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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Cuando terminé de hablar con los caballeros, subí al piso de arriba y encontré a la señora Pearson en el saloncito. Estaba en el sofá, leyendo a los niños, que escuchaban con arrebatada fascinación un fragmento de El progreso del peregrino. Las llamas de la chimenea se reflejaban en su pálida piel y parecía brillar, casi.

Viendo que estábamos solas, Cynthia Pearson se levantó y cerró la puerta del salón, llenó dos copas de vino y se sentó en el sofá, cerca de mí para poder hablar en voz baja.

– Espero que no se molestará si le digo que he oído parte de lo que hablaba con los caballeros.

– Claro que no -le dije. Sin embargo, ella se mostraba todavía algo reticente a empezar.

– La envidio, señora Maycott, por la manera en que se mueve entre ellos como su igual. Es usted muy hermosa y, sin embargo, no la tratan como si fuese una muñeca. ¿Cómo hace para ganarse su respeto?

– Me lo gano exigiéndoselo -respondí.

– Yo no puedo exigírselo a mi marido -dijo ella, apartando la cara.

– Lo sé -dije pausadamente-. Sé cómo están las cosas aquí, Cynthia. No crea que no lo he observado. Y… y me propongo ayudarla.

Me miró con gran intensidad y no supe bien si era de sorpresa o de esperanza.

– Ayudarme, ¿cómo?

Moví la cabeza.

– Todavía no lo sé. No sé cómo, pero la ayudaré, Cynthia. Le doy mi palabra. Cuando esto termine, será para bien de usted y de sus hijos.

Ella continuó mirándome fijamente.

– ¿Qué ha de terminar?

– El negocio que tengo con su esposo y el señor Duer.

Cynthia me sonrió. Resultaba extraño. La señora Pearson era rubia y yo, morena; sus ojos eran de un azul clarísimo y los míos, de un verde intenso; sus facciones eran menudas y delicadas y las mías, marcadas y prominentes. Nadie habría dicho que nos parecíamos y sin embargo, por un instante, creí que estaba viéndome en un espejo. Reconocí aquella sonrisa, el absoluto cinismo que expresaba y su fría y penetrante percepción de la verdad.

– Usted les exige respeto, pero también los ciega con su encanto.

– No entiendo a qué se refiere.

Ella sonrió de nuevo, aunque esta vez me pareció que su gesto era más forzado.

– No sé qué anda haciendo con ellos, pero sé que no es lo que ellos creen. No, no diga una palabra. No quiero que me mienta y tampoco quiero que me diga la verdad, no vaya a ser que el señor Pearson me fuerce a contársela. No conozco al señor Duer y no tengo ninguna opinión de él, pero conozco a mi marido y no me entrometeré con usted.

Tragué saliva e intenté no mostrar ninguna reacción.

– ¿Era esto lo que quería decirme? -le pregunté.

– No -susurró ella. Apartó de nuevo el rostro, volviéndolo hacia la ventana; con su hablar susurrante y el crepitar del fuego, apenas la oía. Sin embargo, a pesar de todo, sus palabras llegaron hasta mí y, no sé cómo, lo hicieron con claridad-. He oído que mencionaban al capitán Saunders y deseo saber qué se decía de él.

– ¿Cómo es que conoce a ese hombre, de quien se dice que es un traidor?

– Lo conocí durante la guerra. No es cierto que fuese un traidor y era amigo de mi padre.

– ¿Y amigo de usted? -inquirí.

Cynthia asintió:

– Iba a casarme con él. -Volvía a mirarme, pero hablaba en voz tan baja que sus palabras eran casi indistinguibles de su aliento-. Las cosas salieron muy mal. Mi padre murió y Ethan… Ethan tuvo que huir. Lo acusaron de delitos que no podía haber cometido, pero el mundo lo consideró culpable y él no pudo soportar la idea de que la deshonra cayera también sobre mí. Yo nunca he creído, ni por un instante, que hiciera nada censurable. Ethan Saunders es el hombre más asombroso que he conocido nunca.

– Ahora mismo se encuentra en Filadelfia -dije.

– ¿Qué? -Cynthia abrió unos ojos como platos.

– Está en la ciudad y su marido se propone perjudicarlo.

– No lo permitirá usted, ¿verdad? -Me tomó la mano.

– Oh, no, no -respondí, meneando la cabeza-. Confíe en ello. No había oído hablar de Ethan Saunders hasta esta noche, pero parece la clase de hombre que merece protección.

Lo decía en serio. No conocía a aquel hombre y ya me agradaba, tal vez porque los dos habíamos sufrido a manos de un gobierno desagradecido. Al mismo tiempo, no podía evitar preguntarme si podría resultarme de alguna utilidad.

Debo reconocer que sentía muchísima curiosidad por aquel Saunders y también bastante optimismo respecto a lo que podía significar para nuestro plan. Mi hombre infiltrado entre los empleados de Duer en Nueva York se había demostrado vital, pero el resto de mi gente se había visto obligada a soportar meses de inactividad, a fiarse de mí mientras jugaba con Duer, con la esperanza de que supiera lo que estaba haciendo y con la preocupación de que, en lugar de socavar a nuestros enemigos, no estuviera haciendo otra cosa que reforzarlos.

Averiguar más cosas acerca de Saunders nos daría algo que hacer. De uno en uno, los chicos salieron a observarlo, a ver qué clase de hombre era, a comprobar si era una amenaza o una baza. Yo deseaba ardientemente verlo en persona, pero la mayoría de los lugares públicos que frecuentaba no eran la clase de sitios en los que yo podía esperar que pasaría inadvertida.

La primera vez que lo vi fue en el lago de los patos, una tarde de domingo fría y soleada. Skye había estado observándolo y, creyendo que no se movería de allí en un buen rato, mandó un chico a buscarme. Cuando llegué, lo observé desde lejos pasear por el perímetro del lago, mirando a las damas con interés depredador. Parecía especialmente atento a las señoras que paseaban en grupo sin acompañamiento masculino.

– ¿Qué opina de él? -me preguntó Skye.

– Que es muy guapo -respondí-. Y que está muy bebido. Dudo que pueda representar una gran amenaza para nosotros, pero no estoy segura de que vaya a ser de mucha ayuda.

– Será mejor cerciorarse -apuntó Skye.

– Siempre es mejor cerciorarse -asentí-. ¿Tiene a alguien próximo a él, alguien a quien podamos abordar?

– No muchos, pero creo que sí hay alguien… -dijo Skye.

– Entonces, es hora de que empecemos a pagar a ese alguien para que nos tenga informados.

Capítulo 35

Ethan Saunders

La mañana siguiente, Leónidas y yo pedimos que nos subieran una tetera a mi cuarto y, con la luz del día bañando la mesita, continuamos examinando las decenas de páginas que le había quitado a Freneau. El hombre había estado muy ocupado, eso había que reconocérselo, pues no solo tenía varias páginas llenas de apretadas notas, sino también muchas cartas que, obviamente, le habían prestado o había robado. Eran cartas escritas por Duer o cuyo destinatario era él y relataban muchos detalles tediosos, algunos demasiado intrincados y elípticos para ser descifrados, pero otros muy claros. Duer, indicaban las cartas, tenía la intención de hacerse con el control del Banco del Millón y de utilizar su momento de predominio para absorber el Banco de Estados Unidos.

Los documentos de Freneau dejaban claro que Duer había organizado a un grupo de inversores en lo que denominaba el Club del Seis por Ciento. Aquellos hombres conspiraban para que bajara el precio de los bonos al seis por ciento a fin de que Duer, entonces, comprara y obtuviera casi un monopolio. Con los bonos fuera de circulación, su valor subiría y la riqueza de Duer aumentaría. Además, los poseedores de cupones del Banco de Estados Unidos necesitaban esos bonos para desembolsar sus acciones. Si no podían obtener los bonos al seis por ciento, tendrían que vender los cupones, posiblemente a precio rebajado. De ese modo, Duer conseguiría un monopolio de los cupones del Banco de Estados Unidos. William Duer calculaba que, a finales de año, él sería el único poseedor importante de ambos valores. Sería, a efectos prácticos, el dueño de la economía americana.

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