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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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– ¿No basta con ser rico? -me preguntó Leónidas-. ¿Qué impulsa a un hombre a hacerse con una riqueza que aplastará a todas las demás?

– Es el lado oscuro de la libertad -respondí-. Cuando no hay nada que impida a alguien hacer lo que quiera, los hombres retorcidos como Duer apelan a esa libertad para su codicia.

– Pero ¿puede quedarse con el control del banco? -inquirió Leónidas.

– No -respondí-, no creo. Hay demasiadas variables, tiene que hacer malabarismos con demasiadas cosas. Pero puede dañar seriamente la economía, a Hamilton y, a fin de cuentas, al país.

– Y entonces, ¿qué hacemos?

– Impedírselo.

– Lavien dijo que no lo hiciéramos.

– Lavien se equivoca. Tal vez sea demasiado cauteloso. No sabe lo que hacemos.

– ¿Y por qué no se lo decimos?

– Porque esta es mi lucha, Leónidas. Nuestra lucha. La trama de Duer conlleva el sacrificio de Pearson y yo he prometido proteger a su esposa. Aunque odie a ese hombre, si tengo que salvar a su mujer de la penuria, deberé sacarlo a él del fuego de Duer. No confío en que Lavien vea las cosas del mismo modo que yo; por eso, primero detendremos a Duer y luego le contaremos a Lavien lo que sabemos.

Leónidas asintió.

Había tantas cosas que hacer, que se me agolparon miles de pensamientos en la cabeza.

– ¿Volverás a la mansión de Duer? -le pregunté-. A través de los sirvientes podrás averiguar qué planes tiene para el miércoles.

Cuando Leónidas se hubo marchado camino de Greenwich, almorcé en la taberna y, en vez de sentarme a beber el vino gratis de Duer, decidí dar un paseo por la ciudad y pensar cuál sería mi siguiente movimiento. No había visitado Nueva York desde hacía varios años y observé que seguía mejorando del lamentable estado en que la había sumido la guerra. Por doquier había edificios nuevos, o edificios en construcción, incluso en invierno. Calles que durante la contienda no habían sido más que callejones enfangados estaban ahora pobladas de casas majestuosas. Aquí y allá había viejas ruinas: casas y establos abandonados, muelles junto al río, restos de las batallas que se habían librado allí en el pasado, pero que pronto desaparecerían también, dejando paso a las nuevas construcciones y al comercio.

No me había alejado más de un par de manzanas de la taberna cuando noté que la misma sombra llevaba mucho tiempo siguiéndome furtivamente. Durante la guerra, había estado muchas veces en Filadelfia, Nueva York u otros lugares y siempre vigilaba si me seguían. Es una habilidad que no se olvida nunca, así que apreté el paso y, al notar que mi acosador también lo había hecho, me volví y emprendí el camino de regreso.

Al hacerlo, casi choqué con una ruina de hombre, alto y desarrapado.

– ¡Vaya! -dije-. Pero si es Isaac Whippo. Me alegro de verlo aquí. No sabía que esta fuese la mejor zona de la ciudad para buscar bardajas jóvenes.

No me explicaba por qué odiaba tanto a aquel hombre, pero así era y con eso me bastaba, por el momento. Tal vez fuese por su aspecto absurdo y siniestro o quizá porque sabía que podía tratarlo con crueldad impunemente.

El extraño agente de Duer me miró enojado pero no dijo nada.

– Dígale a Duer que si desea saber lo que me levo entre manos, lo único que tiene que hacer es preguntar. No es necesario que mande a un cadáver a espiarme. Es algo que detesto.

– Yo lo detesto a usted -replicó.

– No diga eso, mi buen tocacojones. En Filadelfia es un apelativo cariñoso. Un lugar extraño, este, pero vaya… Como usted me cae bien, lo divulgaré a los cuatro vientos. -Levanté las manos y a voz en cuello, exclamé-: ¡Este hombre es mi buen tocacojones!

Hombres grandes, hombres pequeños, hombres importantes y hombres exhumados, no existen diferencias notables. Muchos se meten en situaciones pensando que tendrán que afrontar tal conflicto o tal otro. Según mi experiencia, cuando uno presenta una alternativa completamente distinta a las expectativas de los demás, la confrontación termina de inmediato. Y eso fue lo que ocurrió con mi amigo, el señor Whippo. Se escabulló tambaleándose como el ser momificado que era.

Después de que el señor Whippo me siguiera, consideré que era mejor desaparecer de la calle durante un corto período de tiempo. Por lo tanto, decidí distraerme con la elogiada exposición del doctor King en Wall Street, a fin de ver su pequeño zoológico de seres vivos. Resultó ser una casa angosta que despedía un olor indescriptible, llena de pequeñas jaulas en las que rabiaban toda suerte de criaturas infelices, como una pareja de perezosos, una pareja de jabalíes, monos de todas clases e incluso un macho y una hembra de una especie llamada orangután. Eran animales de gran talla y abundante pelaje calabaza, con unos brazos extrañamente largos y la cara lúgubre. El propio doctor King, que paseaba por la exposición, me dijo que aquellas criaturas eran tan inteligentes como los negros, pero todos mis intentos de comunicación con ellas fracasaron, por lo que decidí que sus conclusiones eran en exceso optimistas.

Cuando anocheció, regresé a la taberna de Fraunces y mandé a uno de los camareros del piso de arriba a buscar a Leónidas. Me dijo que llevaba allí muchas horas pero que, como no sabía dónde encontrarme, se había limitado a esperar. Su visita a la mansión de Duer había resultado poco fructífera. Había hablado con el servicio y, aunque todos los criados tenían ganas de cotillear sobre su amo, al final poco contaron que no supiéramos. Los seis agentes que trabajaban para Duer iban a reunirse en su casa el miércoles a las ocho de la mañana y de allí se dirigirían al Hotel Corre's, donde se venderían las acciones iniciales del Banco del Millón.

Mientras Leónidas hablaba, noté una presencia cercana: había alguien que escuchaba nuestra conversación. Cuando alcé la mirada, vi que se acercaba a nuestra mesa Philip Freneau. Con aire muy pagado de sí mismo, se sentó y estiró las piernas para ponerse cómodo.

– Me preguntó si podría encontrar a Jacob Pearson -dijo-. Pues resulta que sí. Veo que lo he impresionado. Por supuesto, no tengo intención de decirle dónde está, pero pensé que le interesaría saber que él sí sabe dónde está usted.

No dije nada. Leónidas se inclinó hacia delante y acercó la cara a tres dedos de la de Freneau.

– ¿Quiere decir que está tratando de asegurarse de que el capitán Saunders sufre algún daño?

Su interlocutor se encogió de hombros, como si Leónidas no le diera miedo. No sé si yo me hubiese quedado tan tranquilo de habérseme acercado a mí de aquel modo, pero Freneau se limitó a sonreír.

– Oh, no. No soy un hombre dado a la violencia y no incitaría nunca a los demás a practicarla. Solo he pensado que le gustaría saber que Jacob Pearson se ha mostrado muy agitado, por lo menos a mis ojos, al enterarse de la presencia de usted en la ciudad.

– ¿Qué quiere, Freneau? -inquirí-. Creía que nuestros tratos habían terminado.

– Y así sería, si usted se hubiese comportado conmigo de una manera honesta. Pero ese no es su estilo, ¿verdad, capitán Saunders? Tal vez, simplemente, no sea el estilo de Hamilton. Me habría contentado con lamerme las heridas si usted solo me hubiese tratado tan deshonestamente como creí al principio, pero, al volver a casa, descubrí que era un hombre mucho más traidor de lo que pensaba. Me robó documentos de la bolsa y me gustaría que me los devolviera.

– ¿Que se los robé de la bolsa? -pregunté-. Dios mío, ¿y ahora ladrón?

– Usted los robó y quiero que me los devuelva. Si no lo hace, lo lamentará de veras, caballero. Solo le he ofrecido una muestra del daño que puedo causarle.

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