Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
El día 17 de junio se produjo otro acontecimiento extraordinario: Mussolini se unió a Alemania, desdeñando la supuesta presión pacifista del conde Ciano, y declaró la guerra a Inglaterra y Francia. Ello suponía un gran refuerzo para Alemania, el afianzamiento del Eje. Y era inútil que Agustín Lago, y otros muchos como él, estimasen inelegante que el Duce hubiera apuñalado a Francia por la espalda cuando la lucha estaba ya decidida. El hecho era evidente y tenía su importancia. Tenía tanta importancia, que se acercaba a pasos de gigante el remate de la increíble operación: la ocupación de París. Este nombre era tan evocador que las miradas del mundo entero se fijaron en él. ¿Era posible que la máquina alemana no se atascase, no reventase por algún lado antes de apoderarse de la capital francesa? París no era sólo una idea, era un sentimiento. Era algo tan específico, que cualquier intruso se convertía automáticamente en violador. "Ocupar a París -clamaba el notario Noguer- es como ocupar la Acrópolis o toda una civilización". ¿Y si los franceses defendían su ciudad y, confirmando con ello los temores del notario, ésta era destruida?
No hubo tal. Ni la máquina alemana se atascó ni hubo "necesidad" de destruir nada. El 15 de junio las tropas alemanas entraron en París sin apenas encontrar resistencia. La ciudad quedó prácticamente intacta. El Ejército alemán desfiló victorioso desde el Arco del Triunfo por la Avenida del Mariscal Foch y soldados alemanes montaron la guardia en la tumba del soldado desconocido y en los Inválidos ante la de Napoleón.
Dos meses, pues, le habían bastado al Führer para obligar a las grandes democracias a abandonar la lucha en el continente europeo, abandono que adquirió caracteres dantescos en Dunkerque, donde, en un prodigio de colaboración y serenidad, barcos y lanchas británicas de todos los tipos consiguieron reembarcar y poner a salvo un total de trescientos mil combatientes ingleses y aliados, mientras las columnas de humo de los depósitos de aquella zona costera, machacados por los Stukas, se elevaban al cielo.
Ocupado París, el Gobierno francés se trasladó a Burdeos. Inglaterra exigía que Francia continuase la lucha, pero el Gobierno de Burdeos nada podía hacer ya. En consecuencia, y a instancias del mariscal Pétain, el armisticio fue firmado, valiéndose precisamente, para los trámites necesarios, de las autoridades españolas. Por cierto que, al leer las condiciones de dicho armisticio, el general Sánchez Bravo se quedó una vez más mudo de asombro. "¿Cómo es posible? -les dijo a sus ayudantes-. El Führer deja libre una parte del Sur de Francia; no ocupa tampoco las posesiones francesas de África del Norte; no exige la entrega total de la flota. ¿A qué viene esa generosidad? Palabra que no lo entiendo".
No parecía que al pronto la objeción del general tuviera la menor importancia. El hecho estaba consumado, y a partir de ese momento los augurios parecían confirmarse: el próximo objetivo sería Inglaterra, donde se habían sacado incluso los cañones de los Museos. Ya no le quedaba a Alemania enemigo a la espalda. Toda su fuerza se concentraría en las costas atlánticas, mirando hacia Londres, hacia Oxford… Las palabras del Gobernador cobraban actualidad: "¿Qué podía hacer Churchill contra aquel infierno desatado?". Marta declaró: "No es probable que Inglaterra se convierta en un nuevo Alcázar de Toledo".
Las repercusiones de aquel vuelco desencadenado por la Alemania nacionalúltimamentesocialista y por la fascista Italia fueron de todos los calibres. Millares de franceses, de belgas y muchos personajes de otros países no tuvieron más remedio -paradojas históricas- que refugiarse en España, entrando por Irún ¡y por la frontera gerundense! El coronel Triguero, pues, tuvo que ampliar inesperadamente la plantilla de personal de su oficina de Figueras -Ignacio se había salvado de ello por los pelos- y, en espera de las órdenes del Gobernador, no sabía "si debía tratar a estos refugiados como caballeros" o si "debía esposarlos y encarcelarlos". Entre las personas entradas en España figuraban el duque de Luxemburgo, varios miembros de la familia Rotschild, el maharajá de Nepala… La intención de dichos personajes era dirigirse a Portugal o bien a África del Norte, y el Gobierno español se avino a ello en muchos casos. Respecto a los otros fugitivos, los de categoría inferior, se previo su internamiento en campos de concentración, que se abrirían -¡ah, el problema del abastecimiento se intensificaría inesperadamente!- en Miranda de Ebro y otros lugares.
Otro de los aspectos dramáticos de todo aquello era el problema que se les presentó a los exiliados españoles residentes en Francia. Se produjo entre ellos el mayor desconcierto. Temían que los alemanes los fusilaran o los entregaran a las autoridades españolas, y muchos de ellos buscaron refugio en Embajadas. Otros, como Antonio Casal, el ex jefe socialista gerundense hartos de tanta fuga, se presentaron voluntariamente a las fuerzas alemanas; pero en su mayoría, después de intentar inútilmente embarcar en Burdeos con destino a Inglaterra o América, hallaron la salvación instalándose en la zona francesa "no ocupada". Ése fue el caso de Gorki y de José Alvear, quienes, pasado el gran susto, se instalaron más o menos cómodamente en Perpiñán, aunque siempre con el temor de que una fulminante orden alemana los situara en la frontera española, donde los esperarían ¡otra vez! los capitanes Arias y Sandoval, así como numerosos guardias civiles.
En el mundo, por tanto, estupor creciente; en Inglaterra, perspectivas de sangre y lágrimas; en España, buenas dosis de entusiasmo "vengativo". Sí, aquel "¡ahora les toca a ellos!", pronunciado por tanta gente cuando el rompimiento de las hostilidades a raíz de la guerra con Polonia, fue repetido hasta la saciedad. La humillación de las democracias, y sobre todo del Frente Popular francés, colmaba de íntimo consuelo a cuantas personas habían sufrido su incomprensión durante la guerra española. Por si fuera poco, el papel histórico de la nueva España adquiría con todo ello inusitado relieve, pues los vencedores eran precisamente las denigradas fuerzas del Eje, las que habían ayudado a la España "nacional". Este hecho sobrepasaba las esperanzas de cualquiera, y entre los militantes con camisa azul se hacían toda suerte de vaticinios. "Nos ha llegado el turno -dijo el camarada Rosselló-. El Marruecos francés será nuestro.". Mateo más bien confiaba en mordisquear un pedazo de Argelia… Por lo pronto, y al margen de las palabras, ocurrieron dos sucesos sintomáticos y halagadores: Franco, por medio de fuerzas jalifianas ocupó a Tánger, "para asegurar la neutralidad y garantizar el orden", al tiempo que "estudiaba un proyecto internacional para limitar el teatro de la guerra".
No faltaban personas ecuánimes que, prescindiendo de las ventajas que todo aquello pudiera reportar a España, vivían con profundo dolor el drama de la nueva contienda. Matías Alvear era una de ellas. Estaba desolado y cada telegrama que recibía en la oficina significaba para él una sangrante herida. ¿Cómo era posible que a alguien le gustase hablar de bombas, de combates navales, de "la fuerza aniquiladora de los Stwfcas"? ¿Cómo era posible que su propia hija, mientras bordaba su ajuar para la boda, repitiera una y otra vez: "¡Así aprenderán!"? ¿Y qué culpa tenía la población inglesa de lo que pudiera ocurrir? ¿Y los prisioneros? ¿Y los holandeses muertos? ¿Y los belgas? ¿Y los propios alemanes caídos en la batalla?
También el gallego y aprensivo Marcos se tomó todo aquello a la tremenda. En su oficina de Telégrafos declaró: "Estoy harto de guerra. A no ser por mi querida Adela, solicitaría una plaza de torrero en cualquier faro, lo más solitario y aislado posible".