Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
El primero de dichos acontecimientos fue el cese de las hostilidades entre Finlandia y Rusia. Firmóse en Moscú el acuerdo preliminar. Probablemente ello debió de coincidir con haberse agotado la cera y el vino que España había enviado en su día a los católicos finlandeses.
Según dicho tratado de paz, Finlandia consentía en ceder a Rusia el istmo de Carelia -la mayoría de cuyos habitantes optaron por trasladarse a Helsinki- y una base militar en la península de Hango. En Moscú, la mujer de Cosme Vila, que jamás había comprendido la agresión rusa al pacífico país vecino, le dijo al ex jefe comunista gerundense: "No entiendo que Rusia no haya sido capaz de conquistar Finlandia. Esto es una derrota ¿no?".
El segundo acontecimiento -10 de abril- fue la fulminante ocupación de Dinamarca y Noruega por parte del ejército alemán. Operación tan sorprendente que justificaba las palabras de Goebbels a los periodistas: "Nadie conoce de antemano los proyectos del Führer". Dinamarca aceptó la situación, se rindió sin condiciones; Noruega, en cambio, ayudada por un cuerpo expedicionario franco-británico que desembarcó en Narvik, opuso una débil e inútil resistencia y sus reyes, puesto que Oslo había sido ocupado, se trasladaron a Hamar. En su discurso oficial; Hitler alegó que con su decisión quería evitar el "manifiesto propósito de Inglaterra y Francia de bloquear el suministro a Alemania de materias primas". Pero en Gerona, los estrategas aficionados, que brotaron como setas, opinaron que lo que el Führer pretendía era iniciar por el Norte el cerco de Inglaterra, lo que a buen seguro constituía su obsesión.
Un mes después -11 de mayo- prodújose el tercer acontecimiento, éste de importancia mucho mayor: fulminante ocupación, por parte de Alemania, de Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Esta vez la guerra, "el pecado mortal de los hombres", según frase de mosén Alberto, penetraba en el corazón de Europa. La importancia del hecho quedaba subrayada por las propias palabras del Führer: "La lucha que he empezado decidirá el futuro de Alemania para los próximos mil años". El estupor se apoderó del mundo entero, pues no había existido provocación. La respuesta de las democracias aliadas fue, en opinión del Gobernador de Gerona, muy débiclass="underline" Churchill sustituyó a Chamberlain en la presidencia del Gobierno inglés. "¿Qué va a hacer Churchill? Cuenta ya sesenta y cinco años. No puede ser el mismo que cuando la guerra 1914-1918". Además, desde el punto de vista bélico, Inglaterra no estaba preparada en absoluto, como el propio Churchill reconoció en la alocución que dirigió a su pueblo. Por otra parte, si bien Suiza decretó prudentemente la movilización general, no podía sino tirar piedras desde las montañas… En cambio, los Estados Unidos -y éstos sí que constituían una fuerza- se declararon neutrales.
Los comentarios más dispares estaban a la orden del día. En España todo el mundo recordaba la disciplina y eficiencia de las fuerzas y de los técnicos alemanes -Mateo se acordaba mucho del comandante Plabb- que habían intervenido en la guerra civil. 'La Voz de Alerta', en su sección "Ventana al mundo", se adhirió sentimentalmente a la actitud del joven rey Leopoldo, quien se puso al frente de las tropas belgas que intentaban resistir, y alabó la actitud de la reina Guillermina, de Holanda, la cual, dirigiéndose a sus súbditos dijo: "Que cada uno: cumpla con su deber; yo cumpliré con el mío".
Ahora bien ¿cómo contener el alud? Éste era el comentario del general Sánchez Bravo. Cierto que los ingenieros holandeses inundaron parte del territorio, apretando el famoso botón preparado al efecto. Cierto que tropas francesas se dirigieron cansinamente hacia el Norte y que Inglaterra envió al continente otro cuerpo expedicionario. Pero los bombardeos alemanes eran devastadores, los vehículos motorizados, las Panzer-divisionen, concebidas para actuar independientemente y no, como era tradicional, pegadas a la infantería, avanzaban por doquier, y además se había producido otra innovación que arrancó del general Sánchez Bravo una exclamación admirativa que hirió incluso los oídos de doña Cecilia: Hitler se había apoderado por sorpresa, valiéndose de tropas paracaidistas, de los aeródromos de Amsterdam y La Haya. "¿Se dan ustedes cuenta? -les dijo el general a sus oficiales, reunidos ante el mapa de operaciones-. Ha sido un ardid genial. ¡Ocupar desde el aire la retaguardia enemiga!".
Lo cierto era que la exaltación en favor de Alemania cundía en toda la ciudad y se manifestaba ostentosamente en las tertulias. No podía olvidarse, ni siquiera en aquellas circunstancias, que "las democracias se habían puesto, durante la guerra española, del lado de los rojos". El Gobernador, Mateo, Marta, don Emilio Santos, José Luis Martínez de Soria y gran parte de la población consideraban al Führer como una suerte de encarnación de la omnipotencia terrestre, que iba a aplastar en un santiamén a todos sus enemigos. Por su parte, el doctor Chaos parecía alegre. Su admiración por los medios de investigación alemana no había hecho más que aumentar. "Ahora con la guerra -dijo-, los cirujanos alemanes harán milagros". El doctor Andújar se mostró más cauto. Aparte de que no creía gran cosa en la eficacia de la "cirugía de urgencia" surgida de la guerra, más bien consideraba al Führer como una suerte de poseso, y ordenó a sus ocho hijos que rezaran sin descanso para que la ambición de aquel hombre, que al parecer se guiaba por la astrología y no por Dios, se detuviera algún día. "Si por lo menos respetara a la población civil…", decía. Pero las bombas caídas del cielo no tenían cerebro capaz de elegir, ni tampoco corazón. En cuanto al notario Noguer, no hacía más que repetir: "¡Pobre Francia!". Su máximo temor era que Alemania arrasara, como se arrasa en un momento una vida venerable, "la más bella ciudad del mundo: París".
Julio García por fin se había trasladado, en unión de doña Amparo Campo, a Londres, mientras sus dos íntimos amigos, los periodistas Francis y Bolen, permanecían en el frente belga escribiendo crónicas. Si las autoridades y los germanófilos gerundenses hubiesen oído los comentarios del ex policía, se hubieran reído a mandíbula batiente. En primer lugar, Julio García creía en la descomunal personalidad de Churchill, de quien decía que, pese a sus años, continuaba siendo un "león". En segundo lugar, coincidía con el doctor Andújar en que a la larga ganaría la guerra la potencia que dominara el mar, el cual, a su juicio, pertenecía en su amplitud a la flota aliada. Por último, coincidía con Manolo y Esther en que la fuerza potencial del Imperio británico, la Commonwealth, era incalculable, sobre todo unida a la del Imperio holandés, el tercero del mundo, con ricas y prósperas colonias en el Pacífico, y a la del Imperio belga, con posición predominante en el centro de África.
La tesis de Julio estaba clara y era fruto no sólo de su instinto, tan frecuentemente certero, sino de sus renovados contactos con las logias londinenses. "Los ingleses son lentos -decía-. Si Hitler dispone de una fuerza secreta de desembarco que le permita asaltar por sorpresa las Islas Británicas ahora mismo, ganará la partida. Si, por el contrario, confía en desmoralizar con bombardeos al pueblo inglés, y le da tiempo a Churchill, a poner en marcha su genio organizador, está perdido".
Los argumentos de Julio García no hubieran podido hacer mella en ningún gerundense, puesto que los éxitos de Hitler seguían siendo tantos y tan rápidos que aquello se estaba pareciendo a la batalla de Polonia. El día 29 de mayo el rey Leopoldo de Bélgica, pese a la "Ventana al mundo" de 'La Voz de Alerta', se rindió y se entregó a los alemanes. A su entender, la lucha no tenía sentido. Días después fue franqueada la frontera francesa y las tropas del general Gamelin retrocedieron por todas partes. La famosa Línea Maginot había sido tácticamente ridiculizada. Los prisioneros sumaban tantos y tantos millares, que el Generalísimo del Estado Mayor francés había hecho una patética alocución a sus hombres: "Todas las tropas que no puedan avanzar -había dicho-, deben hacerse matar". Consigna inútil. Soldados y población civil huían hacia el mar, dominados por el confusionismo más completo, debido al pánico y a la infiltración entre sus líneas de alemanes que hablaban inglés y que, vestidos de oficiales británicos, daban órdenes para desorientar a los convoyes.