El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Un tensapelotas.
– Ah, sí.
Hanken escuchó mientras su colega explicaba el aparato de tortura. Sintió que, en respuesta, sus testículos se encogían.
– Supongo que se salió de su maletín cuando iba a ver a un cliente, durante la época en que trabajaba para Reeve -concluyó Lynley-. Tal vez llevaba meses en su maletero.
Hanken reflexionó y entrevió otra posibilidad. Sabía que Lynley la rechazaría, de modo que abordó el tema con cautela.
– Tal vez lo utilizó en Derbyshire, Thomas. Tal vez con alguien que no quiere admitirlo.
– No imagino a Upman o Britton enganchados a la rutina de los látigos y las cadenas. Y lo más probable es que Ferrer utilice algo con sus mujeres, no a la inversa. ¿Quién más hay?
– Su padre.
– Caray, Peter, tienes la mente muy retorcida.
– No, pero todo lo relativo al sadomasoquismo es enfermizo, y a juzgar por lo que me has dicho, sus protagonistas parecen de lo más normal.
– No hay forma…
– Escucha un momento. -Peter le informó sobre su entrevista con los padres de la chica muerta, incluyendo la intromisión de Nan Maiden y la débil coartada de Andy Maiden-. ¿Quién puede afirmar sin lugar a dudas que Nicola no estaba prestando servicios a su padre, aparte de a todos los demás?
– Peter, no puedes ir reinventando el caso para que encaje con tus sospechas. Si estaba prestando servicios a su padre, lo cual me parece inverosímil, él no pudo matarla a causa de su estilo de vida, que era tu teoría anterior, si no te has olvidado.
– Entonces, ¿estás de acuerdo en que tiene un móvil?
– Estoy de acuerdo en que estás manipulando mis palabras. -Más ruidos de fondo: sirenas y un batiburrillo de voces. Era como si Lynley estuviera hablando desde un cruce de calles. Cuando el ruido disminuyó un poco, dijo-: Aún hemos de considerar lo sucedido a Vi Nevin esta noche. Si está relacionado con los acontecimientos de Derbyshire, comprenderás que Andy Maiden no está implicado.
– En ese caso, ¿quién?
– Apuesto por Martin Reeve. Tenía una deuda pendiente con las dos mujeres.
Lynley dijo que su principal esperanza consistía en que Vi Nevin recobrara la conciencia y dijera el nombre de su atacante. Entonces tendrían una base sólida para llevar a Martin Reeve hacia el Met, el lugar donde debía estar.
– Me quedaré un rato para ver si se recobra -dijo-. Si no lo hace en una o dos horas, ordenaré que me llamen en cuanto su estado mejore. ¿Qué vas a hacer tú?
Hanken suspiró. Se frotó sus cansados ojos y se estiró para aliviar la tensión que sentía en los músculos de la espalda. Pensó en Will Upman y en su masajista del Manchester Airport Hilton. No le iría nada mal una sesión.
– Iré a ver a Julian Britton -dijo-. La verdad, no le veo como un asesino. Un tío que acaricia cachorrillos en sus ratos libres no me parece capaz de romper la cabeza a su amante. Y en cuanto a convertir a otro tío en picadillo… Su estilo sería lanzar los perros contra alguien. No aguantaría al padre que tiene si no fuera un blandengue.
– Pero si creyera que poseía suficientes motivos para matarla… -insinuó Lynley.
– Oh, no cabe duda. Eso es de cajón -admitió Hanken-. Alguien creía que poseía poderosos motivos para asesinar a Nicola Maiden.
El médico le había dado píldoras para ayudarla a dormir, pero Nan Maiden no las había tomado después de la primera noche. No podía permitirse bajar la guardia, de modo que no hacía nada para alentar el sueño. Cuando se acostaba, dormitaba, pero se pasaba casi todo el tiempo paseándose por los pasillos como un fantasma, o bien sentada en la butaca de su dormitorio, contemplando el agitado descanso de su marido.
Esta noche, con las piernas embutidas en un pijama recogidas bajo el cuerpo y una toquilla de punto sobre los hombros, se acurrucó en la butaca y observó los movimientos de su marido en la cama. Ignoraba si estaba dormido o lo fingía, pero en cualquier caso, le daba igual. Mirarle despertaba en ella una complicada madeja de sentimientos, más importantes en aquel momento que la autenticidad del reposo de su marido.
Aún le deseaba. Era curioso que después de tantos años aún sintiera deseo por él de la misma forma, pero así era. Y ese deseo nunca había muerto para ninguno de los dos. De hecho, daba la impresión de haber aumentado con el tiempo, como si la duración de su matrimonio hubiera sazonado la mutua pasión. Por lo tanto, se había dado cuenta cuando Andy dejó de buscarla por la noche. Y se había dado cuenta cuando dejó de requerirla con la seguridad y la familiaridad nacidas de un largo y feliz matrimonio.
Temía lo que el cambio experimentado en él significaba.
Solo había sucedido una vez (la pérdida de interés por parte de Andy hacia lo que siempre había sido la parcela más vital de su relación), y hacía tanto tiempo que a Nan le gustaba creer que casi lo había olvidado. Pero no era cierto, y Nan descubrió que era capaz de admitirlo solo en la seguridad de la oscuridad, mientras su marido dormía, o no, a unos dos metros de ella.
Había trabajado de topo en una operación antidroga. La seducción había sido una parte fundamental del papel que interpretaba en el drama. Ello implicaba que debía aceptar todas las insinuaciones que se le dirigieran, fuera cual fuese la naturaleza de dichas insinuaciones. Y cuando varias fueron de índole descaradamente sexual, ¿qué otra cosa podía hacer, sino permanecer fiel a su personaje?, le preguntó más adelante. ¿Cómo podía actuar para no frustrar toda la operación y poner en peligro la vida de los agentes implicados?
Pero no había obtenido placer, dijo mientras se confesaba. Las firmes y jóvenes chicas que podían ser sus hijas no le habían emocionado. Lo había hecho porque era su deber, y quería que su esposa fuera consciente de ello. No había placer en esos coitos. Solo el acto en sí, desprovisto de sentimiento cuando se hacía sin amor.
Eran palabras elevadas. Pedían a una mujer inteligente compasión, perdón, aceptación y comprensión. Pero también habían impulsado a Nan a preguntarse por qué Andy había considerado necesario confesar sus transgresiones.
Había averiguado la respuesta durante los años en que llegó a conocer las costumbres de su marido. Y había visto las alteraciones que sufría cuando era infiel a la persona que era en realidad. Por eso el SO10 se había convertido, a la larga, en una pesadilla: porque se veía obligado, día tras día y mes tras mes, a ser alguien que no era. Obligado por su trabajo a vivir largos períodos de mentira, Andy descubrió que su mente, su alma y su psique no le permitían disimular sin que su cuerpo lo pagara de alguna manera.
El pago se había materializado de formas que, al principio, había sido muy fácil pasar por alto, catalogadas como reacción alérgica a algo o presagios de la ancianidad. La lengua envejece, de forma que la comida pierde su sabor, y la única forma de realzarlo es mojarla en salsa o regarla con pimienta. ¿Qué pasaba, en realidad, cuando ya no se captaba el sutil perfume de los jazmines, que florecen de noche, o el olor a moho de una iglesia campestre? Esos pequeños ejemplos de privación sensorial eran fáciles de pasar por alto.
Pero después empezaron privaciones más graves, de las que no podían pasarse por alto sin poner en peligro la salud. Cuando los médicos y especialistas concluyeron sus análisis, aventuraron sus diagnósticos, y por fin se encogieron de hombros, en una enloquecedora combinación de fascinación, perplejidad y derrota, los guerreros de la psiquiatría habían abordado el bajel del estado de Andy, y se hicieron a la vela como vikingos hacia las aguas inexploradas de su psique. Nunca se aplicaba un nombre a lo que le aquejaba, solo una explicación de la condición humana tal como algunas personas la experimentaban. Se fue desmoronando poco a poco, y el único medio de volver a ordenar su vida fue la confesión, reclamar su personalidad mediante un acto de purgación. Sin embargo, a la larga, escribir un diario, analizar, discutir y confesar no fue suficiente para restablecerle.