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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Había comunicado a su marido que no estaba dispuesta a renunciar a sus hábitos de ciudadana particular. No era partidaria de los patronazgos, y sus visitantes (por estricta invitación) debían observar sus normas. Los grandes salones permanecerían cerrados y a oscuras pues no pensaba recibir en ellos a sus invitados. Había montado un pequeño estudio junto al despacho del ministro. Allí pasaba los días, sentada ante su mesa, ayudando al ministro. Si alguien deseaba hablar con éste en privado sin ser molestados por una multitud de funcionarios públicos y gentes que acudían a pedirle un favor, ella le enviaba recado y el ministro podía conversar con el visitante en su estudio, mientras ella permanecía sentada discretamente en un rincón, con las manos apoyadas en el regazo, sin perder una palabra de lo que decían.

Ella había impuesto las normas según las cuales debía regirse el ministerio. Dos veces a la semana ofrecerían una cena. La comida sería sencilla y no servirían alcohol. Los invitados debían retirarse a las nueve en punto. «Nosotros nos encargaremos de iniciar el éxodo», dijo Fabre. No invitarían a ninguna mujer, pues con su estúpida cháchara sobre la moda y los últimos cotilleos harían descender el elevado tono y propósito de las reuniones de la señora Roland.

Aquel lunes había sido una jornada difícil. Robespierre había rechazado la invitación. Pierre Vergniaud la había aceptado. A Manon no le caía bien Vergniaud, y en aquel entonces sus preferencias y antipatías contaban mucho. Su antipatía hacia él no se debía a diferencias políticas sino a que era perezoso y reservaba su oratoria para los grandes debates y las grandes ocasiones. Dumouriez se mostraba muy animado, pero había cometido la torpeza de referir una anécdota escandalosa, tras lo cual se había apresurado a pedir disculpas a Manon. Ella las había aceptado con una breve inclinación de cabeza, pero el general sabía que al día siguiente su trabajo se vería misteriosamente entorpecido. Manon no había tardado en aprender los mecanismos del poder.

Fabre d’Églantine había intentado conducir la conversación hacia el tema del teatro, pero Manon insistía en hablar de la maniobra, militar y política, del ci-devant marqués de Lafayette. Manon vio a Fabre mirar a Danton, el cual, a su vez, alzó la mirada hacia el techo, en el que bailaban y brincaban unas diosas desnudas. Manon se alegraba de tener sentado junto a ella a Jean-Baptiste Louvet. Al principio le inspiraba cierto recelo debido a la novela que había escrito. Pero comprendía la posición de los patriotas, bajo el viejo régimen, y estaba dispuesta a perdonar ese desliz a un joven periodista que prometía tanto. Louvet estaba inclinado hacia ella, que le escuchaba atentamente, mientras un mechón rubio le caía sobre la frente. Un auténtico partisano. Un amigo de la señora Roland.

Mientras Manon conversaba con Louvet no apartaba los ojos de Danton. Fue Dumouriez quien insistió en que lo invitara:

– Es un hombre que debemos cultivar. Tiene muchos seguidores.

– Entre las masas -contestó ella despectivamente.

– Es imposible no tener tratos con las masas.

Danton la hacía estremecerse. Su aire jovial, de fingida franqueza y amabilidad apenas ocultaba sus evidentes y monstruosas ambiciones. Todos aseguraban que era una buena persona, un hombre sencillo, aficionado al campo y al paisaje de su provincia. Manon contempló sus manos apoyadas en el mantel, con los gruesos dedos extendidos, y comprendió que era capaz de matar con aquellas manos, de partirle el cuello a una mujer o de estrangular a un hombre.

Manon se preguntó cómo se habría hecho aquella blanca cicatriz que le retorcía el labio superior de forma que, al sonreír, parecía esbozar una mueca de desprecio. ¿Qué textura tendría bajo las yemas de los dedos? Sabía que tenía esposa y, según decían, multitud de amantes, las cuales habrían recorrido con sus dedos esa cicatriz, palpándola y acariciándola.

Danton la sorprendió observándolo, y ella se apresuró a apartar la vista, temiendo haberle causado una mala impresión. Al cabo de un rato lo observó de nuevo de reojo. Adelante, mírame bien, parecía decir aquel rostro, jamás has visto a un hombre como yo.

El martes por la mañana, Danton no cesaba de repetir, con tono hastiado:

– ¿Quién de nosotros va a acostarse con esa zorra? Es evidente que eso es lo que quiere.

– No es necesario que lo preguntes -respondió Fabre-. No te quitó los ojos de encima en toda la noche.

– Las mujeres son muy extrañas -contestó Danton.

– Hablando de mujeres, tengo entendido que ha regresado Théroigne. Los austriacos la han dejado marcharse. No comprendo por qué, a menos que confíen en que desprestigie la Revolución.

– Más bien creo que temían que les cortara las pelotas -dijo Danton.

– Volviendo al tema inicial, Georges-Jacques, si la señora Roland se ha encaprichado contigo, más vale que te resignes. No te andes con rodeos y frases bonitas al estilo de «Señora Roland, todos apreciamos su talento». Ve directamente al grano. Quizá consigas que convenza a todos sus amigos para que se unan a nosotros. No te resultará difícil, Georges. No creo que saque gran cosa de su decrépito marido. Parece a punto de estirar la pata.

– Yo creo que la estiró hace años -terció Camille-, y que su mujer mandó que lo disecaran y embalsamaran porque en el fondo es una sentimental. También creo que todos los ministros brissotinos están en la nómina de la Corte.

– Robespierre -dijo Fabre, asintiendo con la cabeza.

– Robespierre no lo cree -contestó Camille.

– No te enfades.

– Cree que son unos imbéciles y unos traidores, pero que no se dan cuenta de lo que hacen. En cambio yo opino que no debemos tener tratos con ellos.

– Ellos tampoco quieren tener tratos contigo. Dumouriez preguntó: «¿Dónde está vuestro amigo Camille? ¿Por qué no lo habéis traído para compartir con nosotros esta interesante velada?» La señora Roland le lanzó una mirada despectiva.

– Creo que te equivocas -dijo Danton con tono serio-. No pondría la mano en el fuego por Dumouriez y el resto, pero esa mujer no se dejaría comprar. Odia a Luis y a su esposa como si le hubieran causado un grave daño. Al lado de ella, Marat es de lo más inofensivo -añadió, soltando una carcajada.

– Entonces, ¿te fías de ellos?

– No he dicho eso. Sólo digo que creo que no son mala gente.

– ¿De qué crees que quería hablar contigo Dumouriez?

La pregunta animó a Danton.

– Sin duda pretende que le haga un favor y desea conocer mi precio.

IV. Las tácticas de un toro

(1792)

Gabrielle: sólo puedo afirmar lo que he oído decir, lo que me han contado. Sólo puedo estar segura de la gente que conozco, y a veces tampoco me fío mucho. Cuando vuelvo la vista atrás y recuerdo el verano, temo que lo que pueda decir les parezca ridículamente ingenuo.

Uno crece y evoluciona, aunque no se convierta en una persona con una voluntad de hierro. Pero uno cree que ciertos rasgos de su carácter no cambiarán nunca, que siempre defenderá ciertas creencias, que seguirán sucediendo cosas, que su pequeño universo le protege y ampara. ¡Qué equivocados estamos!

Debo retroceder a cuando nació nuestro hijo. El parto fue más sencillo que los dos anteriores, al menos más rápido. Fue otro varón; guapo, sano, con buenos pulmones y el cabello negro y espeso de Antoine y del niño que perdí hace años. Le pusimos el nombre de François-Georges. Mi marido me hacía continuos regalos, flores, figuras de porcelana, joyas, encaje, perfume y libros que no suelo leer. Un día me sentí tan abrumada que rompí a llorar y le grité que no había hecho nada extraordinario, que cualquier mujer era capaz de dar a luz y que dejara de comprarme cosas. Cuando conseguí calmarme, los ojos me escocían y me dolía la garganta. Después no recordaba nada. De no haber sido por Catherine, que me refirió lo que había dicho, jamás lo habría creído.

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