La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Gradualmente todos los miembros de la casa empezaron a evitar la escalera que conducía a la buhardilla e incluso el corredor que conducía a la escalera por miedo a hablar de ello, y poco a poco la leyenda se iba olvidando. De repente se le había ocurrido a Cassy aprovecharse del nerviosismo supersticioso que tanto afectaba a Legree para conseguir su propia liberación y la de su compañera de fatigas.
El dormitorio de Cassy estaba justo debajo de la buhardilla. Un día, sin consultar a Legree, comenzó de forma ostentosa a cambiar todos los muebles y enseres de su habitación a otra bastante alejada. Los criados subalternos, a los que llamó para llevar a cabo la mudanza, estaban correteando y trajinando con gran celo y confusión cuando Legree volvió de cabalgar.
– ¡Eh, Cass! -dijo Legree-. ¿Qué bicho te ha picado ahora?
– Nada; sólo quiero tener otra habitación -dijo Cassy con terquedad.
– ¿Y por qué, si puede saberse? -preguntó Legree.
– Porque quiero -dijo Cassy.
– Pues vaya, y ¿para qué?
– Me gustaría poder dormir de vez en cuando.
– ¡Dormir! ¿Y qué te lo impide?
– Supongo que te lo podría contar si quisieras saberlo -dijo Cassy secamente.
– ¡Habla claro, zorra! -dijo Legree.
– ¡Oh, nada! A ti no te quitaría el sueño, supongo. ¡Sólo gemidos y gente forcejeando y rodando por el suelo de la buhardilla la mitad de la noche, desde las doce hasta el amanecer!
– ¡Gente arriba en la buhardilla! -dijo Legree, soltando una risotada forzada, a pesar de su nerviosismo-. ¿Y quienes son, Cassy?
Cassy levantó sus agudos ojos negros y miró a Legree a la cara, con una expresión que le llegó hasta la médula, mientras dijo:
– Realmente, Simon, ¿quiénes son? Me gustaría que me lo dijeras tú a mí. ¡Tú no lo sabes, supongo!
Con un juramento, Legree hizo ademán de golpearla con su fusta, pero ella se deslizó hacia un lado y salió por la puerta, donde, volviéndose, dijo:
– Si quieres dormir en esa habitación, te enterarás. ¡A lo mejor deberías probarlo! -y cerró inmediatamente la puerta y giró la llave.
Legree despotricó y juró y amenazó con tirar la puerta abajo; pero parece que se lo pensó mejor y se marchó inquieto al salón. Cassy se dio cuenta de que su dardo había dado en el blanco y, a partir de ese momento, con una habilidad exquisita, no dejó de atormentarle con la serie de insinuaciones que había dejado caer.
En el agujero que había en una madera de la buhardilla, introdujo el cuello de una vieja botella de forma que, cuando soplaba el viento más ligero, producía unos gemidos lo más lúgubres y tristes imaginables, que, con un viento más fuerte, aumentaban hasta convertirse en unos perfectos aullidos, que, para un oído crédulo y supersticioso, bien podrían parecer chillidos de horror y desesperación.
Estos sonidos llegaban de vez en cuando a oídos de los criados y sirvieron para reavivar con toda su fuerza el recuerdo de la vieja leyenda del fantasma. La casa pareció llenarse de un espanto tétrico y supersticioso; y aunque nadie se atrevió a decírselo a Legree, él se vio envuelto en su atmósfera.
No hay nadie más supersticioso que un hombre ateo. El cristiano se consuela con su creencia en un Padre sabio y todopoderoso, cuya presencia llena de luz y orden el vacío de lo desconocido; pero para el hombre que ha destronado a Dios, los dominios de los espíritus son realmente, en palabras del poeta hebreo, «unas tierras de tinieblas y la sombra de la muerte», sin orden, donde la luz es oscuridad. La vida y la muerte son para él zonas fantasmales, frecuentadas por figuras espectrales de tenebroso espanto.
Los dormidos elementos morales de Legree despertaron durante sus enfrentamientos con Tom; despertaron, pero fueron combatidos por la fuerza definitiva del mal; sin embargo, cada palabra, plegaria o himno producía aún un escalofrío y una conmoción en el oscuro mundo interior, que reaccionaba con un pavor supersticioso.
La influencia que ejercía Cassy sobre él era de un tipo extraño y singular. Él era su dueño, su tirano y su torturador. Ella estaba, como él bien sabía, absolutamente y sin remedio o ayuda posible, en sus manos; sin embargo, ocurre que el hombre más brutal no puede vivir en estrecho contacto con una fuerte personalidad femenina sin que lo influya en gran medida. Al principio de haberla comprado, ella era, como ha relatado, una mujer refinada; después, él la aplastó sin escrúpulos bajo la bota de su brutalidad. Pero a medida que el tiempo, las influencias degradantes y la desesperación iban endureciendo dentro de ella su feminidad y despertando los fuegos de pasiones más salvajes, se había convertido, de alguna manera, en dueña de él, por lo que pasaba de tiranizarla a temerla alternativamente.
Esta influencia era más persistente y vejatoria desde que la locura incipiente prestaba un matiz extraño, siniestro e inquietante a sus palabras y su lenguaje.
Una noche o dos después de esta escena, Legree estaba sentado en el viejo salón junto a un fuego débil que llenaba la habitación de imágenes vacilantes. Era una noche tormentosa y de mucho viento, una noche de las que arrancan multitudes de ruidos indescriptibles en viejas casas destartaladas. Las ventanas matraqueaban, las persianas golpeaban, el viento silbaba, retumbaba y rugía por la chimenea, levantando una nube de humo y cenizas de vez en cuando, como si lo siguieran legiones de espíritus. Legree llevaba varias horas haciendo las cuentas y leyendo los periódicos mientras Cassy estaba sentada en un rincón, mirando malhumorada el fuego. Legree dejó el periódico y, viendo un viejo libro en la mesa, que Cassy había estado leyendo a primera hora de la tarde, lo cogió y comenzó a hojearlo. Era una colección burdamente editada e ilustrada de relatos de sangrientos asesinatos, leyendas fantasmales y apariciones sobrenaturales, de las que ejercen una extraña fascinación sobre el que comienza a leerlas.
Legree hizo algunos comentarios despreciativos pero empezó a leer, pasando una hoja tras otra, hasta que finalmente, después de haber leído un rato, tiró el libro con un juramento.
– Tú no creerás en los fantasmas, ¿verdad, Cass? -dijo, cogiendo las tenazas para ajustar el fuego-. Creía que eras demasiado sensata para dejar que te inquietaran los ruidos.
– No importa lo que yo crea -dijo Cassy hoscamente.
– Los compañeros intentaban asustarme con sus historias cuando estaba embarcado -dijo Legree-. Nunca han podido conmigo en ese sentido. Soy demasiado duro para esas tonterías, puedes creértelo.