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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Es hora de irnos -le dijo a Nat, que se levantó para abrazar a Su Ling.

– No, voy con vosotros -afirmó Su Ling-. Nat no lo asesinó, pero yo sí lo hubiese hecho de haber tenido la más mínima posibilidad.

– Yo también -declaró Tom con tono suave-, pero tengo que advertiros que cuando lleguemos al juzgado aquello será un circo. Poned cara de inocentes y no hagáis declaraciones, porque cualquier cosa que digáis acabará en la primera plana de todos los periódicos.

En cuanto salieron de la casa, se encontraron con una docena de periodistas y tres equipos de televisión que se limitaron a presenciar cómo entraban en el coche. Nat apretó con fuerza la mano de Su Ling mientras iban camino del juzgado y no se fijó en las numerosas personas que lo saludaban al verlo pasar. Cuando llegaron delante del juzgado después de un trayecto de un cuarto de hora, Nat se enfrentó en las escalinatas del edificio a una multitud mucho más numerosa que en cualquiera de los actos de la campaña.

El jefe de policía había previsto la situación y había enviado a una veintena de agentes para que controlaran a la muchedumbre y formaran un pasillo que permitiera a Nat y su grupo acceder al edificio sin verse asediados. No sirvió de nada, porque veinte agentes no eran bastante para contener a la horda de reporteros gráficos y periodistas que gritaban e intentaban retener a Nat y Su Ling, que se esforzaban por subir las escalinatas. Los micrófonos casi rozaban el rostro de Nat y las preguntas eran como una lluvia que los azotaba desde todos los ángulos.

– ¿Mató usted a Ralph Elliot? -gritó un reportero.

– ¿Retirará su candidatura? -chilló otro que casi le hizo tragar el micrófono.

– ¿Confirma que su madre era una prostituta, señora Cartwright?

– ¿Cree que todavía puede ganar, Nat?

– ¿Rebecca Elliot era su amante?

– ¿Cuáles fueron las últimas palabras de la víctima, señor Cartwright?

Consiguieron finalmente entrar en el edificio y vieron a Jimmy Gates que los esperaba al otro extremo del vestíbulo. El abogado acompañó a Nat hasta un banco junto a la puerta de la sala del juzgado y le explicó a su cliente cuál era el procedimiento legal.

– Su comparecencia no durará más de cinco minutos -le explicó Jimmy-. Dirá su nombre; a continuación, se le formulará la acusación y se le pedirá que diga cómo se declara. Después de declararse inocente, presentaré la petición de libertad bajo fianza. El estado pide una fianza de cincuenta mil dólares, que yo he aceptado. En cuanto acabe de firmar los documentos, será puesto en libertad y no tendrá que volver a presentarse hasta que se fije la fecha del juicio.

– ¿Cuándo calcula que podría ser?

– Normalmente se tarda unos seis meses, pero he solicitado que se agilice el procedimiento ante la proximidad de las elecciones.

Nat admiró el enfoque profesional de su abogado, al recordar que Jimmy también era el amigo íntimo y cuñado de Fletcher Davenport. Sin embargo, como cualquier otro buen abogado, pensó Nat, Jimmy comprendía muy bien el significado de los vasos comunicantes. Jimmy consultó el reloj.

– Es hora de entrar. Lo que menos nos interesa es hacer esperar al juez.

Nat entró en la sala llena hasta los topes y caminó lentamente por el pasillo en compañía de Tom. Le sorprendió cuántas personas le tendían la mano e incluso le deseaban buena suerte, algo que parecía más propio de un mitin político que de un juicio por asesinato. Cuando llegó a la barandilla de madera que separaba a los implicados del público general, Jimmy le abrió la puerta. Luego guió a Nat hasta la mesa de la izquierda y lo instó a sentarse a su lado. Mientras esperaban a que llegara el juez, Nat miró al fiscal del estado, Richard Ebden, un hombre a quien siempre había admirado. Sabía que Ebden sería un adversario formidable y se preguntó a quién le recomendaría Jimmy para su defensa.

– Todos de pie, preside el señor juez Deakins.

El procedimiento que le había explicado Jimmy se desarrolló al pie de la letra y se encontraron de nuevo en la calle al cabo de cinco minutos, donde tuvieron que enfrentarse una vez más a los mismos periodistas que formulaban las mismas preguntas sin obtener respuesta en esta segunda oportunidad.

A medida que avanzaban entre aquella barrera humana para llegar al coche, Nat volvió a sorprenderse por el número de personas que querían estrecharle la mano. Tom aminoró el paso, consciente de que todo eso lo verían los votantes en las noticias del mediodía. Nat habló con todos los que le deseaban el mayor de los éxitos, aunque no supo qué responderle a uno que le dijo: «Me alegra que haya matado a ese miserable».

– ¿Quieres que vayamos directamente a tu casa? -le preguntó Tom cuando puso en marcha el coche, sin impacientarse con la densidad del tráfico.

– No. Prefiero que vayamos al banco y hablemos de este asunto en la sala de juntas.

La única parada que hicieron en el camino fue para comprar la primera edición del Courant después de oír cómo el vendedor gritaba: «¡Cartwright acusado de asesinato!». A Tom solo parecía interesarle la encuesta que había en la segunda página, donde Nat aparecía con una ventaja sobre Elliot de más de veinte puntos.

– A la pregunta de si deberías o no retirarte -repuso Tom-, un setenta y dos por ciento opina que debes continuar.

Tom continuó leyendo los resultados del sondeo; hubo un momento en que levantó la cabeza bruscamente pero no hizo ningún comentario.

– ¿De qué se trata? -le preguntó Su Ling.

– Hay un siete por ciento que afirman haber estado dispuestos a matar a Elliot, si tú se lo hubieses pedido.

Cuando llegaron al banco, les estaba esperando otro grupo de periodistas y cámaras de televisión; una vez más mantuvieron un estricto silencio. La secretaria de Tom se reunió con ellos en el pasillo para informarles de que la participación electoral estaba batiendo el récord, una clara señal de que los republicanos deseaban manifestar su opinión.

Se sentaron alrededor de la mesa de la sala de juntas y Nat abrió la discusión.

– El partido seguramente espera que me retire, independientemente de los resultados, y creo que será lo más indicado a la vista de las circunstancias.

– ¿Por qué no dejas que los votantes decidan? -preguntó Su Ling-. Si te dan un apoyo abrumador, continúa en la brecha, porque eso también ayudará a convencer al jurado de que eres inocente.

– Estoy de acuerdo -manifestó Tom-. Piensa en cuál sería la alternativa. ¿Barbara Hunter? Al menos no les hagas pasar por ese mal trago.

– ¿Qué opina usted, Jimmy? Después de todo es mi asesor legal.

– No puedo ofrecerle una opinión imparcial en este tema -admitió Jimmy-. Como bien sabe, el candidato demócrata es íntimo amigo mío, pero si tuviese que aconsejarle a él en las mismas circunstancias, y supiera que es inocente, le diría que se mantuviera firme en la lucha.

– Supongo que también es posible que el público elija a un muerto. En ese caso, solo Dios sabe lo que podría pasar.

– Su nombre seguirá figurando en las papeletas -dijo Tom- y si gana las elecciones, el partido puede elegir a cualquiera para que lo represente.

– ¿Lo dices en serio? -preguntó Nat.

– Completamente en serio. En la mayoría de los casos designan a la viuda del candidato y me atrevería a decir que Rebecca Elliot estaría muy dispuesta a ocupar su lugar.

– Por otra parte, si a usted lo condenan -intervino Jimmy-, la mujer contará con el voto de la simpatía a la hora de ir a las urnas.

– Vamos a otro tema más importante -dijo Nat-. ¿Me ha conseguido un abogado para que se encargue de mi defensa?

– Tengo a cuatro en cartera -respondió Jimmy, y sacó un grueso legajo del maletín. Buscó la primera página-. Dos de Nueva York, ambos recomendados por Logan Fitzgerald, uno de Chicago que trabajó en el caso Watergate, y el cuarto de Dallas. Este solo ha perdido un caso en los últimos diez años, y se debió a que su cliente filmó el asesinato en vídeo. Tengo la intención de llamarlos a los cuatro esta misma tarde para saber si alguno de ellos está disponible. A la vista de que este caso tendrá una gran repercusión pública, creo que todos ellos dirán que sí.

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