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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– ¿Qué sucede?

– Chsss… Mira, mira allí.

– ¿Dónde? -le pregunta ella en voz baja.

– Entre esos árboles. ¿Ves a esa mujer?

– Sí, ¿es una mendiga?

– No, es una mujer enamorada. La primera vez que la vi yo debía de tener unos dieciséis años. Ella había decidido venir a vivir aquí a pesar de que era rica y tenía numerosas propiedades. Cuando su marido la engañó, se volvió loca, perdió el juicio. Ama el amor más que nada en el mundo, de manera que ahora es ella la que se ocupa de. Keats, el único que jamás la ha decepcionado…

– No me lo creo, te lo estás inventando, es una leyenda…

– ¡Te lo juro! «Sin ti no puedo existir. Olvido todo lo que no sea volver a verte: mi vida parece detenerse ahí, no veo más allá. Me has absorbido.» Y todavía hay más: «Tú, novia intacta aún de la quietud, prohijada del silencio y de las lentas horas, selvático rapsoda, que prefieres un cuento florido…». Es de Keats. ¿No crees que una mujer loca de amor pueda haber elegido dedicar su vida entera a un poeta como él? ¿Qué puede haber más hermoso? Ella ha renunciado a las cosas prácticas, a la moda y a sus propiedades inútiles para recuperar aquí el sentimiento, para dedicarse con devoción a la poesía y al amor… Mira…

La mujer acaba de echar en unos platos la comida para los gatos, después se acerca a la tumba de Keats y pone a sus pies una pequeña flor, todavía fresca, y una vela. Lo hace con delicadeza y luego permanece allí, ensimismada, recordando un verso cualquiera, fiel al recuerdo de ese hombre que supo amar el amor. Los gatos la rodean poco a poco, giran en torno a ella, se frotan contra sus piernas, ronronean y levantan la cola. Más que el amor, lo que les hace felices es la comida, y esa sencilla mujer, ya anciana, los acaricia. Luego coge una silla plegable y se sienta delante de la vela, envuelta en su chal y ajena a toda prisa.

Niki aprieta el brazo de Guido.

– Vayámonos, por favor…

– ¿Por qué?

– Me parece un momento tan especial, algo suyo, personal, y a nosotros nadie nos ha invitado.

Guido asiente, y sin pronunciar palabra, igual que llegaron a ese prado verde, sus pasos se deslizan veloces por ese manto que reviste a los difuntos, famosos o no.

Suben de nuevo a la moto y vuelven a cruzar la ciudad, con calma, sin programas, en medio de una noche misteriosa que desaparece de repente como una elegante mujer objeto de la admiración y del deseo de todos en un baile abarrotado de gente. Poco a poco, entre ramas verdes, en la penumbra, ante el fluir del río, entre los ligeros reflejos de una luna escondida, dos cervezas chocan. Cling.

Guido le sonríe a Niki.

– Por lo que quieras… Por tu felicidad.

Ella le devuelve la sonrisa.

– Brindemos también por ti -dice, y bebe un buen trago de su Coronita.

Felicidad. Mi felicidad. ¿En qué consiste mi felicidad? Y poco menos que perdida en esa reflexión, sin límites, sin una realidad sólida, en silencio, da un sorbo tras otro a su cerveza hasta que se detiene. Permanece en silencio escuchando el ruido del Tíber.

Un trozo de madera, quizá la pequeña rama de un árbol, sobresale entre la espuma del agua, arrastrado por la rápida corriente, aparece, desaparece, baila entre las olas, se sumerge, sale de nuevo a flote y, con una repentina pirueta, cual ágil bailarín, prosigue con su danza y desaparece en la silenciosa música del río. Eso es. Así me siento yo. Como ese pedazo de madera en manos de las olas. Niki contempla el agua oscura asustada por la fuerza de la naturaleza, aún más por el momento que está viviendo. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué estoy ahora aquí? Y lo mira. Silencioso. Guido se está bebiendo su cerveza. Después, como si se sintiera observado, se vuelve lentamente y le sonríe.

– ¿Has pedido un deseo?

Niki asiente con la cabeza. A continuación baja la mirada. Él se acerca aún más a ella y se sienta a su lado. Se quita la cazadora y se la pone sobre los hombros.

– Ten. He visto que temblabas un poco. Hace frío. Es la humedad del río.

Niki alza la mirada y sus ojos se encuentran con los de él.

– Gracias.

Permanecen en silencio, sin sentirse cohibidos. Apurando sus cervezas.

– Eh, se me ha ocurrido una idea -Guido le sonríe en la penumbra.

– Dime…

– Es algo bonito. Metamos una nota en la botella y lancémosla al río, destinada al que lo encuentre, ¿te parece? Como en esa película… Mensaje en una botella, de Kevin Costner y Robín Wright Penn…

Esta vez es ella la que lo sorprende. Ella, a la que le encantó esa larga carta y que se la aprendió de memoria para no olvidarla jamás. Ella, que ahora se relaja, cierra los ojos y declama:

– «A todos los que aman, han amado y amarán. A los barcos que navegan y a los puertos de escala, a mi familia, a todos mis amigos y a los desconocidos: esto es un mensaje y un ruego. El mensaje es que mis viajes me han enseñado una gran verdad: yo he tenido ya lo que todos buscan y sólo unos pocos encuentran, la única persona de este mundo que estaba destinada a amar para siempre. Una persona rica de sencillos tesoros, que se hizo a sí misma y que aprendió por su cuenta. Un puerto en el que me siento en casa para siempre y que ningún viento o dificultad lograrán destruir jamás. El ruego es que todo el mundo pueda conocer esa clase de amor y que éste los sane. Si mi ruego es escuchado se desvanecerán para siempre todos los lamentos y las culpas, y se acabarán todos los rencores…»

– Sí -Guido está boquiabierto-. ¡Te acuerdas de todo! Sí, decía precisamente eso.

Niki no se lo puede creer. Es su película favorita. La ha visto infinidad de veces, el amor que sobrevive a la desaparición de ella… El amor más allá de la muerte. Eros y Tánatos. Y el hecho de que Guido haya mencionado justo esa película le hace sentir una punzada. Lo escruta y ve que ha arrancado una hoja de su Moleskine y está escribiendo algo. Observa su perfil, sus labios, sus rasgos firmes. ¿Es un muchacho? ¿Es un hombre? Su cuerpo robusto, tranquilo, protegido del viento de la noche por un suéter ligero. Su cintura estrecha. Sus piernas largas. Y, además, esa sonrisa.

– Ya está, ya lo he escrito. Te lo leo: «A ti, que me has encontrado… Te grito amor, que tú puedas amar con una locura rebelde, con una pasión insana, que estas palabras sean para ti el comienzo de una temeraria felicidad…»

Niki guarda silencio, impresionada por la belleza de esas frases, por su importancia, por la increíble sintonía con lo que ella misma está experimentando. Siente algo nuevo. Tiene la impresión de haber superado un obstáculo, de haber rasgado un velo, de haber descubierto algo al doblar una esquina. Como esa canción que irrumpe repentina, que rompe el silencio y te turba. Y él está ahí. Guido. El mismo del primer día, el del desafío continuo, el de las ocurrencias fáciles, el de la respuesta siempre a punto. En ciertas ocasiones inoportuno, en otras no. De repente se siente muy cerca de él, en perfecta armonía. Como si estuviesen tocando juntos una canción que los demás no Pudieran oír. Y nadie se lo habría imaginado. Ni siquiera Niki.

– Son unas palabras preciosas.

– Me alegro de que te gusten. Ten, coge este folio y el bolígrafo: escribe una tú también.

– No… No me apetece.

– Venga. Es un juego, quizá le resulte útil a la persona que encuentre la botella, quizá la ayude a reflexionar sobre el momento que está viviendo…

Niki piensa por un instante. Guido la observa. Se miran fuga mente. Después, él ladea la cabeza.

– ¿Y bien?

Niki acepta al fin, conquistada por ese extraño juego.

– Dame el folio.

Guido se lo pasa risueño.

– Bien. Me alegro… -La contempla mientras ella busca inspiración en el cielo. Niki lo nota-. Venga, no me mires tanto, que así no se me ocurre nada.

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