Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Corréis el peligro de echar a perder uno y otro algo que podía ser muy hermoso. Ignacio te necesita, Marta… Le ocurre algo, no sé exactamente qué. ¡Bueno, sí lo sé! Piensa demasiado… Se le están derrumbando creencias que hasta ahora lo sostenían. Y tú debes ser su apoyo. Eres la única persona que puede influir en él, si obras con tacto y con cariño. Sobre todo esto último, Marta, es primordial. El cariño es la única arma contra la que Ignacio no puede luchar…
Marta asintió. ¡Estaba todo tan claro! Pero era tonta de capirote. Amaba a Ignacio con todo su corazón, pero fallaba lastimosamente en los pequeños detalles. Aunque era preciso reconocer que el chico no era nada fácil. En cuanto a ayudarlo en eso que se le estaba derrumbando, el problema era serio. "No creo que a base de cariño logre convencerlo de que el maná fue un alimento bajado del cielo y que el Papa es infalible".
– Además -continuó Marta-, los hombres son como son. Tú has tenido una suerte inmensa con Mateo; a veces me pregunto si no lo habrás hipnotizado. Pero fíjate en José Luis. ¿Hubieras imaginado nunca que, teniendo a María Victoria, perdiera los sesos por tu prima?
Pilar, al oír esto, olvidó el resto y puso una cara al borde del colapso.
– ¿Qué estás diciendo?
– Lo que oyes… Está loco por ella. No se atreve a acompañarla… porque no, claro. Y además porque la chica sale con ese futbolista, con Pachín. Pero no exageraré si te digo que nunca mi hermano había gastado tanto masaje y tanta agua de colonia como desde que Paz está en el mostrador de Perfumería Diana.
Pilar estaba tan irritada, que no acertaba a hablar. ¡José Luis! ¡Vieja guardia de Falange, oficial del Ejército, hermano de Marta!
– Pero ¿qué tendrá esa mujer, Marta, qué tendrá?
Marta se acarició el flequillo, que tanto gustaba a Ignacio.
– Que es muy guapa, Pilar… No les des más vueltas. Y los hombres, ya sabes, son así.
CAPÍTULO XXXII
La Cuaresma había llegado. Cuarenta días de penitencia, en recuerdo de los cuarenta días que Jesús permaneció en el desierto haciendo oración. El doctor Gregorio Lascasas se preparó a conciencia para vivirla con todo rigor y para hacerla vivir a sus fieles. No podía olvidar las palabras de Jesús: "Apacienta a tus ovejas". Y aquellas otras: "…yo iré delante de vosotros por los caminos de Galilea".
El doctor Gregorio Lascasas debía ir delante. Se preparó por medio del ayuno y de la meditación. A lo largo de dos semanas se sometió a un régimen severísimo, renunciando a todo aquello que complaciera a su paladar, y meditó especialmente los pasajes evangélicos en torno a la destrucción de Jerusalén por culpa del pecado y en torno a la negación de Pedro: "Y yo os aseguro con toda verdad que esta misma noche, antes que cante el gallo, me has de negar tres veces".
El doctor Gregorio Lascasas redactó para Gerona y provincia un programa tan perfecto y concreto como el de Marta en la Sección Femenina. Tratábase de crear un clima; y habían de crearlo, con ayuda de las autoridades, los sacerdotes. En las instrucciones que envió a éstos les recomendaba con insistencia que en sus pláticas a los fieles tuvieran en cuenta los conceptos que habían constituido el meollo de su personal e introversa reflexión: Jerusalén seria destruida; y el que se creyera santo, negaría a Jesús.
Todo quedó listo, pues, para que aquellos cuarenta días fueran por partida doble una manifestación de fe y una manifestación de temor. El Carnaval, "costumbre pagana", había sido efectivamente prohibido en España. En Gerona se celebrarían por doquier ejercicios espirituales: en las iglesias, para hombres y para mujeres; en los cuarteles, para los soldados; en la Biblioteca Provincial, para los maestros de escuela… Al efecto llegarían treinta predicadores a la ciudad, y en todas las calles y suburbios se instalarían altavoces para que la voz de Dios fuera oída por los transeúntes. En los bares y cafés quedarían prohibidas las radios y se aconsejaría a todo el mundo que, sin abandonar sus actividades, se comportaran con modestia y discreción. Eloy, la mascota del Gerona Club de Fútbol, pasó un gran susto porque temió que se suspendieran los partidos, pero su temor resultó injustificado. La Andaluza exclamó: "¡Estoy viendo que me obligarán a cerrar!". Tampoco. Aunque sus pupilas se pasarían muchas horas con la baraja en las manos, haciendo solitarios… En resumen, el obispo dominó la situación, pasando el general, voluntariamente, a segundo término.
La Cuaresma se inició con la imposición de la ceniza en las frentes de los fieles. La ceremonia tuvo lugar el miércoles y simbolizaba que el hombre procedía del polvo y que polvo volvería a ser. La mitad lo menos de las frentes de Gerona quedaron marcadas con una cruz de color grisáceo, que era como el tatuaje de la humildad. Hubo quien se negó a someterse al rito; entre éstos, el anestesista Carreras.
Pronto se vio que las instrucciones emanadas del palacio episcopal eran cumplidas al pie de la letra. Las iglesias se llenaron a rebosar. El tono de las pláticas concordaba mejor con el Sermón Escatológico que con el Cantar de los Cantares. Los vocablos más usados eran "justicia", "omnipotencia", "pecado mortal", "juicio", "muerte" y, por supuesto, "infierno". Eran relatos mucho más tétricos que los que Alfonso Estrada improvisaba en la Delegación de Abastecimientos hablando con Pilar.
Tales relatos intentaban convencer a todos los asistentes de que eran reos de prevaricación. El argumento era obvio: "Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra". ¿Podía alguien ufanarse, en el claustro de la conciencia, de no haber hecho sangrar, un día u otro, con una punzante espina, la frente de Jesús?
El contagio colectivo se operó con sorprendente facilidad. Y a tenor de este contagio se produjeron en la ciudad dos acontecimientos importantes. Uno de ellos, el Vía crucis general por las calles de la ciudad; el otro, el que tuvo lugar en el patio de la cárcel.
El primero lo presidió el señor obispo en persona, y los múltiples altavoces, muchos de ellos ocultos entre los árboles, contribuyeron a realzar su patetismo. Calculábanse en unas cinco mil personas las que tomaron parte en aquel acto de expiación, presidido por el general Sánchez Bravo, por el Gobernador y por 'La Voz de Alerta', los cuales, al término de cada estación, eran los primeros en hincar la rodilla.
Las gentes que presenciaban desde los balcones el paso de la comitiva estaban, por lo común, sobrecogidas. Carmen Elgazu, que debido a su convalecencia era una de ellas, iba rezando los misterios de gozo, lo que Ignacio estimó una incongruencia. Por su parte, Manolo y Esther, que habían invitado al doctor Chaos porque su causticidad les divertía, estaban tan bien situados en su balcón al final de la Rambla, que la perspectiva que se les ofreció era incomparable.
Esther, ante aquel alud humano, comentó:
– Qué fácil es, en las ciudades pequeñas, crear un clima de este tipo… Al obispo le basta con apretar un botón, y ya está.
Esther era muy creyente -probablemente, mucho más que el general-, pero aquella aparatosidad la sacaba de quicio.
Manolo comentó a su vez:
– Lo malo que tiene Gerona es eso. Prefiere lo fúnebre a lo triste. A mí me gustan los cantos espirituales de los negros; pero los gerundenses se inclinan por el 'Dies irae'.
El doctor Chaos había conseguido, como siempre, que Goering, su hermoso perro, se quedase quieto a sus pies.
– Todo esto es malsano -juzgó el doctor-. E invita a la hipocresía. Fijaos en esos soldados que marcan el paso a ambos lados de la cruz. ¿Se sienten, de verdad, "reos de prevaricación"?
Están esperando llegar al cuartel para contar chistes verdes, como esos que le gustan a doña Cecilia… Y en cuanto a las personas que sollozan sinceramente, peor aún. Se llenan de complejos de culpabilidad. Para no hablar de los críos. La religión, puesto que tanta gente la necesita aún, debería quedarse en los templos, como sucede en otros países, pero no invadir como aquí las calles y las terrazas de los cafés.