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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Al día siguiente vino a verme el doctor Souberbielle.

– Su marido me ha dicho que no se encuentra usted bien -dijo. Añadió que estaba fatigada debido al parto, que no era nada serio y que pronto me restablecería.

Pero yo insistí en que no me recuperaría nunca.

Cada vez que daba de mamar al niño, cada vez que sentía la leche fluir de mis pechos, se me humedecían los ojos. Mi madre vino a visitarme, con su acostumbrado aire decidido y enérgico, y dijo que era preferible que confiara el niño a una nodriza, puesto que ambos nos hacíamos desgraciados. Es mejor que los niños estén fuera de París, dijo, en lugar de pasarse las noches berreando y despertando a sus padres.

Por supuesto, dijo, cuando te casas, los dos primeros años vives en otro mundo. Mientras tienes un buen marido, un hombre que te gusta, te sientes satisfecha. Durante un par de años consigues resolver tus problemas, te engañas pensando que no estás sometida a las reglas a las que están sometidos los demás.

– ¿Por qué tienen que existir reglas? -pregunté. Parecía Lucile. Eso es lo que ella hubiera preguntado-. Ella también va a tener un hijo. Y luego, ¿qué?

Mi madre no me pidió que le aclarara lo que pretendía decir. Se limitó a darme unas palmaditas en el hombro y dijo que yo no era de esas mujeres que organizan un escándalo. Esos días necesitaba que me lo recordaran con frecuencia, so pena de que lo olvidara y montara un escándalo de órdago. Mi madre me dio otra palmadita -esta vez en la mano- y siguió hablando sobre las jóvenes de hoy en día. Son unas románticas, dijo, creen que cuando un hombre les jura fidelidad eterna lo dice en serio. En sus tiempos, las muchachas sabían que no era así. Era preciso llegar a un acuerdo práctico.

Mi madre se encargó de contratar a la nodriza, una mujer prudente y agradable, que vivía en l’Isle-Adam. Puede que fuera prudente y agradable, pero a mí no me hacía gracia confiarle a mi hijo. Lucile me acompañó un día para conocerla, pues deseaba contratarla también. Un arreglo perfecto. Muy práctico. A Lucile le faltaban dos semanas para dar a luz. Todos se desvivían por ella. Su marido y su madre le habían prohibido que amamantara a su hijo, pues tenía obligaciones más importantes, fiestas a las que asistir, etcétera. Además, el general Dillon no quería que se le deformara el pecho.

En realidad no culpo a Lucile, aunque parezca que siento rencor por ella. No es cierto que sea la amante de Fréron, aunque éste siente hacia ella una pasión que lo tiene obsesionado y hace que todos nos sintamos incómodos. Con Hérault, por lo que he podido comprobar, sólo se dedica a coquetear, sin pasar de ahí. A veces, Hérault parece un poco cansado de ese juego; supongo que ha tenido muchas aventuras con damas de la Corte. En parte, Lucile coquetea con él para vengarse de Caroline Rémy, que fue a verla cuando estaba recién casada y le insinuó que se entendía con Camille. Lo cierto es que di un suspiro de alivio cuando me enteré de que Lucile estaba en estado. Al menos, pensé, eso aplazará las cosas. Me conformaba con eso. Vigilo muy de cerca a Georges. Observo sus ojos clavados en Lucile. No creo que ella lo rechazara. Si creen que me equivoco, es porque no conocen bien a Georges. Quizá sólo le hayan oído pronunciar un discurso. O se hayan cruzado con él en la calle.

En cierta ocasión, al hablar con la madre de Lucile para desahogarme, cometí una torpeza.

– ¿Cree que ella…? -pregunté, sin estar segura de lo que quería decir-. ¿Cree que Camille la hace sufrir?

La señora Duplessis arqueó las cejas, como suele hacer cuando quiere dar la impresión de que es muy lista, y contestó:

– No más de lo que ella le hace sufrir a él.

Pero luego, cuando estaba a punto de marcharme, desalentada y temerosa de lo que el futuro me tenía reservado, la señora Duplessis apoyó una mano cargada de anillos en mi brazo -recuerdo perfectamente ese gesto, era como un pellizco- y dijo una de las pocas verdades que ha dicho en su vida esa mujer tan afectada:

– Debe comprender que ya no tengo ningún control sobre esos asuntos.

Yo me sentí tentada de responder: «Señora, ha criado a usted un monstruo», pero hubiera sido injusto.

– Me alegro de que vaya a tener un niño -fue lo único que acerté a decir.

-Reculer pour mieux sauter [2] -contestó la señora Duplessis.

Durante el verano, como los anteriores desde 1788, nuestra casa estaba llena de gente que entraba y salía; nombres extraños, rostros extraños; algunos se volvían menos extraños a medida que pasaban las semanas, y otros, francamente, más extraños. Georges se ausentaba con frecuencia, y aparecía en el momento más inesperado; cenaba con sus amigos en el Palais-Royal, en restaurantes y en casa. Invitábamos a unos hombres llamados brissotinos, aunque Brissot acudía rara vez. Circulaban numerosos rumores sobre la esposa del ministro del Interior, a quien llamaban «reina Coco», un mote que se había inventado Fabre. Otros se presentaban a últimas horas de la noche, después de las reuniones con los jacobinos en el Club de los Cordeliers. Uno de los que acudían con asiduidad era René Hébert, a quien la gente llamaba Père Duchesne, por el apodo con que firmaba en su escandaloso periódico. «No tenemos más remedio que soportar a esa gente», decía Georges. Odiaba a los aristócratas y a las prostitutas, y parecía confundir ambas cosas en su mente. Querían armar a toda la ciudad, contra los austriacos y contra los monárquicos. «Ya llegará el momento oportuno», decía Georges.

Se expresaba como un hombre que dominaba la situación, pero que hace sus cálculos, que sopesa los pros y los contras. Sólo había cometido un error, el verano anterior, cuando tuvimos que huir. Quizá les parezca que no tiene importancia. Unas pocas semanas fuera de París, una amnistía, y luego las cosas continúan. Pero imagínense a mí, aquella noche de verano en Fontenay, despidiéndome de él, sonriendo y tragándome las lágrimas, sabiendo que partía a Inglaterra y temiendo no volver a verlo. Eso demuestra que uno no sabe nunca lo que el futuro le depara. La vida es mucho más complicada de lo que uno imagina. Existen muchas formas de perder a un marido, tanto en sentido real como figurado. Yo, según parece, operaba a todos los niveles.

Los rostros aparecen y desaparecen… Billaud-Varennes, que solía trabajar a tiempo parcial para Georges, se ha unido a un actor llamado Collot, que según Camille es la peor persona del mundo. (Eso lo dice sobre mucha gente.) Son tal para cual, con la misma cara de amargados. Robespierre evita a Hébert, se muestra frío con Pétion y apenas dirige la palabra a Vergniaud. «Debemos evitar los divismos», dice Brissot. Chaumette no se habla con Hérault, cosa que a éste le tiene sin cuidado. Fabre examina a todo el mundo a través de su monóculo. Fréron no deja de hablar sobre Lucile. Legendre, nuestro carnicero, dice que no entiende a los brissotinos. «Soy un hombre inculto -dice-, pero tan patriota como el que más.» François Robert es muy amable con todo el mundo porque confía en hacer una gran carrera; desde el verano pasado, cuando lo encerraron en la cárcel, ha perdido su agresividad.

Ni Roland ni Marat acuden nunca a esas reuniones.

La segunda semana de junio estalló una crisis de Gobierno. En lugar de cooperar con los ministros, el Rey entorpecía su labor, y la esposa de Roland le escribió una insultante carta recordándole sus deberes. No soy quién para decir si estuvo acertada o no, pero existen ciertas ofensas que un Rey no puede tolerar sin dejar de ser Rey. Luis debió entenderlo así, pues destituyó de inmediato a sus ministros.

Los amigos de mi marido hablaban sobre el ministerio patriótico. Decían que era una calamidad nacional. Tienen el arte de convertir las calamidades a su favor.

El general Dumouriez no fue destituido. Al parecer, contaba con el apoyo de la Corte. Un día vino a vernos. Yo me sentí muy violenta. Georges no hacía más que pasearse de un lado al otro de la habitación, gritando. Dijo al general que iba a dar un buen susto a la Corte, y que el Rey debía divorciarse de la Reina y mandarla de regreso a Austria. Cuando el general se marchó, estaba blanco como la cera. Al día siguiente presentó su dimisión y se incorporó de nuevo al Ejército. Según dijo Camille, Georges estaba mucho más asustado que los austriacos.

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[2] Afrontar la situación para evitar males mayores. (N. de la T.)

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