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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Vale. En ese caso lanzaré mi botella mientras escribes.

Encuentra un trozo de rama del diámetro adecuado, dobla el folio, lo enrolla y lo mete dentro de la Coronita vacía. Acto seguido introduce el palo. Da unos golpecitos con la palma de la mano para encajarlo bien y luego lo parte por la mitad. Coge la botella con el nuevo tapón de madera improvisado y la suelta dulcemente en el río. El agua se la arrebata, casi se la arranca de las manos y se la lleva a toda prisa, veloz, rumbo a un destino desconocido. Entretanto, Niki ha acabado de escribir.

– Ya está -dice, enrolla el folio y lo mete dentro de la botella.

– ¿No me lo lees?

– No, me da vergüenza.

– Vamos… -Guido le sonríe y simula estar decepcionado-. Esto seguro de que es precioso.

– No lo sé. He escrito lo primero que me ha venido a la cabeza. Lo leerá el que encuentre esta botella.

Guido comprende que no debe insistir, que ella necesita su independencia, la posibilidad de elegir, y que el mero hecho de que haya decidido jugar con él ya es un gran logro. De manera que la ayuda a introducir otro trozo de rama a modo de tapón y a continuación se acerca con ella a la orilla del río para botar la segunda botella. Contemplan por un momento cómo sube y baja en el agua, el cuello desaparece de vez en cuando y vuelve a emerger en otro sitio, hasta que, por fin, se pierde en la oscuridad.

– Qué afortunado será quien lea tus palabras. A saber si será capaz de imaginar la belleza de su autora…

Niki se vuelve y ve que está muy cerca. Mucho. Demasiado. Los envuelve la penumbra de ese recoveco que se encuentra bajo la copa verde de un gran árbol. Las ramas más largas descienden sobre ellos formando un gran paraguas natural. Los protegen incluso del más simple rayo de luna. Están ahí, lejos de todo el mundo. Un viento ligero, más cálido, agita algunas hojas y el pelo de Niki. Ese mechón rebelde se desliza por su cara y se diría que traza sobre ella un bordado vacilante, un signo de interrogación, un rizo curioso que acaba su recorrido en el borde de la mejilla. Un silencio hecho de mil palabras. Sus miradas y esos ojos que sonríen serenos, conscientes de la belleza del momento. De ese instante que parece durar una eternidad.

Guido mueve la mano, la alza con delicadeza hacia su cara, aparta ese rizo rebelde y le acaricia el pelo. Sin dejar de mirarse, lentamente, sus bocas se aproximan con un movimiento milimétrico a la vez que se abren como flores en ese lecho del río. Esos labios rojos, esos delicados pétalos de dos jóvenes sonrisas, casi se rozan ya. ¿Niki? ¿Niki? Pero ¿qué estás haciendo? ¿Lo vas a besar? Y entonces, como si despertara de un dulce sueño, de una hipnosis imprevista, Niki vuelve en sí y casi se avergüenza de haber cedido lentamente, de la debilidad que ha demostrado en ese momento, de la loca, tonta y sencilla atracción humana. Mortificada, se retira y baja los ojos.

– Perdona, pero no puedo.

No, no quiero, piensa Guido. No, no me gustas. No, no te deseo. Sólo ha dicho que no puede. Como si en realidad quisiera, como si el deseo existiera, como si pudiera suceder algún día pero no ahora. Y entonces, sin prisa, sin irritación, esboza una sonrisa sencilla y ligera.

– No te preocupes. Te acompaño a casa.

En un abrir y cerrar de ojos, Niki se encuentra de nuevo en su moto detrás de él, atontada, confundida, desorientada, y el viento fresco del Lungotevere no basta para aclarar su mente y, sobre todo, su corazón. La moto avanza lentamente y, llegado un cierto momento, Niki siente que la mano izquierda de Guido, que ha soltado el manillar y ahora se apoya sobre la suya, la aprieta como si quisiera reconfortarla, evitar que se sienta perdida.

– ¿Todo bien? -Sus ojos se encuentran con los de ella, que lo espían risueños por el espejo retrovisor. Le gustaría transmitirle tranquilidad y confianza. Prosigue e insiste-: ¿Todo OK?

– Sí, todo bien.

Entonces sonríe y asiente serena con la cabeza. Recorren parte del trayecto cogidos de la mano, lejos ya de cualquier riña, broma estúpida o tomadura de pelo. Como si hubieran entrado en una nueva dimensión. Cómplices. Niki mira hacia abajo, hacia su pierna. Su mano estrecha la de Guido durante largo tiempo, inmóvil, casi en señal de rendición. Cómplices. Y no se siente culpable. En el fondo, ¿qué he hecho?, se pregunta. Y, sin embargo, sabe de sobra que está respirando un aire nuevo. Que está exhalando un suspiro prolongado, profundo y pleno. Cómplices; Jamás habría imaginado que podría estar así con otro. Otro. Otro. Casi tiene ganas de gritar esa palabra, hasta ese punto le parece extraña, absurda, ajena e imposible. Mira de nuevo su mano, está allí, sobre la suya, y le parece imposible. No obstante, es así. Entonces cierra los ojos, se apoya en su espalda y se deja llevar completamente rendida por las calles de esa extraña noche. Silencio. Ni siquiera se oye ya el ruido del tráfico. Silencio. Da la impresión de que la ciudad se ha quedado con la boca abierta. Y una lágrima rebelde le recorre la cara. Sí, es así. Soy cómplice. Sin apenas darse cuenta, se encuentra de nuevo frente a la facultad.

– Ya está, hemos llegado…

Niki se apresura a apearse de la moto y luego, sirviéndose del pelo para ocultar su cara, huidiza incluso consigo misma, se despide de él.

– Adiós… -y escapa sin darle siquiera un beso.

Corre hacia su coche y lo abre sin volverse. Pone en marcha motor y parte, conduce hasta su casa distraída. Cruza el portal y cierra a sus espaldas. Después llama el ascensor. Jadea y, desesperad intenta recuperar el equilibrio. Entra en el ascensor y, cuando se mi al espejo, le cuesta reconocerse. El pelo enmarañado tras el viaje moto, salvaje, rebelde a pesar del casco, y también su cara, tan diferente, los ojos divertidos, astutos, locos, animados por una sana y excesiva locura. Ese deseo de libertad, de rebelión increíble de todo y de todos, de no tener límites ni deberes, de pertenecer al mundo y a sí misma. Sí, sólo a sí misma. Entra en casa. Por suerte, todos duermen. De puntillas, se dirige a su habitación y cierra sigilosamente la puerta. Suspira. Saca el móvil del bolso. Lo coloca sobre la mesa y lo mira fijamente. Está apagado. ¿Me habrá buscado? A saber. Pero no quiero encenderlo ahora. No quiero enterarme. No quiero depender de nada ni de nadie. ¿Dónde estabas? ¿Qué has hecho? No lo sé. Sí, estaba con mis amigas. De repente se rebela también frente a eso. Frente a tener que engañarlo, que mentir. ¿Por qué? ¿Acaso no es mi vida? ¿Por qué debo mentir? ¿Por qué ya no tengo la libertad de ser yo misma? ¿A qué se debe que tenga que controlarme, limitarme, simular que no siento algo sólo porque «no es propio» de una mujer que está a punto de casarse? ¿En qué me estoy convirtiendo? Niki camina nerviosa por su dormitorio. Siente que un grito sofocado la llena, exige espacio y atención. Pero ¿qué estoy diciendo? Yo quiero a Alex, estoy con él, he luchado por él. Yo, que siempre he criticado ese modo de comportarse cuando lo veía en los demás, ¿qué estoy haciendo ahora? ¿Soy peor que ellos? Erica, Olly, mis compañeras del colegio, mis amigos del instituto. Cada vez que me contaban una historia como ésta disparaba sobre todo y sobre todos sin avenirme a razones. ¿Y ahora? Ahora soy una de ellos. Diría que aun peor, porque hasta he tenido el valor de hablar, de criticar, de juzgar, de reírme pensando que a mí nunca me sucedería algo parecido. Qué asco, decía, yo jamás podría hacer eso. Y en cambio ahora me encuentro en una situación así. Me siento indecisa, insegura, infeliz, veloz y radiante hacia un único él, encendiendo una vela a Dios y otra al diablo. Y al oír cómo retumba en su mente esa última frase, como un cañonazo, como un estruendo repentino, como un posible ataque a todo lo que ha construido hasta el día anterior, Niki deja de dudar. No tiene elección. Ya no. De manera que se acerca a la mesa donde estudió para la selectividad, donde ha llorado, sufrido y comprobado mil veces el móvil esperando en vano un mensaje suyo. Cuántos puñetazos le dio cuando rompió con Alex deseando que él volviera, que reconociera que se había equivocado, que le rogara que volviera con él, que le pidiera perdón. Aparta la silla. Cuántos días, cuántas lágrimas. Cuánta desesperación. ¿Y ahora? Se sienta en silencio. Ahora todo ha cambiado de nuevo. De manera que se aparta el pelo de la cara y se ve obligada a hacer lo que jamás se habría imaginado.

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