El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Tricia -dijo con voz ronca-. Mierda. ¡Puta!
La tarjeta de crédito de Lynley fue suficiente para abrir la puerta. El interior estaba a oscuras. No se oía ningún ruido, salvo el que subía desde la fiesta de la planta baja.
– ¿Señorita Nevin? -llamó Lynley.
No hubo respuesta.
La luz del pasillo arrojaba un paralelogramo luminoso sobre el suelo. Bañaba una amplia almohada, medio salida de su funda de brocado. A su lado, un charco de líquido derramado en forma de cocodrilo empapaba la alfombra, y un poco más allá el carrito de las bebidas estaba volcado y rodeado de botellas, descorchadas y vacías, vasos y jarras.
Lynley buscó un interruptor en la pared y lo accionó. Luces empotradas cobraron vida en el techo y revelaron la extensión del caos.
Por lo que pudo ver desde la puerta, la casa estaba en ruinas: sofá y confidente volcados, con las almohadas arrancadas de sus fundas, pinturas descolgadas y con aspecto de haber sido partidas sobre una rodilla, la cadena estéreo y el televisor destrozados, con las tapas posteriores arrancadas, un álbum roto por la mitad con las fotografías esparcidas por el suelo. Hasta la moqueta había sido arrancada de la pared con una fuerza que sugería rabia contenida durante mucho tiempo y experimentada al máximo.
La devastación de la cocina era similar: platos destrozados, estantes asolados, objetos rotos por el suelo y sobre las encimeras. También se habían ensañado con la nevera, aunque solo en parte. El contenido del congelador, que rezumaba humedad, yacía entre los demás restos, así como las verduras de los cajones, aplastadas como víctimas de camiones en fuga, y cuyos jugos manchaban las baldosas, las paredes y las puertas de la alacena.
A partir de los restos de una botella de ketchup y un bote de mostaza, huellas de pisadas conducían desde la cocina al pasillo. Una de ellas estaba perfectamente formada, como pintada de naranja oscuro.
A lo largo de la escalera, las fotos arrancadas de las paredes habían sufrido un destino similar a las de la sala de estar, y mientras subía Lynley sintió que una lenta y acuciante ira empezaba a formarse en su pecho. No obstante, estaba mezclada con un escalofrío de miedo. Rezó para que el estado de la casa significara que Vi Nevin estaba ausente del edificio cuando el intruso, cuyas intenciones eran evidentes, había dirigido su frustración contra los objetos.
La llamó de nuevo. No hubo respuesta. Encendió la luz de la primera habitación, que iluminó una ruina total. Ni un mueble o varilla se había salvado.
– Joder -murmuró.
Fue cuando las vibraciones de la música cesaron con brusquedad abajo, tal vez porque estaban buscando una nueva diversión.
Y entonces, en el repentino silencio, lo oyó: un roce, como ratas que corrieran sobre madera. Procedía de detrás del colchón de la cama, ladeado como un borracho contra la pared. Se plantó a su lado en tres zancadas y lo apartó de un empujón.
– Dios santo -dijo, y se agachó sobre la forma apaleada cuyo cabello (largo y rubio como el de Alicia en el país de las maravillas donde no estaba empapado de sangre) le informó que Vi Nevin sí estaba en casa cuando la venganza había llamado a la puerta de Rostrevor Road.
El roce era producto de sus dedos, que arañaban frenéticamente el zócalo blanco salpicado de sangre. Y la sangre manaba de su cabeza, sobre todo de su cara, que había sido golpeada repetidas veces, hasta destruir la belleza infantil que había sido su marca de fábrica y su principal atractivo.
Lynley cogió su pequeña mano. No quería correr el riesgo de moverla. De haberlo deseado, lo habría hecho después de pedir ayuda por teléfono y acunar su cuerpo magullado hasta que llegara la ambulancia. Pero ignoraba si sufría heridas internas, de modo que se limitó a coger su mano.
El arma ensangrentada estaba caída cerca, un pesado espejo de mano. Parecía hecho de algún metal, pero ahora estaba teñido de púrpura, repulsivo con las hebras de cabello rubio y trocitos de carne pegoteados. Lynley cerró los ojos un momento cuando lo vio. Como había visto cosas peores, ignoraba por qué un objeto tan simple como un espejo de mano le afectaba tanto, salvo porque el espejo era un objeto inocente, un ejemplo de la vanidad femenina que, de repente, convertía a Vi Nevin en una presencia más viva que antes. ¿Por qué?, se preguntó. Mientras se hacía la pregunta, visualizó a Helen con un espejo similar en la mano, examinando su cabello, mientras decía «Parezco un puercoespín erizado. Dios mío, Tommy. ¿Cómo puedes querer a una mujer tan fea?».
Lynley deseó que su mujer estuviera allí en ese momento. Quiso abrazarla, como si el simple acto de abrazar a su mujer pudiera proteger a todas las mujeres del mundo.
Vi Nevin gimió. Lynley apretó su mano con más fuerza.
– Está a salvo, señorita Nevin -dijo, aunque dudaba que la joven pudiera oírle o entenderle-. Ya viene una ambulancia. Espere tranquila mientras llega. No la abandonaré. Está a salvo.
Observó por primera vez que iba vestida para trabajar: uniforme de colegiala con la falda por encima de los muslos. Debajo, sus bragas consistían en diminutas tiras de encaje negro, y medias de encaje estaban sujetas a un portaligas a juego. Llevaba calcetines altos hasta la rodilla sobre las medias, y zapatos de colegiala reglamentarios. No cabía duda de que era un conjunto destinado a excitar, y que Vi Nevin se presentaría a su cliente como la vergonzosa colegiala que este deseaba.
Dios, se dijo Lynley, ¿por qué las mujeres se hacían vulnerables a los hombres que podían hacerles daño? ¿Por qué se empeñaban en seguir un camino que conducía a la destrucción, de una forma u otra?
La primera sirena rasgó la noche cuando la ambulancia giró por Rostrevor Road. Momentos después, la puerta de la casa se abrió con estrépito.
– ¡Aquí arriba! -gritó Lynley.
Y Vi Nevin se removió.
– Olvidé… -murmuró-. Le gusta la miel. Olvidé.
Y entonces el dormitorio se llenó de paramédicos, mientras sonaban más sirenas en la calle coincidiendo con la llegada de la policía.
En la planta baja, la nueva selección era la banda sonora de Rent. El coro cantaba su himno al amor.
23
Era en parte una bendición y en parte una maldición que un buen número de científicos forenses de los laboratorios de la policía fueran chicos y chicas provistos de una curiosidad insaciable. La bendición era su propensión a trabajar días, noches, fines de semana y vacaciones si alguna prueba presentada a su examen les intrigaba lo suficiente. La maldición era saber que existía dicha bendición. Porque saber que el laboratorio forense empleaba a científicos cuya naturaleza inquisitiva les impulsaba a permanecer ante sus microscopios cuando individuos más sanos estaban en casa o de juerga en la ciudad, obligaba a uno a solicitar la información que esos científicos estaban ansiosos por proporcionar.
Así, el sábado por la noche, el inspector Peter Hanken se encontró, no al lado de su mujer y sus hijos en Buxton, sino de pie ante un microscopio, mientras la señorita Amber Kubowsky, jefe de técnicos de pruebas en aquel momento, se explayaba con entusiasmo sobre lo que había descubierto en relación a la navaja multiusos y las heridas infligidas al cuerpo de Terry Cole.
La sangre del cuchillo, confirmó con alegría, mientras se rascaba el cuero cabelludo con la goma del extremo de un lápiz, como si quisiera borrar algo escrito en el cráneo, pertenecía a Cole, en efecto. Y después de examinar con detenimiento las diversas hojas y complementos de la navaja, pudo comprobar que la hoja izquierda de las tijeras estaba rota, tal como había afirmado Andy Maiden. Así, la ineluctable conclusión a la que se llegaría normalmente era que la navaja en cuestión no solo había producido las heridas en el cuerpo de Terry Cole, sino que también tenía un marcado parecido con la que Andy Maiden, en teoría, había entregado a su hija.