Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– ¿Cree que se puede hacer? -me preguntó.
Fingí reflexionar profundamente sobre lo que acababa de oír y respondí por último:
– Sí, creo que sí.
Duer se frotó las manos y comentó:
– El problema será cómo desanimar a Pearson de intentar dirigir el asunto. La idea es brillante, pero ese hombre no sabría desarrollarla. Que se le haya ocurrido a él antes que a mí solo se debe a la más extraña de las casualidades.
– No tiene de qué preocuparse, señor Duer -le aseguré-. A Pearson le gusta dárselas de brillante, pero eso no es más que un farol y él lo sabe. Usted le hará hacer lo que quiera, convenciéndolo de que está haciendo lo que él quiere cuando, en realidad, lo sigue a usted como si lo llevara tirando del hocico. No tiene más que halagar su orgullo y él le proporcionará todo lo que necesite.
Duer me sonrió.
– Es usted una aguda observadora de la naturaleza humana. Detestaría sobremanera que fuese mi enemiga.
Tomé un sorbo de té sin decir nada. Tras la espalda de Duer, el señor Reynolds me dirigió una mueca de su rostro surcado de cicatrices y no pude evitar preguntarme si aquel individuo no habría estado influyendo en Duer, convenciéndolo de que dudara de mí. Por supuesto, solo era cuestión de tiempo que Reynolds o las circunstancias le demostraran a Duer que había cometido una estupidez al ser tan franco conmigo, pero estuve casi segura de que el momento no había llegado todavía.
Capítulo 34
Joan Maycott
Diciembre de 1791
La primera vez que reparamos en Ethan Saunders, que había de resultar un actor tan importante en los hechos que seguirían, el plan para adueñarse del Banco del Millón ya estaba en marcha. Desde que había trabado amistad con Duer, este y sus secuaces habían redoblado los esfuerzos para alcanzar una posición de control de los bonos al seis por ciento. Ahora, Duer tenía dos asuntos bastante importantes en marcha y una tarde, cuando me reuní con Pearson en su casa para hablar de ellos, fui yo quien planteó la cuestión por primera vez.
– En algún momento, estas actividades atraerán la atención de Hamilton, ¿no cree usted?
– Ah, eso no importa -respondió Duer-. Sabré ocuparme de él. Una palabra amable por mi parte y quedará satisfecho. Cuando se lo conoce, se aprecia enseguida que es más un can que un ser humano.
Duer y yo habíamos hablado en más de una ocasión de la necesidad que tenía Pearson de exagerar su propia importancia, pero Duer también era, con frecuencia, culpable del mismo pecado. Cuando surgía el nombre de Hamilton, aparentaba una intimidad con él y una capacidad de influirle de las que yo no había visto nunca la menor evidencia. Me preocupó este detalle, por encima de todo, pues si Hamilton descubría demasiado pronto las actividades de Duer, sería la ruina de este, pero el propio Hamilton saldría bien librado; tal vez no ileso, pero sí relativamente intacto.
– Creo que la señora Maycott tiene razón -intervino Pearson, oliendo la sangre de Duer. Ahora, estaba endeudado hasta el cuello debido a su participación en las maniobras de este e, imprudentemente, había tomado préstamos del Banco de Estados Unidos para continuar perdiendo dinero y que le quedara suficiente para invertir personalmente en la apertura del Banco del Millón. Se decía en la ciudad que incluso había empezado a vender parte de sus propiedades inmobiliarias y, si tales rumores eran ciertos, Pearson se encontraba en una situación más precaria de lo que yo pensaba y de lo que había sido mi intención. Si ahora se precipitaba en el abismo, no se me ocurría cómo salvaría a su esposa y a sus hijos, como no fuera dándoles directamente dinero del mío.
– La señora Maycott siempre es sensata -dijo Duer-, pero eso no significa que tenga razón.
– Hamilton lo ha invertido todo: su corazón, su alma, su reputación y su carrera, en el Banco de Estados Unidos y el sistema financiero americano -expuse-. No puedo creer que pase por alto unas actividades sospechosas solo porque tras ellas esté usted, William.
No llegué a decir lo que todos estábamos pensando, pero todos lo entendieron: durante la crisis que había seguido a la apertura del banco, Hamilton no había hecho caso del consejo de Duer, contrario a estabilizar el mercado, y había logrado calmarlo a expensas de los beneficios de aquel.
– Bien, ¿y qué puede hacer? -replicó Duer-. Puede pedir que paremos, pero no tiene ningún poder para imponérnoslo.
– Si conoce el plan con suficiente precisión, puede desbaratarlo -apunté.
– ¿Y cómo habría de enterarse de lo que planeamos? -preguntó Duer.
Fue Pearson quien pronunció el nombre, como si este fuese algo repulsivo, una píldora amarga que, alojada bajo la lengua, llenara toda su boca de un sabor vomitivo:
– Por Ethan Saunders.
– ¿Quién es? -pregunté. Hasta entonces, no había oído nunca aquel nombre.
– ¿Qué? ¿El Ethan Saunders de la guerra? ¿No lo expulsaron del ejército por traidor?
– Se licenció en circunstancias confusas, pero Hamilton prefirió no presentar una acusación oficial de traición. Era culpable y todo el mundo lo sabía, pero nadie se preocupó mucho del asunto. La guerra se acercaba a su final, pero Saunders era un protegido de Washington y de Hamilton, y no se me pasa por la imaginación que Hamilton no recurriese a él ahora. Lo he visto en la ciudad últimamente. Se ha vuelto bebedor y mujeriego, la clase de individuo que uno no puede tener delante sin sentir deseos de destruirlo.
– Entonces, parece improbable que Hamilton requiriera sus servicios -apunté.
Pearson me dirigió una larga mirada y debo admitir que me hizo sentir extraordinariamente incómoda.
– ¿Tiene que contradecirme siempre, señora? -preguntó.
– Estas cosas me conciernen -respondí, esforzándome por mantener un tono de voz calmado-. No hablamos de lo que tomamos para cenar la semana pasada, sino de lo que debemos hacer a continuación. No lo contradigo, señor Pearson, sino que participo.
– Sí, sí, es usted una mujer muy lista y todo eso -masculló él-. Pero debe recordar que yo soy un hombre y eso me hace más listo que usted. Usted, como mucho, es una muñeca de salón.
Duer se puso en pie y me miró como un chiquillo que necesitara ir a hacer sus necesidades y no supiera dónde.
– No quiero involucrarme en lo que debe de ser una disputa privada. Me disculpará un momento…
Viendo que me faltaban al respeto, lo único que deseaba Duer era ausentarse de allí para librarse de la incómoda situación.
Me obligué a dirigir una sonrisa agradable a Pearson. Mi expresión era radiante y llena de absoluta admiración y afinidad.
– No tenemos ningún desacuerdo -aseguré-. El señor Duer puede volver a sentarse y usted, señor, puede continuar. Aquí todos somos amigos.
Duer no me miró a mí, sino a Pearson y, viendo algo que le gustó, o que al menos le pareció conforme, retomó su asiento.
– Con su permiso -me dijo Pearson.
– Por supuesto -contesté con soltura.
Y, con esto, continuó como si no hubiera habido ninguna interrupción.
– Saunders no es el que fue, pero Hamilton recurrirá a él porque está aquí y porque tuvo fama de ser el espía más astuto de su tiempo. Yo estoy seguro de que no lo fue, pero es lo que se decía. Además, tiene una deuda con Hamilton porque este no presentó cargos contra él. Y Hamilton tendría que ser muy tonto para no emplear a un hombre que debe considerarlo el mayor de los benefactores.
– Entonces, ¿qué propone usted? -preguntó Duer, con un evidente esfuerzo por parecer relajado y natural. No quería que Pearson estallara también contra él.
– Me ocuparé de Saunders -dijo Pearson-. Resulta que hace menos de dos semanas lo vi salir de un local de mala fama con la esposa de un conocido mío. Un comentario susurrado al oído de ese hombre, Dorland, y él se ocupará de quitar de en medio a Saunders por nosotros. Y cuando haya huido o desaparecido de la manera que sea, Hamilton no tendrá ningún espía a su servicio. Si descubre nuestro plan, solo lo hará cuando sea demasiado tarde.