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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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Al principio Cristina la retira, pero luego se relaja y acepta el gesto.

Mattia le sonríe.

– ¿Quieres algo más? ¿Tal vez un postre?

– Si tienen crema catalana, sí… ¿Y tú?

– No, por Dios… Te habrás dado cuenta de que sólo he pedido un filete y una ensalada. Sigo una buena dieta para estar en forma. Disociada. Jamás como hidratos de carbono para cenar. ¡En cambio, veo que tú tienes un buen saque!

Cristina lo mira.

– Sí, me gusta comer bien.

– Te lo puedes permitir, tienes una figura perfecta. Además, a las mujeres que les gusta comer también les gusta gozar… -la mira con aire malicioso.

Cristina, azorada, busca al camarero con la mirada para salir del apuro y lo llama.

– Perdone…

– Sí…

– ¿Tienen crema catalana?

– Por desgracia no, pero tenemos sorbete, tarta de almendras, tartufo de chocolate blanco, tiramisú y profiteroles…

– Mmm…, en ese caso, no, nada de dulces. Dos cafés, por favor.

– Perfecto. -El camarero se aleja y desaparece detrás de la barra del bar.

– ¿Te ha decepcionado el que no haya crema?

– Un poco… La crema catalana me encanta…

– Bueno, trataré de remediarlo -le aprieta aún más fuerte la mano.

Cristina hace una mueca cómica. No me lo puedo creer. ¿Lo estoy haciendo de verdad? Estoy aquí con un chico estupendo que incluso me cae bien, que me dice cosas preciosas y al que le gusto. Y estamos a punto de salir de este restaurante y quizá…

El camarero les lleva los cafés. Cristina y Mattia se lo beben de un sorbo. Después él se levanta y va a pagar la cuenta. Varios minutos después se encuentran en el coche.

– ¿Te apetece que antes de llevarte a casa te enseñe la mía? No queda lejos de aquí, está en la zona de Campitelli. Es un piso que me dejó mi abuela, vivo en él desde hace dos años. Me gustaría ofrecerte algo de postre… -dice Mattia, y se echa a reír.

Cristina parece un poco perpleja.

– Lo digo en serio, ¿eh? Tengo una tarta de crema en la nevera. Sólo me he comido un pedazo.

Cristina sonríe.

– Está bien, de acuerdo…, con tal de que no se nos haga demasiado tarde.

– Te lo prometo. Mira, doblamos aquí y ya casi hemos llegado.

Ciento diez

Niki está delante del espejo, todavía muy cabreada. ¡No me lo puedo creer! ¡No me lo puedo creer! Coge el móvil y lo arroja contra el armario. Después se sienta frente a su escritorio con las manos en el pelo, que le cae por la cara, y empieza a llorar cansada, agotada, exhausta. Justo en ese momento, después de unos anuncios, empieza a sonar en la radio la canción She's the one. Su canción. La de Alex y ella, la del día en que se vieron por primera vez. El del accidente. Y de nuevo le parece todo absurdo. Tengo veinte años y estoy aquí desesperada por culpa de la persona con la que voy a casarme, que prefiere ir a Milán para una reunión con unos americanos desconocidos antes que pasar la noche conmigo, justo ahora que lo necesito tanto, que se lo he pedido, que desearía tenerlo a mi lado más que nunca. ¿Y él qué hace? Pues le importa un comino y se marcha sin más, como si eso no supusiera un problema, como si lo que le he dicho no fuera importante. Niki se acerca a la radio y cambia de emisora mientras la canción de Robbie Williams dice: «Cuando dices lo que quieres decir, cuando sabes cómo quieres jugar, te sientes tan alto que casi te parece volar…» Pone otra. «Y tú, que sueñas con escapar…, con irte muy lejos, lejos, ir lejos, lejos.» Poster, de Baglioni. Eso es. Es justo lo que necesito en estos instantes, me hace falta huir, marcharme cuanto más lejos mejor, un año a Inglaterra, a estudiar inglés, sin móvil, sin dejarle mi dirección a nadie, pum, desaparecer. Sería magnífico, me sentaría de maravilla. Se lleva la palma de la mano a la frente, a los ojos, y después exhala un hondo suspiro intentando relajarse. Segundos después, Jovanotti canta en la radio: «Dulce no hacer nada, dulce posponer, balancear los pies contemplando cómo gira el mundo, ir, ir, esperar dulcemente la hora de comer, mirar cómo crece la hierba, cómo se evapora el agua, tranquilamente, a la sombra, dejándose acariciar por una brisa fresca, redondear las pompas de pensamientos que estallan en el aire apenas se hacen demasiado serios o demasiado graves, estar ligeros, transformar las horas en meses como una hoja arrastrada por la corriente de un río, dulcemente vencidos, sin, estar así…» Niki sonríe. Siempre le ha gustado esa canción, quizá porque habla de rebelión y de independencia, de grandes espacios remotos. En ese momento oye un bip en el teléfono. Claro. Se siente culpable y como le he colgado dos veces me ha mandado un sms. Si piensa que puede resolver las cosa de este modo, va listo. Niki coge el aparato y abre el mensaje. Pero la vida es así. Cuando menos te lo esperas, cuando has dejado de pensar en algo, cuando no sabes que ése es el momento adecuado, algo sucede. Al leerlo se ruboriza.

Ciento once

Olly está bailando en medio del pasillo. Las Olas se han desperdigado aquí y allá. La fiesta de la facultad ha salido a pedir de boca, el disc-jockey es muy bueno. Es ya muy tarde. Han acudido un montón de personas, algunas han salido a la terraza a fumar o a beber. Olly se relaja, sigue el ritmo, sonríe. Trata de no pensar en Eddy, en lo difícil que es su carácter. Y, sin embargo, también es capaz de enseñar a tener paciencia y a creer de verdad en lo que se hace. Después recuerda a Simone. El modo en que la salvó ese día, de una forma tan espontánea, trabajando con ella durante cuatro horas ininterrumpidas. Y también en el día en que se cruzó con él en el patio de Chris. A saber si intuyó algo. Luego en Giampi. No ha vuelto a llamarlo, pese a que reconoce lo mucho que se equivocó mostrándose tan celosa. La música sigue sonando. Olly se mueve como si ejecutara una danza tribal que libera la mente, que relaja sin necesidad de pastillas y de ayudas externas; sin artificios, sólo la canción y ella. Miles Away, de Madonna, y su nueva felicidad por haber logrado un resultado importante, por haber aprendido una lección y por haber encontrado un amigo. Un verdadero amigo.

Los estudiantes siguen bailando en los pasillos y en las salas de la facultad. La música es actual, los mejores éxitos de las listas de pop y disco. Erica rodea una columna y se esconde.

– ¿Qué haces? -le pregunta Olly.

– Chsss… No me lo puedo creer. ¡Ha venido!

– ¿De quién estás hablando?

– ¡De él! -lo señala con el dedo intentando permanecer escondida.

Olly se inclina y mira alrededor, pero no divisa a nadie conocido entre la multitud.

– Oye…, yo no veo a nadie en especial. ¿Me puedes decir de quién se trata? Pareces un agente de incógnito. ¿Qué es, un secreto de Estado?

Erica se inclina ligeramente hacia ella.

– ¿Ves a ese tipo alto, moreno, que está buenísimo y va tan bien vestido?

Olly sale de detrás de la columna y se pone de puntillas.

– No…, ¿qué haces? ¡Te va a ver!

– ¿Y qué más da? Si ni siquiera me conoce -replica sin dejar de mirar.

– Venga, mira…, ¿lo ves? ¡Mira, mira!

– ¿En qué quedamos? ¿Miro o no? Veo a un tipo alto…, ¡pero es viejo!

– ¡Qué viejo ni que ocho cuartos! Todavía no ha cumplido los cuarenta, ¡es como Alex!

Olly se vuelve y escruta a Erica.

– No será…, no me lo digas…

– Pues no te lo digo…

– ¿Es tu profesor?

Erica asiente, feliz.

– ¡Sí! ¡Es él! ¡Ha venido! ¿Lo entiendes? ¡Ha venido!

Olly lo vuelve a mirar.

– A mí no me parece gran cosa.

– ¡Porque desde que no tienes novio te has vuelto muy mordaz ¡Y no te das cuenta de las cosas!

– Bah. Lo que tú digas. En cualquier caso, ¿qué vas a hacer? ¿Quedarte escondida ahí toda la noche?

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