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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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– Ahora mismo creo que es leal a sí mismo -dije-, lo que significa que, mientras le sigamos pagando, estará a nuestro servicio. No obstante, tenemos que cuidar de no presionarlo demasiado o de hacerle temer que cualquier cosa que haga perjudicará a alguien por quien siente afecto. Sospecho que, por más dinero que le ofreciéramos, no se avendría a hacer daño a esa persona.

– No, pues claro que no. De otro modo, usted no lo habría reclutado. Si confía en él es debido a sus limitaciones.

– Es usted sabio. -Me reí.

– Y usted, impresionante. Más impresionante de lo que se puede describir con palabras. -Noté que me tomaba la mano-. Joan, han ocurrido tantas cosas… A los dos, claro… No había imaginado nunca que pudiera dejar de lado el dolor que siente por la pérdida de Andrew. Y, sin embargo, es una mujer vibrante, vivaz, y yo sería un hombre raro si no me impresionara su coraje y liderazgo… Y, sí, su belleza.

Resistí el impulso de retirar la mano. No podía ofenderlo, avergonzarlo. También tenía que ser sincera y decirle que sus atenciones no carecían de atractivo. Skye era mayor que yo, pero se trataba de una persona encantadora, culta y atenta, y nunca se encrespaba con mi liderazgo. Andrew, a pesar de lo muchísimo que lo amaba, me trataba con una mezcla de admiración y tolerancia. Me admiraba y me seguía la corriente. Aunque me dolía admitirlo, Skye me comprendía mejor, en muchos aspectos, de lo que lo había hecho mi marido.

No me imaginaba, sin embargo, entregando el corazón a otro hombre. Cuando Andrew fue asesinado, me arrebataron algo y no quería que la armadura que me había creado quedase perforada. Y había más. No sabía lo que ocurriría, pero yo tenía que vivir sin ataduras. La gente que me rodeaba había transgredido todas las normas de la decencia humana a fin de denigrarme y a mí no me frenaría ninguna norma a la hora de desquitarme. Ni la lealtad, ni el afecto, ni el amor me impedirían hacer lo que debía. Y, por encima de todo, yo no lo quería porque no lo amaba de la manera que él me amaba a mí o creía que lo hacía. Yo deseaba su amistad, su lealtad y su afecto, pero no buscaba nada más.

– Ya sabe que no puede ser -le dije-. Usted está en mi corazón y yo en el suyo, pero no podemos llegar más lejos. Nos quedan demasiadas cosas por delante.

Me soltó la mano y, tras debatirse unos instantes por recuperar el control, preguntó:

– Y la venganza, ¿nos traerá felicidad?

– Es demasiado tarde para la felicidad. -Solté una seca carcajada-. La venganza no nos la traerá. Si he de ser sincera, creo que ni siquiera nos dará satisfacción. ¿Cómo iba a dárnosla? La venganza es la más vacía de todas las empresas, ¿no le parece? Días y semanas, años tal vez, para planearla y ejecutarla y luego, una vez llevada a cabo, ¿qué queda? Se prepara y se realiza con la misma meticulosidad que un artista crea su obra, pero no queda ninguna pintura o escultura o poema que den fe de ese trabajo. Solo deja la sensación y esta siempre será vacía.

– Entonces, ¿por qué lo hace? -preguntó-. ¿Es solo por el dinero que esperaba ganar?

– El dinero me gustaría -respondí-, pero no me motiva. Lo hago por la misma razón que usted, porque es mi deber. Después de haberlo tramado, de haber comprendido que puede hacerse y que debe hacerse, no llevarlo a cabo me destruiría.

– Pero llevarlo a cabo tal vez nos destruya a todos.

– Sí, es posible, pero es una clase de destrucción que puedo aceptar.

Descorrí un poco la polvorienta cortina del coche y lo vi salir de su casita. Si lo hubiera hecho unos minutos antes, me habría ahorrado aquella conversación con Skye, pero supongo que estuvo bien terminar con ella. Yo había rechazado a Skye, pero no lo había herido. Aquello lo tendría complacido durante un tiempo.

Por la ventana vi al hombre que se acercaba al carruaje con una fría determinación. Era un hombre que demostraba un dominio absoluto de sí mismo aunque tal vez experimentase unas emociones violentas. Sin embargo, su paso era tranquilo, como si yo estuviese allí para tener una cita que él esperaba con placer o, al menos, con satisfacción. Abrió la portezuela del coche y encogió su enorme cuerpo para montar en él. Nos saludó con la cabeza y se sentó enfrente de nosotros. Era un hombre atractivo con unos buenos dientes, tranquilo y de unos modales perfectos. En una nación nueva llena de hombres duros y maneras bastas, me resultaba irónico que en él encontrara a un caballero tan completo.

– Otro socio -comentó, mirando a Skye.

– Está conmigo -dije-, pero me abstendré de presentarlo. Prefiero evitar nombres, siempre que sea posible.

– Estoy seguro de que lo que dice es sensato -esperó unos instantes y luego añadió-: Supongo que era inevitable que viniera por mí.

– Te pagamos, y muy bien por cierto -repliqué.

– Y no me quejo, aunque había albergado la esperanza de que siguieran pagándome bien a cambio de no hacer nada.

– Debo decir que yo esperaba lo mismo, pero las cosas cambian -murmuré.

– ¿Y qué es lo que quiere de mí? -preguntó tras respirar hondo.

– Quiero informes regulares -respondí-. Que me los envíe todos los días. Quiero averiguar qué se trae Saunders entre manos, qué sabe y qué cree que sabe.

– No me gusta mucho -dijo.

– Tendrías que haberlo pensado antes.

– ¿Y si decido desafiarla? -inquirió.

– Eso no sería lo más prudente -terció Skye, inclinándose hacia delante.

Miré al hombre y sacudí la cabeza con un gesto coqueto y maternal a la vez.

– Es demasiado tarde para eso, ¿no crees? -pregunté-. Eres un hombre que cree en el valor de la palabra dada. ¿No es por eso que estás aquí? El capitán Saunders no lo hizo. Prometió emanciparte y no lo ha hecho. No merece tu lealtad.

– No -respondió entonces el esclavo llamado Leónidas-. No la merece. Y, sin embargo, me resulta tremendamente difícil separarme de él.

– Ya sabes quiénes somos -dije-, y sabes lo que hemos prometido. Nuestros enemigos son los mismos que los suyos, lo que ocurre es que no lo sabe. Y si lo engañamos es solo para incitarlo a actuar como lo haría si lo supiese todo.

– Haré lo que me pide -asintió-, pero si me parece que le harán daño, dejaré de ayudarlos. Si ese fuera el caso, se lo contaré todo a él y me convertiré en enemigo de ustedes.

– Eres más leal de lo que él merece, pero creo que descubrirás que nosotros también lo merecemos. Cuando todo termine, lo verás. Nos reconciliaremos.

Leónidas asintió de nuevo. Y sin pronunciar una palabra más, se apeó del carruaje.

Aparté la cortina y me cercioré de que volvía a su casa, porque quería estar segura de que no nos seguía. Skye me observó a mí y supongo que por eso no vimos al hombre que se acercaba por el otro lado del carruaje. Abrió la puerta y montó, ocupando el asiento de Leónidas antes de que quisiéramos darnos cuenta.

Reconocí el aroma casi antes que la cara y, en un instante, pensé en lo irónico que resultaba que, clasificando sus olores, estos fuesen casi los mismos que los de Skye: tabaco, whisky y pieles de animales. No obstante, había algo más. Aquel hombre olía a sudor rancio, a ropa que llevaba tiempo sin mudarse, a orina y a citas de callejón. Despedía el olor metálico de la sangre y la esencia indescriptible pero instantáneamente inconfundible de la amenaza.

Aunque estaba oscuro, distinguí la ancha cicatriz que le cruzaba la cara.

– Vaya, pero si son Joan Maycott y John Skye -dijo Reynolds-. Espero no interrumpir nada demasiado íntimo o importante. He oído hablar de usted, Skye.

– ¿Cómo nos ha encontrado? -preguntó mi amigo, alzando la voz de miedo y nerviosismo. A diferencia de mí, no había aprendido a disimular sus emociones. Cuando uno tiene que mantener el poder y la autoridad, no puede permitir que los sentimientos lo traicionen.

– Llevo tiempo siguiendo a esta dama amiga suya para descubrir qué se trae entre manos. No ha sido fácil y, si he de serle sincero, todavía ignoro qué están tramando. No he podido acercarme al coche lo suficiente y no he oído bien lo que decían.

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