El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Estupendo -dijo Hanken.
La mujer pareció complacida.
– Eche un vistazo a esto, pues -dijo, y señaló el microscopio.
Hanken miró por la lente. Todo lo que la señorita Amber Kubowsky había dicho era tan evidente, que estaba intrigado por la causa de su entusiasmo. Las cosas debían de ser tan inapetentes como las gachas de ayer, para no hablar de su vida, si la pobre chica se emocionaba por aquello.
– ¿Qué debo buscar, exactamente? -preguntó a la señorita Kubowsky, al tiempo que levantaba la cabeza e indicaba el microscopio-. Esto no me parece la hoja de una tijera. Ni sangre, por cierto.
– No lo es -respondió ella con entusiasmo-. Y esa es la cuestión, inspector Hanken. Es lo más intrigante de todo.
Hanken echó un vistazo al reloj de pared. Había trabajado sin parar durante más de doce horas, y antes de que terminara el día quería coordinar su información con lo que hubiera sucedido en Londres. En consecuencia, la última diversión que le atraía era enzarzarse en un juego de adivinanzas con una técnica forense de cabello rizado.
– Si no es la hoja, ni tampoco la sangre de Cole, ¿por qué lo estoy mirando, señorita Kubowsky? -preguntó.
– Es agradable que sea tan educado -dijo ella-. Encuentro que no todos los detectives tienen modales.
Iba a encontrar muchas cosas más si no empezaba a explicarse, pensó Hanken, pero le dio las gracias por el cumplido e indicó que estaría encantado de oír todo cuanto tuviera que decirle, siempre que se diera prisa.
– ¡Oh! Por supuesto. Lo que está mirando es la herida de la escápula. Bien, no toda, por supuesto. Si la ampliara por completo mediría medio metro de largo. Es solo una parte.
– ¿La herida de la escápula?
– Exacto. Era el corte más grande que había en el cuerpo del chico, ¿no se lo dijo el médico? En la espalda. La del chico, no la del médico.
Hanken recordó el informe de la doctora Miles. Una de las heridas había astillado la escápula y se había acercado a una de las arterias del corazón.
– En circunstancias normales -dijo la señorita Kubowsky – no me habría molestado en examinarla, pero vi en el informe que la escápula, es uno de los huesos de la espalda, ¿sabe?, tenía la marca de un arma, así que comparé la marca con las hojas de la navaja. Con todas las hojas de la navaja. ¿A que no lo adivina?
– ¿Qué?
– La navaja no hizo esa marca, inspector Hanken. De ninguna manera, olvídelo.
Hanken la miró e intentó asimilar la información. Aún más, se preguntó si la mujer habría cometido un error. Parecía tan descuidada, con la mitad del borde de la bata descosido y una mancha de café en la pechera, que quizá fuera menos que eficiente en su profesión.
Al parecer, Amber Kubowsky no solo leyó la duda en su cara, sino que también comprendió la necesidad de disipar toda semblanza de duda. Cuando continuó, fue la ciencia personificada, y habló en términos de rayos X, anchuras de hojas, ángulos y micromilímetros. No concluyó sus observaciones hasta estar segura de que el inspector comprendía la importancia de lo que estaba diciendo: la hoja del arma que había atravesado la espalda de Terry Cole, astillado su escápula e interesado el hueso no se parecía a ninguna punta de hoja de la navaja multiusos. Si bien las puntas de las hojas de la navaja eran puntiagudas (es evidente, porque ¿cómo podrían ser hojas de navaja si no fueran puntiagudas?, razonó), se ensanchaban en un ángulo muy diferente del arma que había dejado su marca en el hueso de la espalda de Terry Cole.
Hanken silbó en voz baja y se vio obligado a preguntar:
– ¿Está segura?
– Lo juraría, inspector. Lo habríamos pasado por alto si yo no sostuviera esa teoría sobre los rayos X y los microscopios sobre la que no me voy a extender en este momento.
– Pero ¿la navaja produjo otras heridas en el cuerpo?
– Sí, excepto la de la escápula.
Aún le reservaba otra información. Y le condujo hasta otra zona del laboratorio, donde se explayó sobre el tema de una mancha color peltre que también le habían pedido analizar.
Cuando oyó lo que Amber Kubowsky tenía que decir sobre este último tema, Hanken corrió en busca de un teléfono. Ya era hora de localizar a Lynley.
Hanken llamó al móvil de Lynley y lo localizó en el pabellón de urgencias del hospital de Chelsea y Westminster. Lynley le puso al corriente de la novedad: Vin Nevin había sido atacada brutalmente en la casa que Nicola Maiden y ella compartían.
– ¿Cuál es su estado?
Se oyeron ruidos de fondo, alguien que gritaba «¡Por aquí», y la sirena de una ambulancia cada vez más cercana.
– ¿Thomas? -Hanken alzó la voz-. ¿Cuál es su estado? ¿Te ha dicho algo?
– Nada -contestó por fin Lynley desde Londres-. Aún no hemos conseguido que haga una declaración. Habrá que tener paciencia. La están atendiendo desde hace una hora.
– ¿Qué opinas? ¿Lo que ha pasado está relacionado con el caso?
– Yo diría que sí. -Lynley resumió lo que había averiguado desde su última conversación, empezando por la entrevista con Shelly Platt, siguiendo con su experiencia en MKR Financial Management, y terminando con el interrogatorio de sir Adrian Beattie y su esposa-. Hemos conseguido descubrir al amante de Londres, pero tiene una coartada, que por cierto aún debemos confirmar. No lo imagino atravesando los páramos para acuchillar a una víctima y perseguir a la otra. Tiene más de setenta años.
– Así que Upman decía la verdad -dijo Hanken-, al menos en lo relativo al busca y a las llamadas telefónicas que la Maiden recibía en el trabajo.
– Eso parece, Peter, pero Beattie afirma que alguien en Derbyshire debía pasarle dinero, o no habría ido.
– No es posible que Upman saque tanto de sus divorciadas. Por cierto, dijo que no estuvo en Londres en mayo. Dijo que su agenda podía demostrarlo.
– ¿Y Britton?
– Sigue en mi lista. He estado investigando la navaja multiusos.
Hanken informó a Lynley sobre sus últimos descubrimientos, y añadió la noticia sobre la herida de la escápula. Otra arma, contó a Lynley, había sido utilizada con el chico.
– ¿Otra navaja?
– Es posible. Y Maiden tiene una. Hasta la exhibió para que yo la investigara.
– No estarás pensando que Andy fue tan idiota como para enseñarte una de las armas, Peter. Es un poli, no un cretino.
– Espera. Al principio, cuando la vi, no pensé que hubieran podido utilizar la navaja de Maiden contra el chico, porque las hojas son demasiado cortas, pero entonces estaba pensando en las otras heridas, no en la cuchillada asestada a la escápula. ¿A qué distancia de la piel se encuentra la escápula? Si Kubowsky descartó que una navaja multiusos hubiera producido la herida de la escápula, ¿debemos deducir que una igual no fue la causante?
– Volvemos al móvil, Peter. Andy no lo tiene. Pero sí todos los hombres que había en la vida de la chica, por no hablar de una o dos mujeres.
– No te precipites tanto a descartarle -advirtió Hanken-, porque hay más. Escucha. Han identificado la sustancia encontrada en el extraño cilindro de cromo hallado en el maletero del coche. ¿Qué imaginas?
– Dímelo.
– Semen. Y también había dos manchas de semen sobre la superficie. Lo único que Kubowsky no pudo explicarme es qué era el maldito cilindro. Yo nunca había visto nada semejante, y ella tampoco.
– Es un tensapelotas -dijo Lynley.
– ¿Un qué?
– Espera, Pete. -Hanken oyó al otro extremo de la línea voces masculinas, así como ruidos de hospital al fondo. Lynley volvió a ponerse-. Se recuperará, gracias a Dios.
– ¿Puedes hablar con ella?
– De momento está inconsciente. -Habló a otra persona-. Protección las veinticuatro horas. Ningún visitante podrá verla sin mi permiso. Pidan sus identificaciones si alguien aparece… No, no tengo ni idea… Lo siento -dijo a Hanken-. ¿Dónde estábamos?