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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Puta mierda -susurró al ver el retrato de una grotesca mujer rubia, con su enorme boca abierta para revelar a un gato que defecaba sobre su lengua.

Barbara ya había visto una docena de variaciones sobre ese cuestionable tema. También había visto y entrevistado a la artista, Cilla Thompson, la cual había anunciado con orgullo haber vendido un cuadro a «un caballero de muy buen gusto, justo la semana pasada».

Barbara contempló la puerta cerrada de la morada de Matthew King-Ryder. Se sentía estremecida y deleitada al mismo tiempo. Un asesino vivía en el interior, se dijo. Y decidió en aquel mismo momento que ella sería la poli que le llevaría ante la justicia.

Lynley encontró el informe de Barbara Havers sobre su escritorio cuando llegó al Yard, a las diez de la mañana. Leyó los resúmenes y las conclusiones sobre los expedientes examinados en el cris y tomó nota del resentimiento que daba a entender su elección de palabras. Sin embargo, en ese momento Lynley no podía permitirse valorar la velada crítica a las órdenes impartidas por él. La mañana ya estaba siendo complicada, y tenía otros asuntos más importantes en su mente que la congoja de una agente por la tarea encomendada.

Se había desviado de su ruta normal desde Eaton Terrace a Victoria Street para pasar por Fulham con el fin de comprobar el estado de Vi Nevin, ingresada en el hospital de Chelsea y Westminster. Los médicos de la joven le habían concedido un cuarto de hora para visitarla, pero estaba sedada, y durante aquel rato ni se había movido. Un cirujano plástico había llegado para examinarla, lo cual requirió que le quitaran los vendajes, pero no había recobrado la conciencia en ningún momento.

En mitad de la visita del cirujano a su amiga, Shelly Platt se presentó en el hospital con un traje pantalón de hilo y sandalias, el cabello naranja recogido bajo un sombrero ancho de rafia y los ojos ocultos tras unas gafas de sol. Con la excusa de darle el pésame por la muerte de Nicola Maiden, había telefoneado a Vi repetidas veces desde que Lynley la había visitado en su estudio de Earl's Court. Como no había podido dar con ella, había ido a Rostrevor Road, donde el ataque sufrido por su antigua compañera de piso era la comidilla del barrio.

– ¡He de verla! -fue lo que Lynley oyó mientras el cirujano estudiaba el rostro machacado de Vi Nevin y hablaba en voz baja de huesos rotos como cristal, injertos de piel y tejido cicatricial con el aire desinteresado de un hombre más acostumbrado a la investigación médica que al tratamiento de pacientes.

Al reconocer la voz procedente del pasillo, Lynley se excusó y salió en busca de Shelly Platt, que intentaba abrirse paso entre el policía de guardia y la enfermera de planta.

– Él lo hizo, ¿verdad? -gritó Shelly en cuanto le vio-. Se lo dije y él la encontró, ¿eh? Él lo hizo. Y se vengó de ella como yo pensaba. Ahora vendrá a por mí, si sabe que le conté a usted la verdad sobre su negocio. ¿Cómo está? ¿Cómo está Vi? Déjeme verla. ¡He de verla!

Su voz propendía a la histeria, y la enfermera preguntó si «esta criatura» era un familiar de la paciente. Shelly se quitó las gafas de sol y reveló unos ojos inyectados en sangre, que se desviaron hacia Lynley en una llamada de socorro silenciosa.

– Es su hermana -informó Lynley a la enfermera, al tiempo que guiaba a Shelly del brazo-. Puede entrar.

Shelly se arrojó sobre la cama, donde otra enfermera estaba cambiando los vendajes a Vi Nevin, mientras el cirujano se lavaba las manos en el lavabo para marcharse a continuación. Shelly rompió a llorar.

– Vi, Vi, oh, Vi, muñequita -dijo-. No lo decía en serio. Ni una sola palabra. -Cogió la mano fláccida apoyada en las sábanas y la apretó contra su corazón, como si el latido del órgano alojado dentro de su huesudo pecho pudiera confirmar sus aseveraciones-. ¿Qué le pasa? -preguntó a la enfermera-. ¿Qué le ha hecho?

– Está sedada, señorita.

La enfermera se humedeció los labios en señal de desaprobación y terminó de colocar las vendas.

– Pero se pondrá bien, ¿verdad?

Lynley miró a la enfermera antes de contestar.

– Se recuperará.

– Pero su cara… Todos esos vendajes. ¿Qué le han hecho a su cara?

– Fue donde la golpearon.

Shelly lloró con más brío.

– No. No. Oh, Vi. Lo siento muchísimo. No quería perjudicarte. Estaba cabreada, eso es todo. Ya sabes cómo soy.

La enfermera arrugó la nariz ante aquella exhibición de sentimentalismo y salió de la habitación.

– Necesitará cirugía plástica -explicó Lynley a Shelly cuando estuvieron a solas-. Y después… -Buscó una forma clara pero piadosa de esbozar a la muchacha el futuro de Vi Nevin-. Lo más probable es que sus opciones profesionales queden más limitadas que antes.

Esperó a ver si Shelly entendía, sin necesidad de explicaciones más gráficas. Poco agraciada, pero profesional de la calle al fin y al cabo, sabía lo que las cicatrices faciales presagiaban para una mujer que se ganaba la vida haciendo de Lolita para sus clientes.

Shelly desvió su mirada angustiada hacia su amiga.

– Yo la cuidaré. A partir de ahora, cada minuto. Yo me ocuparé de Vi -le besó la mano, la apretó con fuerza y lloró con más energía.

– Ahora necesita descansar -le dijo Lynley.

– No voy a dejarla hasta que ella sepa que estoy aquí.

– Puede esperar con el agente. Me ocuparé de que le permita entrar en el cuarto cada hora.

Shelly soltó la mano de Vi a regañadientes.

– Irá a por él, ¿verdad? -dijo en el pasillo-. ¿Le empapelará ahora mismo?

Y esas dos preguntas habían atormentado a Lynley durante todo el camino hasta el Yard.

Martin Reeve tenía todos los números para ser el atacante de Vi Nevin: móvil, medios y oportunidad. Tenía que mantener un estilo de vida y una mujer cuya drogadicción era irrecuperable. No podía permitirse perder ninguna fuente de ingresos. Si una chica conseguía abandonarle, nada impedía que otra chica, o diez, la siguieran. Y si permitía que eso sucediera, pronto se encontraría sin negocio. Porque los dos elementos primordiales de la prostitución eran las prostitutas y sus clientes. Los macarras eran prescindibles. Y Martin Reeve era consciente de eso. Impondría su ley sobre sus mujeres mediante el miedo y el ejemplo: ilustrando hasta qué extremos estaba dispuesto a proteger sus dominios, e implicando por mediación de dichos extremos que una chica podía recibir el mismo castigo que otra. Vi Nevin había servido de lección para las demás mujeres de Reeve. La única pregunta era si Nicola Maiden y Terry Cole también habían servido de lección.

Había una forma de averiguarlo: trasladar a Reeve al Yard sin abogado y mostrarse más astuto que este cuando estuviera presente. Para eso, Lynley sabía que debía utilizar una estrategia mejor que la del hombre, y sus opciones en ese campo eran limitadas.

Lynley buscó un medio de manipulación en las fotografías del dúplex, que el fotógrafo de la policía le había entregado aquella mañana. Estudió en particular la huella de un zapato en el suelo de la cocina, y se preguntó si el dibujo de hexágonos en la suela era lo bastante raro para tener importancia. Sería suficiente para conseguir una orden de registro, desde luego. Y, orden en mano, tres o cuatro agentes podían poner patas arriba MKR Financial Management y descubrir pruebas de los verdaderos negocios de Reeve, aunque este hubiera sido lo bastante listo para deshacerse de los zapatos con hexágonos en las suelas. En cuanto tuvieran esa prueba, estarían en condiciones de intimidar al macarra. Lo cual deseaba Lynley con todas sus fuerzas.

Miró más fotos, y las fue arrojando de una en una sobre su escritorio. Aún las estaba examinando en busca de algo útil cuando Barbara Havers entró como una tromba.

– Santa hostia -dijo sin más preámbulos-, no se imagina lo que he averiguado, inspector. -Empezó a parlotear sobre una casa de subastas en Cork Street, alguien llamado Sitwell, Soho Square y King-Ryder Productions-. Vi ese cuadro cuando salí de su casa -concluyó con aire triunfal-. Y créame, señor, si echara un vistazo al trabajo de Cilla en Battersea, estaría de acuerdo en que es mucho más que una simple coincidencia haber topado con alguien que comprara una de sus asquerosas piezas. -Se dejó caer en una silla delante del escritorio y recogió las fotografías que Lynley había tirado. Las examinó por encima-. King- Ryder es nuestro chico. Puede escribirlo con mi sangre si quiere.

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