Perdona Pero Quiero Casarme Contigo
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
Cristina pone los ojos en blanco y corre a coger el móvil. Busca apresuradamente el número en la agenda. Aquí está. Tecla verde. Tono de llamada. Varios de ellos.
– Dígame…
– Hola, Susanna… ¿Se puede saber qué has hecho? -se lo pregunta en tono enojado.
– ¿Qué he hecho? -Susanna se ha quedado estupefacta.
– ¡Venga! ¡¿Le has dado a Mattia mi dirección?!
– ¡Sí! ¿Y qué?
– ¿Cómo que y qué? ¡Cómo has podido hacer una cosa así! ¡Ahora sabe dónde vivo! ¡Incluso le has dicho mi apellido! A saber qué pensará…
– Oh, calma, calma… ¿Qué quieres que piense? ¡No es un psicópata! Anoche te divertiste, tú misma me lo dijiste, hablasteis todo el tiempo, y hoy en el gimnasio Davide me ha dicho que a Mattia le gustaría volver a verte, sólo que tú no le habías dado tu dirección… ¡De manera que lo he hecho yo!
– ¡Ah, muy bien! ¿Y si yo no quería?
– ¿Por qué? ¿Quieres decir que no te gustó?
– ¡Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?!
– ¡Ya lo creo que tiene que ver! Te ha gustado, así que no le des tantas vueltas y disfruta el momento. ¡Hablamos! -Susanna cuelga el teléfono.
Cristina contempla pasmada el aparato. ¡Mira ésta! Le da mi dirección al primero que pasa sin que yo me entere. Coge un jarrón de cristal, lo llena de agua, quita el papel del ramo y lo coloca dentro con esmero. Hay que reconocer que es precioso…, ha sido muy amable. Hacía mucho tiempo que nadie me regalaba flores. Y yo en seguida he pensado mal. Sin disfrutar del momento, como dice Susanna. Es cierto. Me he convertido en una persona seca y desconfiada. Hace algunos años, un gesto como éste me habría hecho enloquecer de alegría. Vuelve a leer la tarjeta. Biiip. El móvil. Un sms. Cristina lo abre. Es de Susanna: «Dado que te has enfadado tanto, te diré otra cosa: ¡le he dado también tu número de móvil!»
Cristina no se lo puede creer. ¡Está como una cabra! Antes de que pueda seguir pensando, suena el teléfono. Un número desconocido. Cristina responde.
– ¿Hola?… -Es una cálida voz masculina. La reconoce. Es Mattia. No es posible.
– Ah… Hola…
– Hola, Cristina…, ¿has recibido mi regalo?
– Sí, es precioso, gracias.
– ¿Sabes? No acababa de decidirme con las flores… Hablé mucho con la florista, le describí tu belleza, le dije que eres simpática, y al final me dijo que las rosas rojas eran perfectas… -Después bromea-: Cada una de ellas parecía hablarme de ti.
Cristina se echa a reír y siguen charlando un poco.
– Venga, ya que nos divertimos tanto…, paso a recogerte dentro de un rato y salimos juntos. Pero esta vez los dos solos, ¿eh?
Cristina vacila por unos instantes, pero luego recuerda las palabras de Susanna: «Disfruta el momento.»
– Está bien, te espero. ¿Te parece bien dentro de una hora? Tú eliges el sitio…
– Perfecto. ¡Hasta luego!
Cristina cuelga. Se precipita hacia el cuarto de baño, se ducha y a continuación se arregla sin pasar por alto ni un solo detalle. Se pinta las uñas, se pone un par de preciosas medias de liga, un conjunto de ropa interior muy mono y, encima, un vestido negro. Empieza a peinarse. Llaman a la puerta. Cristina corre a abrir.
– Llegas antes de tiempo…
Cristina no se lo puede creer. Flavio está frente a ella. La encuentra guapa, bien vestida, lista para salir. A continuación mira a sus espaldas y ve el ramo de flores en el jarrón. Y de repente lo entiende. Querría decirle algo. Que está preciosa. Que es una lástima que rompan así. Que quizá… Y mil cosas más* Siente miedo de volver a perderla. Más aún. No sabe quién le ha mandado esas flores. Si la quiere. Si ella lo quiere a él. Además, ¿con qué derecho te lo pregunto? ¿Qué nos une en el fondo? Ni siquiera tenemos hijos en común. No es como en el caso de Pietro. De manera que, sin decir nada, la mira por última vez a los ojos, sacude la cabeza y se va.
Ciento ocho
– ¿Estás lista?
Niki se mira al espejo. Le entran ganas de echarse a llorar. No le gusta nada ese vestido de novia, y ya es el décimo que se prueba.
– Venga, Niki… Sal del probador para que podamos verte…
Genial, ahora se entromete incluso su madre. ¡Como si no bastase con esas dos! Hoy ha querido acompañarlas y la carga es aún más insoportable.
– ¡Voy en seguida!
Niki se pone la diadema en el pelo y deja caer el velo hacia adelante. Si tengo que hacer las pruebas, al menos las hago bien. De manera que coge el ramo compuesto de rosas blancas y de unas delicadas florecitas malvas y abre la puerta del probador. Simona está sentada entre Margherita y Claudia esperándola con impaciencia. Cuando la ve salir no puede por menos que llevarse las manos a la boca.
– Oooh… Mi hija, mi hija se casa -dice, como si sólo en ese momento se diese cuenta por primera vez, quizá debido a la belleza única y absoluta del vestido. De repente se echa a llorar-. ¡Estás guapísima, cariño!
– ¡Pero qué dices, mamá! ¡Con este vestido parezco una mujer del siglo XIX! Mira qué mangas, mira cómo se hinchan en los hombros, y el escote bordado… ¡Ni hablar! ¡Creía que aquí encontraría algo más moderno!
Simona sacude la cabeza sin apartar las manos de la boca; tiene los ojos anegados en lágrimas, que, indecisas, no acaban de decidirse a resbalar por sus mejillas.
– Estás preciosa…
– Pero ¿es que sólo sabes decir eso, mamá? ¡Mira cómo me queda
la cintura! ¡No es mi estilo! ¡No es lo que quiero!
Margherita y Claudia se miran sorprendidas.
– Lo siento, pero nosotras estamos de acuerdo con tu madre…
– Sí, sí… -corrobora Claudia.
– ¡Del todo de acuerdo! Quizá porque no puedes verte desde fuera, pero es como dice ella. Estás guapísima…
Margherita se echa a reír y remacha añadiendo un nuevo argumento:
– ¡Si Alex pudiese verte ahora, se casaría contigo dos veces!
– El problema es que quien se casa soy yo, y una sola vez. ¡Espero! De manera que este vestido no me gusta en absoluto, es el peor de todos, al menos los otros eran menos…
– ¿Menos…? -pregunta Margherita.
– Menos… -Niki no atina con la palabra, pero la dueña de la tienda, Gisella Bruni, le echa un cable.
– Abultados.
– ¡Eso es! -Niki sonríe aliviada-. Sí, menos abultados.
Gisella coge del brazo a Niki.
– Ven conmigo, vamos a buscar otras soluciones -y se la lleva robándosela a las hermanas de Alex y a Simona, su madre, pero dedicándoles una sonrisa y un guiño antes de salir, como si les dijese: «No se preocupen, sólo está un poco nerviosa y estresada»-. Ven conmigo, querida, yo te encontraré el vestido que te conviene.
Margherita, Claudia y Simona se miran y exhalan un suspiro de alivio. Simona se enjuga las lágrimas con el pañuelo que acaba de pasarle Margherita.
– ¡Estaba tan guapa con ése!
Claudia le sonríe.
– No se preocupe. Gisella tiene mil recursos. Tarde o temprano encontrará el más adecuado.
Margherita interviene:
– Niki es tan mona que poco importa el vestido que se ponga, estará bien de cualquier manera.
Simona se siente halagada.
– Sí… Gracias.
Claudia se sirve un poco de té.
– Es la verdad. ¿Le apetece un poco, señora?
– Sí, gracias… -Claudia le sirve en otra taza-. El problema es que tiene que gustarle a ella, porque a veces, si no te encuentras bien contigo misma, quiero decir, con el vestido que has elegido, acabas agobiándote en la velada o la fiesta a la que vas… ¡Piensas que te ves horrible y estás incómoda todo el tiempo!
Margherita se encoge de hombros riéndose.
– Recuerdo cuando me preparaba para mi boda… estaba tan histérica que lloraba cada dos minutos.