Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Muy bien -murmuré.
– Hábleme de Kyler Lavien -me dijo.
Aquello me hizo regresar a la conversación. Ignoraba cuánto sabían Freneau y los jeffersonianos de Lavien, pero, por poco que fuera, era mucho.
– ¿Quién? -Lo miré a los ojos e hice todo lo posible por parecer asombrado.
– No me haga parecer estúpido -replicó.
– ¿Cómo puedo yo intentar algo que la naturaleza ha plasmado con tanta perfección?
– ¿Incumple su palabra para proteger a un bribón como Hamilton? -Freneau se irguió en la silla.
– En cierto modo, le he tomado afecto a Hamilton -dije-. Descubro que es un hombre honrado y no contribuiré a que un chacal sediento de sangre como usted difame su nombre porque se niega a reconocer que Duer y él, por más amigos que fueran en otros tiempos, están ahora enfrentados. ¿Por qué no fomenta la causa de su republicanismo democrático con la verdad? Si no puede, es que tal vez no merezca ser fomentada.
Freneau prefirió actuar como si no me hubiera oído.
– Le he pedido que me hable de Lavien -dijo.
– No puedo contarle nada de una persona cuyo nombre escucho por primera vez. ¿Es el embajador francés? Tal vez Jefferson lo conozca por todo el tiempo que pasó en París, comprando vinos y muebles, mientras los demás librábamos una guerra.
– Lamento haberle contado nada -dijo Freneau con cara de pocos amigos. Los ojos le sobresalían-. Me gustaría recuperar mis palabras.
– Y a mí me gustaría que todos los niños del mundo recibieran flores hermosas como regalo. Ahora váyase, que es usted Un fastidio. No me moleste más.
– Lamentará haberme utilizado así -replicó Freneau.
– No creo -dije-. En realidad, creo que, cuando recuerde esta conversación, lo haré con placer. Ahora, váyase antes de que le pida a mi hombre que lo derribe otra vez.
Leónidas le sonrió y aquel gesto fue el argumento definitivo. El periodista se puso en pie, nos lanzó una mirada llena de resentimiento y salió de la taberna.
Había albergado la esperanza de que aquella noche encontraría a Pearson, pero mis planes se habían ido al traste. Aun así, no podía decirse que hubiese sido una velada desastrosa. En realidad, tenía todos los motivos del mundo para sentirme satisfecho de mí mismo y, con aquella idea en la mente, saqué los papeles que había cogido de la bolsa de Freneau y me dispuse a leer lo que tenía que explicar.
Capítulo 33
Joan Maycott
Otoño e invierno de 1791
De regreso en casa de Pearson, mientras su esposa intentaba caminar sin hacer ruido en el piso de arriba, yo me senté con él en la biblioteca. Me sirvió una copa de vino y me acomodé en un sillón mientras él lo hacía en el sofá, frente a mí. Yo tenía que interpretar un curioso papel, en parte niña, en parte espectadora, en parte seductora, y de pronto me sentí inquieta, pendiente de los ruidos que llegaban de la calle, del tictac del reloj de la estancia, del lejano ladrido de un perro. Di un sorbo al vino para enrojecer los labios y empecé.
Hablé del Banco del Millón, describiéndolo como uno de tantos que intentaban capitalizarse aprovechando la nueva locura del público por los bancos, sí, pero también mucho más. Si se daban las circunstancias adecuadas, podía convertirse en la institución financiera más poderosa del nuevo país. Solo necesitaba un liderazgo atrevido. Requería personas dispuestas a ver los tiempos en que vivían, tiempos de posibilidades ilimitadas en los que los hombres osados y astutos podían modelar el destino.
Pearson, que se imaginaba uno de tales hombres y que, efectivamente, me contemplaba los labios colorados del vino, estuvo pendiente de cada palabra mía, por lo que le dije que creía que un grupo de inversores relativamente reducido podía intentar hacerse con toda la oferta inicial de acciones, si lograba reunir dinero suficiente; a continuación, le sugerí que imaginara qué podía hacer una camarilla si, de pronto y con una inversión relativamente pequeña, se encontraba en posición de control de un banco.
Él dejó de mirarme los labios el tiempo suficiente para preguntarme cómo podría suceder tal cosa.
Le expliqué que, a mi modo de ver, un nuevo banco podía utilizar la euforia inicial que seguía a su apertura para apoderarse de otro más establecido, como el Banco de Nueva York o incluso -si eran hombres de verdadera audacia- el de Estados Unidos.
El señor Pearson apuró su copa y se sirvió otra. Durante un largo instante, miró por la ventana con aire ausente mientras movía los labios en silencio, como si mantuviera una larga y algo polémica conversación consigo mismo. Por fin, después de ganar, aparentemente, la discusión, se volvió hacia mí.
– ¿Y dice que ha decidido no plantear esto a Duer?
– No quiero forzarlo recurriendo a nuestra amistad. Él me pide consejo, sí, y valora mi opinión, pero no me parece correcto ofrecerme a dirigir sus asuntos.
– Seamos sinceros, señora Maycott. Ese no es el motivo, ni mucho menos. Creo que va siendo hora de que sea franca conmigo.
– ¡Señor! -protesté, preguntándome qué había hecho para ponerme en evidencia. ¿Me había vuelto demasiado laxa en mi impostura? ¿Tener un éxito tras otro me había llevado a bajar la guardia?-, si tiene alguna reserva acerca de lo que le cuento, es muy libre de hacer caso omiso de ello. Le recuerdo que fue usted quien quiso hablar conmigo.
Pearson soltó una risotada estentórea que sonó forzada, casi desquiciada.
– Usted me lo cuenta porque entiende cómo son las cosas. El éxito de Duer no es más que chiripa, pero yo he tenido que edificar mis logros ladrillo a ladrillo. Él no es más que un especulador, pero usted reconoce a un hombre con visión cuando lo tiene delante.
En aquel momento, sentí que pisaba terreno resbaladizo, de eso no cabía duda, pero al menos no era yo el objeto de su suspicacia. Disimulé el sonido de mi suspiro de alivio.
– Me une una buena amistad con el señor Duer y tengo el mayor respeto por sus éxitos.
– Por supuesto, por supuesto. -Volvió a reírse, aunque esta vez no sonó tan perturbado, y levantó la mano, agitándola en el aire-. Sin embargo, cada hombre tiene un talento diferente y no todos pueden ser visionarios. No todo el mundo alcanza a ser tan osado como para ver lo que resulta invisible a los demás.
– En esto tengo que darle toda la razón. ¿Puedo deducir, pues, que usted considera que lo que le he contado podría ser factible?
– Creo que sí. Solo requiere de un hombre que posea los medios y la ambición necesarios.
– Requiere algo más, por supuesto. Requiere capital, y en este país solo hay un puñado de hombres que tengan el suficiente para embarcarse en un proyecto así. Y, si entiendo bien cómo están las cosas, solo hay uno que cuente con los medios precisos y que pudiera estar dispuesto a intentarlo.
– Hablaré con Duer.
Como yo conocía muy bien el valor de un efecto teatral, dije entonces:
– En ese caso, no debe mencionar mi nombre. Yo no le planteo directamente al señor Duer lo que pienso porque temo que no me tome en serio, pero si usted le revela que la idea procede de mí, tal vez se pregunte por qué no he confiado en él. Tiene que ser un secreto entre nosotros.
– Pero ¿qué gana usted si yo me llevo el mérito por su idea?
– Gano la satisfacción de sentirme perspicaz.
Varios días después, mientras compartimos mesa en la taberna de la City, Duer me expuso lo que él creía que era el plan de Pearson. Su tono de voz era extrañamente neutro y me pregunté si acaso había caído en una trampa. ¿Sabría Duer que había estado engañándolo? Sin embargo, ya no podía echarme atrás y le escuché mientras me describía en toda su gloria directa y contundente, desquiciada, la intriga del Banco del Millón que yo misma había perfilado.