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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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Erica reflexiona por unos instantes.

– No…, ¡quiero hablar con él! ¡Esta noche me siento en forma!

– Pero ¿qué vas a hacer?

– ¡Quiero darle las gracias por la buena nota que me ha puesto en el examen!

Y sin añadir nada más, Erica sale de detrás de la columna y se adentra en la sala. Se abre paso entre la multitud hasta llegar delante del profesor Giannotti, que está bailando un poco rígido, intentando seguir el ritmo y desplazando el peso de un pie a otro.

– ¡Buenas noches!

Giannotti entorna ligeramente los ojos para verla.

– ¡Ah! Es usted, señorita. ¿Cómo le va? ¿Se divierte?

Erica baila lo mejor que puede intentando que sus movimientos sean sensuales y fluidos.

– ¡Pero, profe, tutéame! ¡Estamos en una fiesta! ¡Somos libres! Me llamo Erica, ¿te acuerdas?

Él asiente con la cabeza.

– Sí, me acuerdo, hiciste un examen conmigo hace poco y ahora estás en otra de mis clases. Te veo siempre sentada en primera fila, tomando apuntes muy atenta.

– ¡El mérito es tuyo! ¡Eres muy bueno! -le dice sin dejar de bailar delante de él.

Al cabo de unos minutos se acerca a su oído.

– ¿Quieres beber algo? ¡Voy a buscarlo!

Marco Giannotti la mira.

– Pero nada de alcohol…

Erica sonríe maliciosa.

– Pero si nos tomamos un gin-tonic no pasa nada, ¿no? -y se aleja sin darle tiempo a protestar.

Olly observa la escena desde lejos. Sacude la cabeza y se une a Niki y a Diletta, que están charlando en un rincón.

– ¿Sabéis que Erica está tratando de ligar con su profesor?

Olly les señala el centro de la sala.

– Ahí está, bailando con él…

– Pero ¿qué pretende hacer?

– Y yo qué sé… Ha dicho que quería darle las gracias por la nota del examen, pero por la forma en que se mueve tengo la impresión de que la cosa no quedará ahí…

Mientras tanto Erica ya ha pedido dos gin-tonic en el improvisado bar y ahora está cruzando de nuevo la pista en dirección a su profesor.

Cuando llega a su lado le tiende uno de los dos vasos y lo invita a brindar con un gesto. Él la mira estupefacto. Después alza el vaso a su vez y brinda con ella. Pasados unos minutos se alejan de la pista y se sientan en unas sillas de madera. Hablan. Bromean. Giannotti es realmente divertido. Tiene unas salidas muy ocurrentes, y ella se ríe y lo mira con admiración.

– Bueno, Erica, la verdad es que estás muy bien… No me había dado cuenta… -le dice al oído.

Ella se estremece ligeramente. Se aparta y lo mira. Le sonríe. Él le devuelve la sonrisa. Y de pronto sucede algo entre los dos. De nuevo. Indefinido. Diferente. La mirada se prolonga. Siguen unas cuantas palabras. Él se levanta y ella lo sigue. Olly los observa mientras se alejan. No es posible… Se está marchando con él… Y tiene un extraño presentimiento.

Ciento doce

Niki lee otra vez el mensaje: «¿No crees que ya va siendo hora de que pagues la apuesta?»

Su corazón se acelera. No. No es posible. Guido. Justo ahora, justo esta noche me manda este mensaje. Sin duda es cosa del destino. Niki se apresura a responderle: «Sí, tienes razón. Nos vemos en la universidad dentro de media hora.»

Se quita de inmediato el vestido azul de mujer mayor y, con él, unos cuantos años, rejuvenece y se siente más libre que nunca. Se pone un par de vaqueros oscuros, unas zapatillas de media caña, una camiseta con una cremallera y unos bolsillos delante, una gorra, una bufanda, y una cazadora encima.

– Adiós…, ¡voy a salir! -se despide de sus padres mientras sale de casa y cierra la puerta a sus espaldas-. Volveré tarde…

Baja corriendo la escalera escapando de la gravedad de los días pasados, de la infinidad de decisiones, de los invitados, de la fiesta, del vestido, de las hermanas, de él… Y de todas esas responsabilidades. Más ligera que nunca.

Niki sube al coche, enciende la radio y parte a toda velocidad. Baila escuchando a Rihanna, Don't Stop the Music, alegre, siguiendo perfectamente el ritmo, ladeándose completamente al doblar la curva. Pero cuando se incorpora siente un desfallecimiento, le falta el aliento, se asusta. Frena y se arrima a la acera. Le vuelve a la mente el sueño que se interrumpió a la mitad. Caminaba tranquila por la Isla Azul y de repente veía que alguien llegaba. Se acercaba a ella risueño. Y sí, ahora lo recuerda con toda claridad. Era Guido. Niki detiene el Micra en la explanada de la universidad y apaga el motor. Mira alrededor. No ve a nadie. Debería haber llegado ya. Quizá también esto sea una señal del destino. Me voy. Pero justo cuando está a punto de volver a poner el coche en marcha una moto se para a su lado. Su moto. Guido tiene una sonrisa preciosa. Y un segundo casco bajo el brazo. Niki baja la ventanilla.

– Hola.

– Hola, Niki… ¿Prefieres ir en moto o en coche? Si quieres tengo el familiar, sólo debo quitarle las tablas de surf de encima…

Ella sonríe.

– En moto me parece bien.

Se apea del Micra y lo cierra con llave. En la plaza hay un extraño silencio, no pasa nadie, ni un autobús, ni un coche, ni un solo joven. Al alzar la mirada Niki ve en el cielo la luna escondida tras unas nubes ligeras, que parecen querer ocultarle algo, pese a que la noche es magnífica. Por unos instantes vacila. ¿Adónde vas? No vayas, vuelve a casa, ésta no es la solución. Casi se responde a sí misma. Lo sé, pero tengo ganas. ¿Ganas de qué? De todo. De libertad. Y casi se siente atemorizada de esos pensamientos. De lo que no puedo hacer en estos momentos. Después mira a Guido, que en esos instantes le está pasando el casco, y se tranquiliza. Sí. No es la solución, pero no pasa nada porque salga con él. Ya, Niki, pero ¿qué va a suceder? ¡No lo sé! Y no quiero pensar en eso ahora. Por favor…, no más preguntas.

Aunque Guido le hace una bien sencilla:

– ¿Adónde quieres ir?

Niki sube detrás de él en la moto.

– A donde sea. Quiero perderme en el viento…

Él se queda desconcertado. Luego sus miradas se cruzan y basta un instante. En esos ojos ve a la mujer, a la niña anhelante de libertad a la rebelde, a la frágil, a la fuerte y a la aventurera. Pasión y vida en una mirada sostenida, que casi lo asusta. Después la Niki de siempre esboza una dulce sonrisa.

– ¿Vamos? -le pregunta.

Y en un segundo se pierden en el viento, como ella quería. La moto corre veloz a orillas del Tíber, serpentea sin problemas entre el tráfico molesto y entre unos autobuses repletos de pasajeros a los que transportan lentamente, encontrando todos los semáforos en verde, tan libre como sus pensamientos. Niki se abraza a Guido, que acelera en la noche, se apoya en su espalda y permanece inmóvil, contemplando todo lo que pasa por delante de sus ojos, ese extraño cuadro ciudadano, los reflejos de las luces, los bares que cierran sus puertas y los transeúntes en las paradas de los autobuses. Luego recuerda algo y se yergue en el asiento. Escarba en su bolso, lo encuentra y lo mira. Ninguna llamada. Apaga el móvil. Bah. Como si hubiese cortado ese último hilo sutil, como una goma elástica que se acorta tras haberse roto. Definitivamente libre ya, se apoya de nuevo en Guido, lo abraza con más fuerza y se deja llevar por esa moto que, siempre más rápida, la aleja de todo y de todos.

Ciento trece

Un poco más tarde. Viale Ippocrate, 43. Sahara.

– Mira, se hace así… -Guido mete las manos que acaba de lavarse en la comida y empieza a llevársela a la boca-. Los africanos comen así. Esto sí que es verdadera libertad… ¡Comer con las manos! -Sigue cogiendo el arroz con la punta de los dedos y lo mezcla con una óptima carne roja, condimentada con pimienta y especias, y con unas alubias oscuras. Sonríe y la extraña cuchara humana efectúa su recorrido-. ¡Prueba! ¡Prueba tú también!

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