El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Lynley la observó por encima de las gafas.
– ¿Qué la condujo en esa dirección? ¿Existe una relación entre el señor King-Ryder y el tiempo que Maiden pasó en el SO10? Porque en su informe no mencionaba… -Frunció el entrecejo, intrigado, sin gustarle lo que sospechaba-. Havers, ¿cómo llegó hasta King-Ryder?
La ex sargento siguió estudiando las fotografías mientras contestaba, pero habló demasiado deprisa.
– Fue así, señor. Encontré una tarjeta en el piso de Terry Cole. También una dirección. Pensé… Bien, sé que tendría que habérsela entregado a usted enseguida, pero se me fue de la cabeza cuando me envió de vuelta al cris. Y resultó que ayer me quedó un poco de tiempo libre cuando terminé el informe y… -Vaciló, con la atención todavía fija en las fotos, pero cuando por fin levantó la vista su expresión había cambiado, menos segura que cuando había entrado en el despacho-. Como tenía esa tarjeta y la dirección, fui a Soho Square, luego a Cork Street y… Mierda, inspector, ¿qué más da cómo llegué hasta él? King-Ryder miente, y si miente ambos sabemos que solo existe una razón.
Lynley dejó las fotos restantes sobre la mesa.
– No la sigo. Hemos establecido la relación entre nuestras dos víctimas: prostitución y el anuncio de dicha prostitución. Hemos llegado a la interpretación de otro posible móviclass="underline" la venganza de un macarra de guante blanco por la traición que cometieron dos chicas de su redil, una de las cuales, por cierto, recibió una paliza anoche. Nadie puede confirmar la coartada del macarra para el martes por la noche, aparte de su mujer, cuya palabra no vale ni el aliento que emplea en hablar. Lo que hemos de encontrar es el arma desaparecida, que puede estar en la casa de Martin Reeve. Bien, una vez establecido todo esto, Havers, y establecido, me gustaría añadir, gracias al tipo de trabajo policial que usted parece evitar últimamente, le agradecería que me resumiera los hechos que la impulsan a considerar a Matthew King-Ryder nuestro asesino.
La mujer no contestó, pero Lynley vio que un desagradable rubor empezaba a subirle por el cuello.
– Barbara -dijo-, espero que sus conclusiones sean el resultado del trabajo y no de la intuición.
El color de Havers se intensificó.
– Usted siempre dice que la coincidencia no existe cuando se trata de un asesinato, inspector.
– En efecto. ¿Cuál es la coincidencia?
– Ese cuadro. La monstruosidad de Cilla Thompson. ¿Qué hace con un cuadro de la compañera de piso de Terry Cole? No puede argumentar que lo ha comprado para colgarlo en su casa, cuando estaba con toda la basura, así que ha de significar algo. Y creo que significa…
– Cree que significa que él es el asesino. Pero carece de móvil para el crimen, ¿no?
– Acabo de empezar. Solo fui a ver a Matthew King-Ryder porque Terry Cole fue a verle de parte de Neil Sitwell. No esperaba descubrir uno de los cuadros de Cilla junto a la puerta, y cuando lo hice me quedé patidifusa. Bien, ¿y quién no? Cinco minutos antes King-Ryder me estaba diciendo que Terry Cole fue a hablar con él acerca de una beca. Salgo del piso, intentando acomodar mis pensamientos a la nueva información, y me encuentro esa pintura en la basura, lo cual me dice que King-Ryder tiene una relación con el asesinato de la que no habla.
– ¿Una relación con el asesinato? -Lynley permitió que el escepticismo tiñera sus palabras-. Havers, todo lo que ha descubierto es un dato que tal vez esté relacionado con alguien que esté relacionado con alguien que ha sido asesinado en compañía de una mujer con quien él no tiene ninguna relación.
– Pero…
– No. Nada de peros, Havers. Me ha llevado la contraria en cada etapa de este caso, y ya está bien. Le he asignado una tarea, de la cual ha pasado olímpicamente porque no le gusta. Ha ido a su aire en detrimento del equipo…
– ¡Eso no es justo! -protestó ella-. Redacté el informe. Lo dejé sobre su escritorio.
– Sí. Y lo he leído. -Lynley buscó entre los papeles. Lo cogió y utilizó para subrayar sus palabras-. Barbara, ¿cree que soy estúpido? ¿Supone que soy incapaz de leer entre líneas lo que, en teoría, es el trabajo de una profesional?
Barbara bajó los ojos. Aún sostenía algunas fotografías del hogar destrozado de Vi Nevin, y clavó la vista en ellas. Sus dedos se tiñeron de blanco cuando las apretó con más fuerza, y el rubor de su piel se intensificó todavía más.
Gracias a Dios, pensó Lynley. Por fin había logrado atraer su atención. Abundó en el tema.
– Cuando se le asigna una tarea, se espera de usted que la termine sin discusiones ni preguntas. Y cuando la termina, se espera de usted que redacte un informe capaz de reflejar el lenguaje neutro del desinterés profesional. Y después se espera de usted que aguarde la asignación de otra tarea con una mente abierta y capaz de asimilar información. Lo que no se espera de usted es que elabore un comentario disimulado sobre la validez del curso de la investigación, en caso de que no esté de acuerdo con ella. Esto -golpeó su palma con el informe- es una excelente ilustración de por qué se encuentra en la situación actual. Cuando le dan una orden que no le gusta ni le parece pertinente, toma la iniciativa, indiferente a todo, desde la cadena de mando hasta la seguridad pública. Lo hizo hace tres meses en Essex, y lo está haciendo ahora. Cuando cualquier otro agente obedecería a pies juntillas con la esperanza de redimir su nombre y reputación, cuando no su carrera, usted hace lo que le place con una tozudez inaudita. ¿No es así?
Barbara no contestó, con la cabeza todavía gacha, pero su respiración se había alterado, más contenida debido al esfuerzo de reprimir sus sentimientos. Parecía, al menos de momento, doblegada por la reprimenda castigo. Lynley se sintió satisfecho.
– Muy bien -dijo-. Escúcheme bien. Quiero una orden judicial para poner patas arriba la casa de Reeve. Quiero que cuatro agentes se encarguen del registro. Quiero de esa casa un solo par de zapatos con hexágonos en las suelas, y todas las pruebas que pueda encontrar sobre el servicio de acompañantes. ¿Puedo incluirla en ese grupo y confiar en que obedecerá las órdenes al pie de la letra?
La mujer no contestó.
Lynley sintió que la exasperación le atacaba como una plaga de mosquitos.
– Havers, ¿me está escuchando?
– Un registro.
– Sí. Eso he dicho, y quiero una orden judicial. Cuando la tenga, quiero que colabore con el equipo que vaya a casa de Reeve.
Barbara alzó la cabeza.
– Una mierda de registro -dijo, y en su rostro floreció una sonrisa-. Sí. Sí. Puta mierda, inspector. Por Dios. Se trata de eso.
– ¿Se trata de qué?
– ¿Es que no lo ve? -Agitó una foto, llevada por sus nervios-. Señor, ¿no lo ve? Está pensando en Martin Reeve porque ha descubierto un posible motivo del crimen, y es tan llamativo que cualquier otro motivo resulta pequeño en comparación. Y como su motivo es tan escandaloso, relaciona con él todo cuanto se cruza en su camino, pertinente o no. Pero si se olvida de Reeve por un momento, verá en estas fotos que…
– Havers. -Lynley luchó contra su propia incredulidad. Aquella mujer era indestructible, inasequible al desaliento, ingobernable. Por primera vez, se preguntó cómo había logrado trabajar con ella-. No voy a repetir cuál es su misión. Voy a dársela. Y va a cumplirla.
– Pero solo quiero que vea…
– ¡No! ¡Maldita sea! Basta ya. Consiga la orden. Me da igual lo que deba hacer para ello. Pero consígala. Reúna un equipo del DIC y vaya a esa casa. Destrípela. Tráigame los zapatos con las marcas hexagonales en las suelas y pruebas del servicio de acompañantes. Mejor aún, tráigame el arma que acabó con la vida de Terry Cole. ¿Está claro? Bien, ya puede irse.