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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Humm. Sí. Es guapa, ¿verdad?

– ¿Guapa? Ah. ¿Te refieres a Ofelia? No me había dado cuenta.

Cerró el programa y cogió la mano de su mujer. Apoyó los labios sobre su palma.

– Mientes muy mal. -Helen besó su frente y fue hacia la nevera, de la que sacó una botella de Evian. Se apoyó contra la encimera mientras bebía, y le observó con cariño por encima del vaso-. Tienes un aspecto horrible -observó-. ¿Has comido hoy? No, no contestes. Es tu primera comida decente desde el desayuno, ¿verdad?

– ¿Debo contestar o no?

– Da igual. Puedo leerlo en toda tu cara. ¿Por qué será, querido, que puedes olvidarte de comer durante dieciséis horas, mientras yo no consigo alejar la comida de mi mente más de diez minutos?

– Es el contraste entre los corazones puros e impuros.

– Vaya, una nueva teoría sobre la glotonería.

Lynley lanzó una risita. Se acercó a ella y la cogió entre sus brazos. Olía a sidra y a sueño, y su pelo era tan suave como la brisa cuando agachó la cabeza para apretarla contra su mejilla.

– Me alegro de haberte despertado -murmuró, y se relajó en su abrazo, que le proporcionó un tremendo consuelo.

– No estaba dormida.

– ¿No?

– No. Solo lo intentaba, pero temo que no llegué muy lejos.

– No es propio de ti.

– No. Lo sé.

– Algo te preocupa. -La soltó y clavó la vista en ella, al tiempo que le apartaba el pelo de la cara. Sus ojos oscuros se encontraron con los de él, y Lynley los estudió: lo que revelaban y lo que intentaban ocultar-. Cuéntame.

Ella tocó sus labios con los dedos.

– Te quiero -dijo-. Mucho más que cuando me casé contigo. Más aún que la primera vez que me llevaste a la cama.

– Me alegro, pero algo me dice que no es eso lo que tienes en mente.

– No, no es eso lo que tenía en mente, pero es tarde, Tommy. Estás demasiado agotado para conversar. Vamos a la cama.

Lynley ya tenía ganas. Nada le parecía mejor que hundir la cabeza en una blanda almohada y buscar el reposo junto a su mujer, cálida y consoladora. Pero algo en la expresión de Helen le dijo que no sería la medida más adecuada en ese momento. Había ocasiones en que las mujeres decían una cosa cuando querían decir otra, y al parecer esta era una de esas veces.

– Estoy acabado -dijo, medio en serio medio en broma-, pero hoy no hemos hablado mucho y no podré dormir hasta que lo hagamos.

– ¿De veras?

– Ya sabes cómo soy.

Ella escudriñó su rostro y pareció satisfecha con lo que vio.

– No es nada -dijo-. Gimnasia mental, supongo. He estado pensando todo el día en lo que llega a hacer la gente cuando no quiere enfrentarse a algo.

Un escalofrío recorrió a Lynley.

– ¿Qué? -preguntó ella.

– Ha pasado un ángel. ¿A qué viene todo esto?

– El papel.

– ¿Qué papel?

– Para las habitaciones libres. ¿No te acuerdas? Reduje las opciones a seis, lo cual me pareció admirable, teniendo en cuenta lo que me cuesta elegir, y pasé toda la tarde pensando en la mejor alternativa. Clavé las muestras en las paredes. Coloqué los muebles delante de ellas. Colgué cuadros alrededor. Pero no conseguí tomar una decisión.

– ¿Porque estabas pensando en lo otro? -preguntó Lynley-. ¿Eso de que la gente no se enfrenta a lo que es necesario?

– No. Estaba obsesionada con el papel, nada más. Y tomar una decisión al respecto, mejor dicho, descubrir que era incapaz de tomar una decisión se convirtió en una metáfora de mi vida. ¿Me entiendes?

No. Era demasiado complicado. Pero asintió, pensativo, y confió en que eso bastara.

– Tú habrías elegido y santas pascuas. Pero yo no pude hacerlo por más que lo intenté. ¿Por qué?, me pregunté al cabo. La respuesta era muy sencilla: porque soy como soy. Porque me moldearon así. Desde el día de mi nacimiento hasta la mañana de mi boda.

Lynley parpadeó.

– ¿Para qué te moldearon?

– Para ser tu mujer. O la mujer de alguien igual que tú. Éramos cinco, y a cada una de nosotras le fue asignado un papel. En un momento dado, estábamos sanas y salvas en el útero de nuestra madre, y al siguiente estábamos en brazos de nuestro padre, que nos miraba diciendo: «Humm. Esposa de un conde, creo. O no me extrañaría que fuera la siguiente princesa de Gales.» En cuanto supimos el papel que nos había asignado, lo interpretamos. Oh, no estábamos obligadas, por supuesto. Bien sabe Dios que ni Penélope ni Iris bailaron al son de la música que había escrito para ellas. Pero las otras tres, Cybele, Daphne y yo, las tres fuimos como arcilla caliente en sus manos. En cuanto me di cuenta, Tommy, tuve que dar el siguiente paso. Tuve que preguntar por qué.

– Por qué eras arcilla caliente.

– Sí. Por qué. Y cuando hice la pregunta y analicé a fondo la respuesta, ¿cuál crees que fue?

La cabeza le daba vueltas y tenía los ojos irritados a causa de la fatiga.

– Helen -dijo Lynley, con un tono que consideró razonable-, ¿qué tiene que ver esto con el papel de la pared?

A continuación supo que le había fallado de alguna manera.

Ella se liberó de su abrazo.

– Da igual. No es el momento. Lo sé. Ya me doy cuenta de que estás agotado. Vamos a la cama.

Lynley intentó contemporizar.

– No. Quiero saberlo. Admito que estoy cansado, y me he perdido en lo de la arcilla caliente bailarina. Pero quiero hablar. Y escuchar. Y saber… -¿Saber qué?, se preguntó. Lo ignoraba.

Ella frunció el entrecejo, una clara señal de advertencia que él habría debido tener en cuenta.

– ¿Qué? ¿Arcilla caliente bailarina? ¿De qué estás hablando?

– No hablo de nada. He sido un estúpido. Soy un idiota. Olvídalo. Por favor, ven, quiero abrazarte.

– No. Explica lo que querías decir.

– No es nada, Helen. Una tontería.

– Una tontería producto de mi conversación.

Lynley suspiró.

– Lo siento. Tienes razón, estoy acabado. Cuando estoy así digo cosas sin pensar. Dijiste que dos de tus hermanas no bailaron a su son, mientras el resto sí, lo cual te convirtió en arcilla caliente. Me quedé con la copla y me pregunté cómo era posible que la arcilla caliente bailara al son de su música y… Lo siento, ha sido un comentario estúpido. Mi cabeza ya no rige.

– Y yo no pienso para nada. Lo cual, supongo, no debería sorprender a ninguno de los dos. Pero eso es lo que querías, ¿no?

– ¿El qué?

– Una esposa que no pensara.

Lynley se sintió abofeteado.

– Helen, eso no es solo una chorrada, sino un insulto para los dos. -Se acercó a la mesa para llevar el plato y los cubiertos al fregadero. Los enjuagó y contempló cómo el agua se escurría por el desagüe. Suspiró-. Maldita sea. -Se volvió hacia ella-. Lo siento, cariño. No quiero que discutamos.

La expresión de Helen se suavizó.

– No lo estamos haciendo.

Lynley la atrajo hacia sí.

– Entonces, ¿qué? -preguntó.

– Estoy en guerra conmigo misma.

24

Intentar localizar el individuo al que Terry Cole había ido a ver a King-Ryder Productions no había resultado tan fácil como Barbara esperaba después de su conversación con Neil Sitwell, incluso con la lista de empleados en la mano. No solo incluía tres docenas de nombres, sino que la mayoría no se encontraban en casa el sábado por la noche. Al fin y al cabo, eran gente de teatro. Y la gente de teatro, había descubierto, no tenía la costumbre de vegetar en sus casas el fin de semana. No fue hasta pasadas las dos de la mañana cuando pudo localizar al contacto de Terry Cole en el 31-32 de Soho Square: Matthew King-Ryder, hijo del difunto fundador de la compañía teatral.

Accedió a verla («Después de las nueve, si no le importa. Estoy hecho polvo») en su casa de Baker Street.

Eran las nueve y media cuando Barbara localizó la dirección. Era un bloque de mansiones, uno de esos enormes edificios de ladrillo Victorianos que, a finales del siglo xix, habían marcado una alteración en los estilos de vida, de lo espacioso y elegante a algo más modesto y confinado. Relativamente hablando, por supuesto. Comparado con el cuchitril de Barbara, el piso de King-Ryder era un palacio, aunque su apariencia era la de una de esas reconversiones salvajes de un piso más grande, en que la ventilación y la iluminación natural habían sido sacrificadas por la causa de engrosar las arcas de alguien a base de alquileres mensuales.

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