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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Al menos, esa fue la opinión de Barbara cuando Matthew King-Ryder la dejó entrar. Le pidió que «excusara el desorden, por favor, voy a mudarme de casa», en referencia a la pila de desperdicios y bolsas de basura que esperaban ante la puerta principal a las limpiadoras del bloque de mansiones. La guió por un pasillo corto y mal iluminado hasta la sala de estar, donde cajas de cartón abiertas exhibían libros, trofeos y adornos envueltos en papel de periódico. Fotografías enmarcadas y carteles de teatro estaban amontonados contra las paredes, a la espera de un destino similar.

– Voy a entrar por fin en el círculo de los propietarios -le confió King-Ryder-. Tengo bastante para la casa, pero no para la casa y la mudanza. Así que me estoy organizando yo solo. De ahí el desorden. Lo lamento. Tome asiento. -Arrojó una pila de programas de teatro al suelo-. ¿Le apetece un café? Iba a prepararme un poco.

– Claro -dijo Barbara.

El hombre fue a la cocina, que se encontraba al otro lado de un pequeño comedor. Habían practicado una ventanilla en una pared para pasar los platos, y habló a través de ella mientras llenaba el molinillo.

– Viviré al sur del río, que no me será tan cómodo para ir al West End. Pero es una casa, no un piso. Tiene un jardín decente y, lo más importante, no tendré que pagar alquiler. Es mía. -Ladeó la cabeza y le sonrió-. Lo siento, pero estoy entusiasmado. Treinta y tres años y al fin gozo de una hipoteca. ¿Quién sabe? Tal vez lo siguiente sea el matrimonio. Me gusta fuerte. Me refiero al café. ¿Y a usted?

Por ella no había problema, dijo Barbara. Cuanta más cafeína mejor. Mientras esperaba, echó un vistazo a una pila de fotos cercana a su silla. La mayoría plasmaban al mismo famoso individuo, que posaba a lo largo de los años junto a una ristra de caras teatrales aún más conocidas.

– ¿Es su padre? -preguntó Barbara por encima del ruido del molinillo.

King-Ryder miró por la ventanilla.

– Ah -dijo-. Sí. Es mi padre.

Los dos hombres no se parecían en nada. Matthew había sido bendecido con todas las ventajas físicas negadas a su padre. Mientras su padre era bajo, con cara de sapo, los ojos exoftálmicos de un enfermo de tiroides, la papada de un gran vividor y las verrugas de un bribón de cuento de hadas, el hijo gozaba de mayor estatura, nariz aristocrática y el tipo de piel, ojos y boca por los que una mujer pagaría lo que fuera a un cirujano plástico.

– No se parecían mucho -comentó Barbara-. Usted y su padre.

Matthew le dedicó desde la cocina una sonrisa de pesar.

– No era muy atractivo, ¿verdad? Y él lo sabía, por desgracia. De niño, era el blanco de todas las bromas. Creo que por eso iba siempre detrás de una nueva mujer: para demostrarse algo a sí mismo.

– Una pena lo de su muerte. Me supo mal cuando oí… bueno, ya sabe. -Barbara se sintió incómoda. Al fin y al cabo, ¿qué decía uno sobre un suicidio?

Matthew asintió, pero no contestó. Volvió a sus quehaceres, y ella continuó mirando fotografías. Solo en una aparecían padre e hijo juntos: una antigua foto de escuela, en la que un pequeño Matthew se erguía con un trofeo en la mano y una sonrisa de dicha, como una cuchillada, en la cara, mientras su padre sujetaba un programa enrollado y fruncía el entrecejo, como preocupado por algo. Matthew vestía con orgullo el uniforme de un equipo deportivo, y una faja dividía su torso en diagonal, como un soldado de la Primera Guerra Mundial. David vestía su propio uniforme, un traje a medida que hablaba de las importantes reuniones a las que ese día no podía asistir.

– No parece muy feliz en esta fotografía -observó Barbara mientras la estudiaba.

– Ah, esa. Día del deporte en la escuela. Papá lo odiaba. Era tan deportista como un buey. Por suerte, mamá era una especialista en azuzar su sentimiento de culpa cuando hablaba con él por teléfono, de modo que solía hacer acto de presencia. Pero no le gustaba mucho. Era un especialista en comunicarte que algo no le gustaba. El típico artista.

– Debía de ser irritante.

– De vez en cuando, pero entonces ya estaban divorciados, así que mi hermana y yo aprovechábamos el poco tiempo que nos dedicaba.

– ¿Dónde vive su hermana?

– ¿Isadora? Es diseñadora de vestuario. Para la Royal Shakespeare Company, sobre todo.

– Los dos han seguido sus pasos.

– Isadora más que yo. Como papá, se ha decantado por el lado creativo. Yo solo me dedico a los números y los negocios.

Volvió a la sala de estar con una vieja bandeja de hojalata sobre la que había depositado tazas de café, una jarra con leche y terrones de azúcar en un plato. La dejó sobre una pila de revistas que había sobre una otomana y continuó hablando. Había sido manager y agente de su difunto padre. Negociaba contratos, controlaba el dinero de los derechos de autor que devengaban las numerosas producciones de las obras de su padre a lo largo y ancho del mundo, vendía derechos para las futuras producciones y controlaba los gastos cuando la compañía montaba una nueva ópera pop en Londres.

– Su trabajo no termina con la muerte de su padre, pues.

– No. Porque su obra, la música quiero decir, no ha terminado, ¿verdad? Mientras sus óperas se sigan representando, mi trabajo continuará. A la larga, reduciremos la nómina de la compañía de producciones, pero alguien tendrá que seguir controlando los derechos. Además, siempre habrá que administrar la fundación.

– ¿La fundación?

Matthew dejó caer tres terrones de azúcar en su taza y removió el café con una cuchara de mango de cerámica. Su padre, explicó, había creado una fundación años antes para becar a artistas creativos. El dinero se utilizaba para mandar a la escuela a actores y músicos, respaldar nuevas producciones, lanzar obras inéditas de autores desconocidos, apoyar a letristas y compositores que empezaban su carrera. Con la muerte de David King-Ryder, todo el dinero fruto de su trabajo iría a parar a la fundación. Aparte de un legado para su quinta y última esposa, la Fundación David King-Ryder era la única beneficiaría del testamento de King- Ryder.

– No lo sabía -dijo Barbara, impresionada-. Un tipo generoso. Todo un detalle por su parte pensar en los demás.

– Mi padre era un hombre honrado. No fue un buen padre para mí y para mi hermana cuando éramos pequeños, y no creía en limosnas ni en consentir a los demás, pero apoyaba el talento siempre que lo descubría. Es un legado brillante, si quiere que le diga la verdad.

– Es una pena lo que pasó. Me refiero… Ya sabe.

– Gracias. Fue… Aún no lo entiendo. -Matthew examinó el borde de su taza-. Lo más extraño fue que había conseguido un éxito. Un éxito después de tantos años jodidos. El público enloqueció antes de que cayera el telón, y él estaba allí. Lo vio. Hasta los críticos se pusieron en pie. Las críticas iban a ser como un milagro. Tenía que saberlo.

Barbara conocía la historia. La noche de estreno de Hamlet, un brillante éxito tras años de fracasos. Sin dejar ninguna nota para explicar su acto, el compositor y libretista se había pegado un tiro en la cabeza mientras su mujer se bañaba en la habitación de al lado.

– Quería mucho a su padre -observó Barbara, al ver el dolor en la expresión de Matthew King-Ryder.

– De niño y adolescente no, pero en los últimos años sí. Aunque no lo bastante, por lo visto. -Parpadeó y tomó un sorbo de café-. Bien, pues, ya es suficiente. Ha venido por trabajo. Dijo que quería hablar conmigo sobre Terence… El chico de negro que vino a verme a Soho.

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