecias entre los austriacos. Le cedieron la tribuna. No hay muchas mujeres que puedan decir lo mismo.
Vergniaud se detuvo, temeroso de haber metido la pata.
– No se inquiete -le tranquilizó Manon-. No le pediré que me permitan pronunciar un discurso. No soy una arpía.
– Al fin y al cabo, -dijo Vergniaud-, ¿quiénes son esas chicas? No son más que prostitutas.
Manon sintió deseos de propinarle un puñetazo. Pero él le ofrecía la oportunidad de que formara parte de nuevo de la conspiración, de reincorporarse a su grupo.
– Unas vulgares prostitutas -contestó ella, sonriendo.
El niño de Lucile se había desplazado hacia la izquierda y le había asestado una vigorosa patada. Lucile se sentía tan incómoda que apenas podía incorporarse, y menos aún mostrarse amable con su visita.
– ¿No tienes calor con ese vestido rojo? -preguntó a Théroigne-. ¿No va siendo hora que lo jubiles?
Observó que tenía el dobladillo descosido, que estaba desteñido y cubierto de polvo.
– Camille me evita como a la peste -se lamentó Théroigne, paseándose de un lado al otro de la habitación-. Apenas me ha dirigido la palabra desde que he regresado a París.
– Está muy ocupado -respondió Lucile.
– Sí, está muy ocupado jugando a los naipes en el Palais-Royal y cenando con sus amigos aristócratas. ¿Cómo va a perder el tiempo charlando con una vieja amiga cuando es mucho más divertido beber champán y acostarse con esas imbéciles?
– Incluyéndote a ti -dijo Lucile.
– No, no me incluyo -respondió Théroigne, deteniéndose-. Jamás me he acostado con Camille, ni con Jérôme Pétion, ni con ninguno de la docena de hombres que mencionan los periódicos.
– No hay que fiarse de lo que dicen los periódicos -dijo Lucile-. Siéntate, te lo ruego, me estás mareando.
Théroigne permaneció de pie.
– Louis Suleau es capaz de publicar cualquier cosa -dijo-. Ese periódico suyo, Los Hechos de los Apóstoles, es una basura. No me explico cómo aún no le han pegado un tiro.
Lucile emitió un débil gemido, fingiendo que empezaba a experimentar los dolores del parto. Théroigne no le hizo caso.
– No me explico cómo consigue Camille salirse siempre con la suya -dijo-. Cuando Suleau se burló de mí, Camille le siguió la corriente y entre los dos se inventaron más calumnias, más amantes, exponiéndome al escarnio público. Pero nadie se atreve a decir a Camille que es imposible que sea amigo de Suleau y al mismo tiempo un patriota. ¿Cómo es posible, Lucile?
– No lo sé -respondió Lucile-. Es un misterio. Ya sabes que en todas las familias hay una oveja negra. Quizá en las revoluciones ocurra lo mismo.
– He sufrido mucho, Lucile. Me han tenido prisionera. ¿Es que nadie puede comprender eso?
Dios mío, pensó Lucile, no voy a poder quitármela de encima en toda la tarde. Al ver que Théroigne estaba a punto de romper a llorar, se puso de pie y la obligó suavemente a sentarse en la chaise-longue de terciopelo azul.
– Tráenos algo frío y unos dulces, Jeanette -ordenó a la sirvienta. Lucile observó que la joven tenía las manos calientes y húmedas-. ¿Te encuentras mal? -le preguntó-. ¡Pobre Anne, qué te han hecho! -Mientras le aplicaba un pañuelo húmedo en la frente imaginó que era una especie de ángel, de santa, atendiendo a una embustera.
– Ayer traté de hablar con Pétion -dijo Théroigne-, pero fingió no verme. Quiero ofrecer mi apoyo a los hombres de Brissot, pero hacen como que no existo. Pero sí existo.
– Naturalmente -respondió Lucile-. Por supuesto que existes.
Théroigne bajó la cabeza. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas.
– ¿Cuándo nacerá tu hijo? -preguntó.
– Según los médicos, la semana que viene.
– Yo tuve una hija.
– ¿De veras? ¿Cuándo?
– Murió.
– Lo lamento.
– Ahora tendría… no lo recuerdo. Los años pasan volando. Una pierde la noción del tiempo. Murió en la primavera antes de la toma de la Bastilla. No…, falleció en 1788. Apenas la veía. Cuidaba de ella una mujer a quien enviaba dinero todos los meses desde Italia, Inglaterra o donde estuviera. Pero eso no significa que sea dura, Lucile, no quiere decir que no la quisiera. La quería mucho. Era mi hija.
Lucile se sentó de nuevo y apoyó las manos en su abultado vientre. Su rostro denotaba tensión. Había algo en el tono de Théroigne -algo difícil de descifrar- que indicaba que se había inventado esa historia.