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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—¡Dios mío! ¿Es que nunca dejan de pensar en el próximo colapso?

—No.

El Ojo de Murcheson se había desvanecido hacía mucho. Ahora el este era rojo sangre, en un crepúsculo que aún asombraba a Whitbread. En mundos habitables eran raros los crepúsculos rojos. Pasaban sobre una cadena de islas. Delante, hacia el oeste, brillaban luces donde aún estaba oscuro. Había un paisaje urbano como mil Espartas seguidas, entrecruzado sin cesar por fajas oscuras de tierra cultivada. En los mundos del hombre serían parques. Allí eran territorio prohibido, guardado por demonios deformes.

Whitbread bostezó y miró a la alienígena que iba a su lado.

—Creo que la llamé hermano, esta noche.

—Lo sé. Quería decir hermana, supongo. Para nosotros el género tambien es importante. Cuestión de vida o muerte.

—No estoy seguro de que quisiese decir eso tampoco. Quería decir amiga —explicó Whitbread con cierta torpeza.

—Fyunch(click) es una relación más íntima. Pero me alegro de ser su amiga —dijo la pajeña—. Me alegra haber tenido esta experiencia, de conocerle.

El silencio era embarazoso.

—Mejor será que despierte a los otros —dijo suavemente Whitbread.

El aparato efectuó un brusco giro y enfiló hacia el norte. La pajeña de Whitbread miró hacia la ciudad que se extendía debajo, luego al otro lado para asegurarse de la posición del sol, y luego abajo otra vez. Se levantó, fue al compartimiento del piloto y parloteó. Charlie contestó; charlaron un rato.

—Horst —dijo Whitbread—. Señor Staley. Despierten. Horst Staley se había obligado a dormir. Estaba aún rígido como una estatua, con el lanzacohetes sobre las piernas, agarrado con fuerza.

—¿Sí?

—No sé. Cambiamos de rumbo, y ahora… escuchen —dijo Whitbread. Los pajeños aún seguían parloteando. Sus voces aumentaban de volumen.

38 • Solución final

La pajeña de Whitbread volvió a su asiento.

—Ha empezado —dijo; ahora no hablaba como Whitbread; su voz era de alienígena—. La guerra.

—¿Quiénes la iniciaron? —preguntó Staley.

—Mi Amo y el Rey Pedro. Los otros aún no se han unido a la lucha, pero lo harán.

—¿Por nosotros? —preguntó incrédulo Whitbread. Estaba a punto de gritar. Aquella transformación de su Fyunch(click) le resultaba insoportable.

—Por la jurisdicción sobre ustedes —corrigió la pajeña; se estremeció, se relajó luego y súbitamente la voz de Whitbread habló desde unos semisonrientes labios alienígenas—. Todavía no es muy grave. Sólo Guerreros e incursiones. Todos quieren demostrar lo que pueden hacer, sin destruir nada realmente importante. Habrá muchas presiones de los otros decisores para que las cosas sigan así. No desean que se produzca el desastre.

—Demonios —dijo Whitbread, carraspeando—. Pero… Bienvenido a casa, hermano.

—¿Y en qué posición quedamos nosotros? —preguntó Staley—. ¿Adonde vamos, ahora?

—A un sitio neutral. El Castillo.

—¿El Castillo? —exclamó Horst—. ¡Es territorio de su Amo! —su mano estaba de nuevo muy cerca de la pistola.

—No. ¿Acaso creen que los otros iban a dar a mi Amo tanto control sobre ustedes? Los Mediadores que conocieron formaban todos parte de mi clan, pero el Castillo, concretamente, pertenece a un decisor que es estéril. Un Encargado.

Staley parecía desconfiar.

¿Y qué haremos allí?

La pajeña se encogió de hombros.

—Esperar y ver quién gana. Si gana el Rey Pedro, les enviará de vuelta a la Lenin. Quizás esta guerra convenza al Imperio de que es mejor dejaros solos. Quizás puedan ayudarnos ustedes, incluso. —La pajeña hizo un gesto de repugnancia—. Ayudarnos. Él es también Eddie el Loco. Nunca acabarán los Ciclos.

—¿Esperar? —murmuró Staley—. Yo no, desde luego. ¿Dónde está ese Amo suyo?

¡No! —gritó la pajeña—. Horst, no puedo ayudarle en algo así. Además, nunca lograrían pasar, se lo impedirían los Guerreros. Son muy hábiles, Horst, mucho más que sus infantes de marina y ¿qué son ustedes? Tres oficiales jóvenes sin apenas experiencia y con armas de un viejo museo.

Staley bajó los ojos. Frente a ellos estaba Ciudad Castillo. Vio el espaciopuerto, un espacio abierto entre muchos, pero gris, no verde. Más allá estaba el Castillo, una aguja rodeada de un balcón. Aunque pequeño, destacaba entre la fealdad industrial del interminable paisaje urbano.

En su equipaje había material de comunicación. Cuando Renner y los otros habían subido, el piloto jefe había dejado todo salvo sus notas y archivos en el Castillo. No había dicho por qué, pero ahora lo sabían: quería que los pajeños pensaran que iban a volver.

Quizás hubiese materiales suficientes para construir un buen transmisor. Algo que alcanzase a la Lenin.

¿Podemos aterrizar en la calle? —preguntó Staley.

—¿En la calle? —la pajeña pestañeó—. ¿Por qué no? Si Charlie acepta. El aparato es suyo.

La pajeña de Whitbread gorjeó. Hubo ronroneos y clicks de respuesta desde la cabina.

—¿Está convencida de que el Castillo es seguro? —preguntó Staley—. Whitbread, ¿confía usted en los pajeños?

—Confío en ésta. Pero quizás tenga algunos prejuicios, Hor… señor Staley. Tendrá que utilizar su propio criterio.

—Charlie dice que el Castillo está vacío, y aún sigue la prohibición contra los Guerreros en Ciudad Castillo —dijo la pajeña de Whitbread—. Dice también que el Rey Pedro está ganando, pero escucha únicamente informes de su bando.

—¿Aterrizará junto al Castillo? —preguntó Staley.

—¿Por qué no? Tenemos que enviar primero una señal a la calle para que los Marrones miren arriba. —La pajeña gorjeó de nuevo.

El estruendo de los motores se redujo a un susurro. El avión descendió casi en vertical abriendo de nuevo las alas. Pasó zumbando ante el Castillo, permitiéndoles ver sus balcones. Abajo bullía el tráfico, y Staley vio un Blanco en el paso de peatones en frente del Castillo. El Amo se perdió rápidamente en un edificio.

—No se ven Demonios —dijo Staley—. ¿Alguien ve Guerreros?

—No.

—No se ven.

—Yo tampoco veo.

El avión efectuó un brusco giro y descendió de nuevo. Whitbread miraba con ojos desorbitados las duras paredes de hormigón de los rascacielos. Buscaban todos Blancos (y Guerreros), pero no los veían.

El avión redujo la velocidad y cambió de posición a dos metros del suelo. Se deslizaron hacia el Castillo como una gaviota sobre el mar. Staley, pegado a la ventana, esperaba. Los coches avanzaron hacia ellos y les rodearon.

Comprendió que iban a chocar contra el Castillo. ¿Intentaba el Marrón abrirse paso embistiendo contra él como el transbordador de la MacArthur? El aparato se detuvo bruscamente entre rechinar de frenos y estruendos de inversores de impulsión. Estaban exactamente al pie del muro del Castillo.

—Vamos Potter, ayúdeme. —Staley cogió el láser de rayos X—. Vamos. —No podía abrir la puerta e hizo una seña a la pajeña.

La pajeña abrió la puerta. Había un espacio de dos metros entre la punta del ala y el muro, veinticinco metros en total. Aquella ala del aparato se había plegado un poco. La pajeña saltó a la calle.

Los humanos se lanzaron tras ella, Whitbread con la espada mágica en la mano izquierda. La puerta podía estar cerrada, pero no se resistiría a algo como aquello.

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