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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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El éxito fue apoteósico. El rostro de Gracia Andújar, Virgen Adolescente, arrancada de una tela de Boticelli, no se borraría ya de los asistentes. Sobre todo Pablito, el hijo del Gobernador, quedó embobado. Tampoco el Pilatos que hizo Manolo se olvidaría; ni el San José, ¡eficaz gestión de la ambiciosa Adela!, que hizo Marcos… La colocación de los personajes en la escena era impecable. El señor obispo, presidente nato del espectáculo, daba con la cabeza intermitentes muestras de aprobación.

Uno de los pasajes más brillantes fue precisamente el del joven rico, el de Jorge de Batlle, propietario de bosques y masías. "Maestro bueno, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna?". Jorge de Batlle lanzó la pregunta con altanería, como era preciso; pero luego, al recibir la respuesta de Jesús: "Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres…", desapareció por el foro con un aire de humildad que impresionó al teatro entero.

Y con todo, el máximo triunfador de la velada fue el padre Forteza… Colocóse, además de la túnica, blanca y larga hasta los pies, una peluca, bigote y barba. Pero era inconfundible. Sus ojos eran inconfundibles, pese a que miraban de modo transfigurado. Hizo un Jesús impar. Identificóse de tal modo con su misión que los demás actores, y el teatro en pleno, se contagiaron de su verdad interior y se le rindieron. El padre Forteza fue, al compás de los retablos del texto, suave, digno, inflexible, poderoso, suave otra vez…

"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados".

"Yo os digo más. Cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón".

"No queráis amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orín y la polilla los comen".

"Las raposas tienen madriguera, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene sobre qué reclinar la cabeza".

"Me causan compasión estas turbas, porque tres días hace que permanecen ya en mi compañía, y no tienen qué comer".

"En verdad os digo que uno de vosotros me hará traición".

"Padre mío, si no puede pasar esta cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad".

"En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso". Terminada la escena del Calvario, el telón bajó… Entonces los aplausos se multiplicaron. No cesaban. El telón subió y bajó de nuevo. Por fin los actores avanzaron hasta el proscenio, cogidos de la mano, mientras iban despojándose de sus estrafalarios gorros y de los postizos que los desfiguraban.

Luego aparecieron también Agustín Lago, con su manga flotante, Mateo y mosén Alberto, El único que faltó a la cita fue el padre Forteza; el padre Forteza se escabulló por una puerta casi invisible y se dirigió, corriendo a buen ritmo, por la plaza Municipal y la calle de Albareda, a su convento, a su celda. Claro, él era Jesús. Es decir, acababa de morir -perdonando- y tardaría tres días en resucitar. ¿Cómo podía salir al proscenio?

El padre Forteza, al encontrarse solo en su celda, se quitó la peluca, la barba y el bigote, y se arrodilló en el reclinatorio. El Crucifijo, el Cristo de verdad, estaba delante de él. Lo miró. El jesuíta quería soltar una de sus clásicas carcajadas… pero no pudo. Rompió a llorar. Sin saber por qué, se sintió a un tiempo desesperado y dichoso.

* * *

Al día siguiente, Sábado de Gloria; al otro, Domingo de Pascua, Las campanas voltearon, flotaron al aire las banderas, en los pasillos del Gobierno Civil desaparecieron los cuadros religiosos y el conserje colgó de nuevo las fotografías de paisajes costeros.

La Delegación de Abastecimientos otorgó un suministro extraordinario para que las mesas se alegraran; el rancho en los cuarteles fue también abundante; hubo partido de fútbol, de campeonato, que el Gerona Club de Fútbol, gracias a los gritos de Eloy, ganó por tres tantos a uno; excepcionalmente fueron suprimidos los salvoconductos, excepto para dirigirse a la zona fronteriza.

Alegría: Cristo había resucitado. La gente se fue a los pueblos a visitar a los familiares. Las ermitas cercanas recibieron a multitud de excursionistas y la belleza de la comarca, aquella belleza que el pequeño Manuel descubriera cuando la visita a San Antonio de Calonge, reapareció de sopetón -a semejanza del Jesús redivivo ante las mujeres de Galilea- y se ofreció a buenos y malos, infundiéndoles gozo y confianza.

Pascua de Resurrección. Varios reclusos fueron liberados por gracia del Gobernador. Se presentía la primavera. El general Sánchez Bravo y el Gobernador empezaron a ocuparse del desfile que había de tener lugar pocos días después, el 1° de abril, primer aniversario de la Victoria.

TERCERA PARTE

Del 1 de abril de 1940 al 30 de mareo de 1941

CAPÍTULO XXXIII

El día 1 de abril tuvo lugar efectivamente el desfile del primer aniversario de la Victoria. Pasaron cañones, un par de tanques, ametralladoras y tropas por la Rambla, por el mismo lugar donde días antes había pasado el solemne Vía crucis. En la tribuna de honor, las autoridades de siempre, con el Gobernador vistiendo el uniforme del Ejército. Los altavoces que habían servido para transmitir las evocaciones religiosas del Vía crucis, sirvieron ahora para transmitir los himnos de siempre. El héroe en esa jornada no fue el obispo: la antorcha había pasado a manos del general.

Según Amanecer, fue el día siguiente, 2 de abril, el escogido para inaugurar las obras del que había de llamarse Valle de los Caídos, es decir, "el gigantesco monumento que perpetuaría durante centurias la gesta de los muertos en la Cruzada". El primer barreno había hecho explosión. La crónica, redactada por 'La Voz de Alerta', según datos recibidos de Madrid, explicaba que el lugar donde se edificaría el Valle de los Caídos había sido elegido personalmente por el Caudillo, quien había sobrevolado y recorrido a caballo durante muchos días los parajes del Guadarrama, decidiéndose al fin por el sitio llamado Cuelgamuros, próximo a los arroyos Guatel y Boquerón. La grandiosa Basílica sería horadada en la roca viva y tendría una capacidad para tres mil personas. Sobre ella se levantaría una cruz de ciento veinte metros de altura, la mayor de la Cristiandad, visible a larga distancia. La obra en conjunto sería comparable a la de El Escorial, cuya ejecución había durado veinte años, y la construirían a la par empresas privadas y batallones de "trabajadores".

Con motivo de esas jornadas los periódicos publicaron de nuevo grandes alabanzas al Jefe del Estado. En Gerona, Jaime, repartidor del periódico y librero de ocasión, estaba descontento… Y lo estaba porque continuaba siendo tan catalanista como siempre y he ahí que uno de los homenajes al Caudillo a raíz de aquellas fechas se lo habían rendido los mismísimos frailes de Montserrat. En efecto, el abad mitrado, padre Antonio María Claret, se había trasladado a Madrid acompañado de los monjes para entregar al Caudillo, en el Palacio de Oriente, una riquísima arqueta elaborada en las cárceles rojas y que contenía nada menos que la Cédula de la Hermandad de Nuestra Señora de las Candelas, con la que en otros tiempos se honraron Carlos I y Felipe II. La Cédula había sido impresa en papel del siglo X, cuidadosamente guardado durante centurias por los monjes benedictinos del monasterio, y simbolizaba el retorno de España a su pasado esplendoroso.

Así no iremos a ninguna parte -había comentado Jaime, mientras, en su quiosco de libros, próximo a la fábrica Soler, le entregaba una novela del Oeste a un obrero que cotizaba para el Socorro Rojo y que también, en sus noches de insomnio, escribía versos en catalán.

Inmediatamente después, y coincidiendo con la lujuriosa apoteosis de la primavera, se desencadenaron en el mundo una serie de acontecimientos trascendentales que conmovieron la conciencia universal y que pegaron a los aparatos de radio los oídos de todos los gerundenses.

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