La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
La puerta estaba cerrada. Whitbread esgrimió la espada, dispuesto a abrirse paso, pero su pajeña le hizo señas de que no lo hiciera. Examinó un par de marcadores instalados en la puerta, posó una mano derecha en cada uno de ellos, y mientras los manipulaba giró una palanca con el brazo izquierdo. La puerta se abrió suavemente.
—Es para que no entren los humanos —dijo. La zona de entrada estaba vacía.
—¿Hay medio de impedir que se abra esa maldita puerta? —preguntó Staley.
Su voz sonaba hueca; se dio cuenta de que habían desaparecido los muebles de la habitación. Al ver que no había respuesta, Staley pasó a Potter el láser de rayos X.
—Quédese de guardia aquí. Necesitará usted a los pajeños para que le digan si el que llega es enemigo o no. Vamos, Whitbread. —Se volvió y corrió hacia las escaleras.
Whitbread le seguía a regañadientes. Horst subía muy deprisa, y cuando llegaron a la planta donde estaban sus habitaciones Whitbread estaba sin aliento.
—¿Qué tiene usted contra los ascensores? —preguntó Whitbread. Staley no contestó. La puerta de la habitación de Renner estaba abierta, Y Horst se lanzó al interior.
—¡Maldita sea!
—¿Qué pasa? —Whitbread, jadeante, entró en la habitación. Vacía. Hasta las literas habían desaparecido. No había rastro del equipo que había dejado Renner.
—Esperaba encontrar algo para hablar con la Lenin —gruñó Staley—. Ayúdeme a mirar. Quizás almacenasen nuestro material por aquí.
Buscaron, pero no encontraron nada. En todas las plantas era iguaclass="underline" camas, muebles, todo lo habían retirado.
El Castillo era una cascara hueca. Volvieron escaleras abajo hacia la entrada.
—¿Estamos solos? —preguntó Gavin Potter.
—Sí —contestó Staley—. Y nos moriremos de hambre muy pronto si no sucede algo peor. Está todo vacío.
Las pajeñas se encogieron de hombros.
—Me sorprende un poco —dijo la pajeña de Whitbread; cuchicheó un momento con su compañera—. Tampoco ella sabe el motivo. Parece que el lugar no volverá a utilizarse…
—Bueno, desde luego deben de saber muy bien dónde estamos —gruñó Staley; cogió su casco del cinturón y conectó los conductores a su radio. Luego se puso el casco—. Aquí Staley llamando a Lenin. Lenin, Lenin, Lenin, aquí el guardiamarina Staley.
—Señor Staley, ¿dónde demonios está usted? —era el capitán Blaine.
—¡Capitán! ¡Gracias a Dios! Capitán, estamos atrapados en… Un momento, señor.
Las pajeñas cuchicheaban entre sí. La pajeña de Whitbread intentó decir algo, pero Staley no oía. Oía a una pajeña que hablaba con la voz de Whitbread…
—Capitán Blaine, ¿dónde consigue usted su whisky irlandés?
—¡Déjese de bromas e informe, Staley!
—Lo siento, señor. Tengo que saberlo. Ya entenderá usted por qué se lo pregunto. ¿Dónde consigue usted su whisky? Corto.
—¡Staley! ¡Estoy harto de chistes! Horst se quitó el casco.
—No es el capitán —dijo—. Es un pajeño con la voz del capitán. ¿De la especie de ustedes? —preguntó a la pajeña de Whitbread.
—Probablemente. Un truco estúpido. El Fyunch(click) de usted lo habría hecho mejor. Eso significa que no coopera demasiado con mi Amo.
—Hay un medio de defender este lugar —dijo Staley. Miró la entrada. Era de unos veinte metros por treinta, y sin nada especial. Los cortinajes y los cuadros que adornaban las paredes habían desaparecido.
—Vamos arriba —añadió—. Allí tendremos más posibilidades. Les condujo hasta la planta de las habitaciones, y tomaron posiciones al final del vestíbulo, desde donde podían cubrir la escalera y el ascensor.
—¿Y ahora qué? —preguntó Whitbread.
—Ahora a esperar —dijeron ambas pajeñas al unísono. Pasó una hora larga.
Se apagaron los rumores del tráfico. Tardaron un minuto en advertirlo; luego se hizo evidente. Nada se movía fuera.
—Echaré una ojeada —dijo Staley. Fue a otra habitación y atisbo cauteloso por la ventana, muy desde dentro para que no le vieran.
Abajo, por la calle, pasaban Demonios. Avanzaban con paso rápido y ágil. De pronto esgrimieron sus armas y dispararon hacia el fondo de la calle. Horst se volvió y vio otro grupo que buscaba protección; un tercio de ellos quedaba muerto en la calle. A través de las gruesas ventanas se filtraba el rumor del combate.
—¿Qué pasa? —preguntó Whitbread—. Parecen disparos.
—Lo son. Dos grupos de Guerreros combatiendo. ¿Por nosotros?
—Desde luego —contestó la pajeña de Whitbread—. Se dan cuenta de lo que significa esto, ¿no? —La pajeña parecía muy resignada. Al ver que no había respuesta, dijo—: Significa que los humanos no regresarán. Se han ido.
—¡No lo creo! —gritó Staley—. ¡El almirante no nos abandonaría! Tomaría todo el planeta…
—No, no lo haría, Horst —dijo Whitbread—. Usted conoce sus órdenes. Horst sabía perfectamente que Whitbread tenía razón.
—¡Pajeña de Whitbread! —llamó—. Venga aquí y dígame de qué bando son los que combaten.
—No.
Horst se volvió.
—¿Qué significa ese no? ¡Necesito saber contra quién debo disparar!
—No quiero que me maten.
¡La pajeña de Whitbread era una cobarde!
—A mí no me han alcanzado los disparos, ¿verdad? No correrá ningún riesgo.
—Horst —dijo la voz de Whitbread—, si asoma usted un ojo cualquier Guerrero puede alcanzarle. Nadie desea que muera usted ahora. No han utilizado hasta ahora artillería, ¿verdad? Pero dispararían sobre mí.
—Está bien. ¡Charlie! Venga aquí y…
—No.
Horst ni siquiera maldijo. No cobardes, sino Marrones-y-blancos. ¿Le habría ayudado su propia pajeña?
Los Demonios se habían puesto todos a cubierto tras coches aparcados o abandonados, en portales, en las estrías de los laterales de un edificio. Pasaban de un escondrijo a otro rápidos como moscas. Pero siempre que un Guerrero disparaba, moría otro. No había habido demasiados disparos y sin embargo dos tercios de los Guerreros habían muerto. La pajeña de Whitbread conocía bien su puntería. Era inhumanamente certera.
Casi debajo de la ventana de Horst, yacía un Guerrero muerto que había perdido los brazos. Otro vivo, que esperaba un momento de calma, se lanzó de pronto a un lugar protegido más próximo… y el caído revivió. Luego todo sucedió demasiado deprisa para poder captarlo: el arma volando, los dos Guerreros chocando y luego desplomándose, muñecos rotos pateando aún y salpicando sangre.
Algo resonó abajo. Se oyó ruido en la escalera. En los escalones de mármol repiquetearon pezuñas. Gorjearon las pajeñas. Charlie silbó sonoramente, repitió el silbido. De abajo llegó una respuesta, luego una voz dijo en el ánglico perfecto de David Hardy:
—Serán bien tratados. Ríndanse inmediatamente.
—Hemos perdido —dijo Charlie.
—Tropas de mi Amo. ¿Qué hará usted, Horst?
Por toda respuesta Staley se acuclilló en un rincón con el rifle de rayos X dirigido a la escalera, e indicó frenéticamente a los otros guardiamarinas que se cubrieran.
Un pajeño Marrón-y-blanco apareció en la entrada. Tenía la voz del capellán Hardy, pero en modo alguno sus maneras. Sólo el ánglico perfecto y el tono retumbante. El Mediador iba desarmado.
—Vamos, sean razonables. Su nave se ha ido. Sus oficiales les creen muertos. No tenemos ningún motivo para hacerles daño. No nos obliguen a matarles por nada, salgan y acepten nuestra amistad.
—¡Vete al infierno!
—¿Qué adelantáis con eso? —preguntó el pajeño—. No pretendemos haceros ningún daño…