El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Eso ya lo veremos.
– Contaré los momentos que faltan. ¿Dónde estuvo esta tarde y esta noche? ¿Qué le ha pasado a su cara?
– ¿Qué? -exclamó Reeve con incredulidad-. ¿De veras cree que voy a contestar a esas preguntas?
– Si no quiere que la brigada antivicio invada este edificio, espero que me lo cuente de pe a pa. Y no me ponga a prueba, señor Reeve. He tenido un día muy largo, y no soy un hombre razonable cuando estoy cansado.
– Que le den por saco. -Reeve volvió la cabeza y gritó-: ¡Tricia! Mueve el culo y baja. Telefonea a Polmanteer. No le pago un ojo de la cara para…
Lynley cogió un pesado cenicero de la mesa de recepción y lo tiró contra Reeve. Pasó rozando su cabeza y se estrelló contra un espejo, que se hizo añicos al instante.
– ¡Joder! -gritó Reeve-. ¿Qué coño…?
– Tarde y noche. Quiero las respuestas. Ya.
Como Reeve no contestó, Lynley avanzó hacia él, lo cogió por el cuello del pijama, lo hundió en la silla y retorció el cuello hasta anudarlo alrededor de su garganta.
– Dígame quién le arañó, señor Reeve. Dígame por qué.
Reeve emitió un sonido estrangulado. Lynley descubrió que le gustaba.
– ¿O lleno yo mismo los espacios en blanco? Me atrevería a decir que conozco a las dramatis personae. -Otro tirón a cada nombre que decía-. Vi Nevin. Nicola Maiden. Terry Cole. Y también Shelly Platt, ya que estamos puestos.
– Ha… perdido… la chaveta -jadeó Reeve. Se llevó las manos a la garganta.
Lynley le soltó, y el hombre cayó hacia adelante como un saco.
– Está abusando de mi paciencia. Empiezo a pensar que una llamada a la comisaría del barrio no es mala idea. Unas cuantas noches con los chicos de Landbroke Grove serán suficientes para engrasar su lengua.
– Su culo ya es historia. Conozco a bastantes personas para…
– No me cabe duda. Debe de conocer gente desde aquí a Tombuctú. Y si bien todos se levantarían en su defensa si le acusaran de alcahuete, descubrirá que maltratar mujeres no goza de muchas simpatías entre nuestros próceres. Sobre todo si piensa en la carne de cañón que proporcionaría a la prensa amarilla si corriera la voz de que habían acudido en su ayuda. Tal como están las cosas, ya les costará bastante echarle una mano si le detengo por macarra. Esperar más de ellos… Yo no sería tan ingenuo, señor Reeve. Ahora conteste a la pregunta. ¿Qué le ha pasado en la cara?
Reeve guardó silencio, pero Lynley adivinó que su mente carburaba al máximo. Estaría calculando qué datos obraban en poder de la policía. No había vivido en la periferia de la ley durante tanto tiempo sin adquirir conocimientos sobre la aplicación de la ley a su vida. Sabía sin duda que si Lynley hubiera contado con algo sólido, como un testigo ocular o una declaración firmada de su víctima, le habría detenido sin más tardanza. Pero también sabía que vivir al margen de la ley ofrecía escasas opciones cuando la situación se ponía fea.
– De acuerdo -dijo Reeve-. Fue Tricia. Está colocada. Llegué a casa después de ir a ver a dos de mis chicas cuyo trabajo ha decaído. Se había pegado un chute y yo perdí los estribos. Pensé que estaba muerta. Le di de hostias hasta en el carnet de identidad, en parte por miedo y en parte por rabia. Pero no estaba tan ida como yo pensaba y se defendió.
Lynley no creyó ni una sola palabra.
– ¿Intenta decirme que su mujer, completamente drogada, le hizo eso en la cara?
– Estaba arriba drogada hasta las cejas. Hacía meses que no la veía así. Además de lo de las chicas y sus problemas, solo me faltaba eso. No puedo ser el papá de todo el mundo. Perdí los estribos.
– ¿Qué problemas?
– ¿Qué?
– Las chicas. Qué problemas.
Reeve miró hacia el mostrador de recepción, sobre el que descansaban los folletos que anunciaban los servicios financieros de MKR.
– Sé que sabe lo del negocio, pero quizá no sepa los trabajos que me tomo para que estén sanas. Análisis de sangre cada cuatro meses, análisis de sustancias ilegales, exámenes físicos, dieta equilibrada, ejercicio…
– Una auténtica sangría de sus recursos económicos -observó Lynley con sequedad.
– Joder. Me importa un huevo lo que usted piense. Somos una industria de servicios, y si alguien no la ofrece, otro lo hará. No he de pedir disculpas. Proporciono chicas limpias, sanas y educadas en un ambiente agradable. Un tío que pasa el rato con una de ellas paga un dinero bien empleado, sin el peligro de llevarse a casa una enfermedad. Por eso estaba tan cabreado cuando llegué a casa: dos chicas con problemas.
– ¿Enfermedad?
– Verrugas venéreas. Clamidia. Estaba muy cabreado. Cuando vi a Tricia, estallé. Eso es todo. Si quiere sus nombres, direcciones y números de teléfono, se los facilitaré con mucho gusto.
Lynley le observó con detenimiento, mientras se preguntaba si todo era un riesgo calculado por parte del macarra, o una casualidad que llevara las huellas de las uñas de su mujer en la cara la misma noche que Vi Nevin había sido atacada.
– Que la señora Reeve baje para contarnos su versión de la historia.
– Oh, venga ya. Está dormida.
– Eso no pareció molestarle hace un momento, cuando chillaba que llamara a la policía. Y en cuanto a Polmanteer… Es su abogado, ¿no? Podemos llamarle cuando usted quiera.
Reeve miró a Lynley con expresión de asco y desagrado.
– Iré a buscarla -dijo por fin.
– Solo no, me temo.
Lo último que deseaba Lynley era dar una oportunidad a Reeve de obligar a su mujer a corroborar su historia.
– Estupendo. Vamos.
Reeve le precedió por dos tramos de escaleras hasta el segundo piso. En un dormitorio que daba a la calle, avanzó hacia una cama del tamaño de un campo de fútbol y encendió la lámpara de la mesilla. La luz cayó sobre su esposa. Estaba tumbada de lado, en posición fetal, profundamente dormida.
Reeve le palmeó la espalda, la cogió por las axilas y la enderezó. Su cabeza cayó hacia adelante como si fuera una muñeca de trapo. La echó hacia atrás y la apoyó contra la cabecera de la cama.
– Buena suerte -dijo a Lynley con una sonrisa. Señaló un rosario de feos moratones alrededor de la garganta-. Tuve que ponerme más duro de lo que quería con esta puta. Estaba descontrolada. Pensé que iba a matarme.
Lynley hizo un brusco gesto con la cabeza para que Reeve retrocediera. Reeve lo hizo. Lynley ocupó su lugar en la cama. Cogió el brazo de Tricia, vio las marcas de las inyecciones, tomó su pulso. En ese momento la mujer exhaló un profundo suspiro, de modo que su gesto fue innecesario. Le dio una palmada en la cara.
– Señora Reeve -dijo-. Señora Reeve. ¿Puede despertar?
Reeve se movió detrás de él, y antes de que Lynley se diera cuenta de su intención, cogió un jarrón, tiró las flores al suelo y echó el agua a la cara de su mujer.
– Maldita sea, Tricia. ¡Despierta!
– Retroceda -ordenó Lynley.
Los ojos de Tricia se abrieron, mientras el agua resbalaba por sus mejillas. Su mirada aturdida fue de Lynley a su marido. Se encogió, una reacción de lo más elocuente.
– Salga de aquí, Reeve -masculló Lynley.
– Que le jodan -replicó Reeve, y prosiguió con voz tensa-. Quiere que le digas que peleamos, Tricia. Que fui a por ti y que tú fuiste a por mí. Recuerdas cómo sucedió, ¿verdad? Así que dile que me arañaste la cara y saldrá cagando leches de casa.
Lynley se puso en pie.
– ¡He dicho que fuera!
Reeve apuntó a su mujer con un dedo.
– Díselo. Se ha dado cuenta de que peleamos al vernos, pero no aceptará mi palabra hasta que le digas que es verdad. Díselo.
Lynley le echó de la habitación. Cerró la puerta de golpe y volvió a la cama. Tricia seguía sentada, tal como la había dejado. No hizo el menor esfuerzo por secarse.
Había un cuarto de baño contiguo, y Lynley fue a buscar una toalla. La aplicó con suavidad a su cara, sobre su cuello magullado y su pecho. Tricia le miró atontada un momento, antes de volver la cabeza y mirar la puerta por la que había salido su marido.