Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Los rebeldes de Filadelfia
Los rebeldes de Filadelfia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
1 ... 100 101 102 103 104 105 106 107 108 ... 144
Перейти на страницу:

– Lleva tiempo siguiéndome -le dije a Burr-. ¿Tiene idea de por qué?

– Supongo que creerá que usted puede llevarlo a un reportaje para su periódico y, si es para su periódico, debe de ser algo que deje a Hamilton en mal lugar.

– ¿Conoce a ese hombre? -inquirí.

– No muy bien, pero lo conozco un poco. Hemos tenido unos cuantos encuentros sociales.

– ¿Es un hombre atlético? -pregunté-. ¿Posee coraje?

– Que yo haya visto, no -respondió Burr.

Miré a Leónidas.

– Bien -dijo este.

Al poco rato, él señor Burr se excusó y se marchó. Leónidas y yo agasajamos a otros especuladores que querían beber clarete y que dejaron caer algunas insinuaciones más sobre el Banco del Millón, pero no aparté los ojos del señor Freneau, el de la cara de sapo. Cerca de las ocho, se marchó del local, y Leónidas y yo lo seguimos. No había ninguna garantía de que su camino pudiera brindarnos una oportunidad, pero resultó que las calles estaban tranquilas y mal iluminadas, por lo que no fue difícil encontrar la ocasión.

Nos acercamos a él en silencio por detrás y Leónidas echó el hombro hacia delante y le dio un buen golpe en la espalda. Leónidas retrocedió -los hombres se indignan más cuando descubren que los ha derribado un negro- y yo me adelanté unos pasos y ocupé su lugar.

– Le pido perdón -dije, recogiendo la bolsa que el señor Freneau había dejado caer como resultado inevitable del golpe, expertamente dirigido, que le había propinado Leónidas. Estaba oscuro, por lo que me resultó fácil hurgar en su interior, sacar un fajo de papeles doblados y metérmelos en la chaqueta-. Tenga, señor, su bolsa -dije, mientras se la tendía.

– Lo ha hecho a propósito -dijo él y me arrebató la bolsa con ira.

– ¿Por qué razón iba a derribar a propósito a un desconocido? -pregunté.

– Vamos, Saunders. A estas alturas, seguro que ya sabe que he estado vigilándolo.

– ¿Es posible? -pregunté, boquiabierto.

– Dedíquese a jugar, si quiere -replicó Freneau-, pero pienso que ha llegado el momento de que tratemos el asunto abiertamente.

Dado que los documentos de Freneau obraban en mi poder, me creí con ventaja y por ello lo invité a que me acompañase a la taberna de Fraunces. Me alegró escapar del frío y nos pusimos cómodos cerca del fuego. Antes de que pudiese pedir que nos sirvieran, el cantinero se acercó a informarme de que Duer había hecho el mismo trato con él que con el dueño del Café de los Mercaderes, por lo que le pedí que trajera dos botellas de su mejor vino. No las quería para mí; solo me proponía que Duer pagara y que pensara que dependía de su generosidad más de lo que era cierto.

– Bien -le dije a Freneau-, tal vez ahora me diga qué quiere de mí.

– Ya sabe lo que quiero. Quiero saber en qué andan metidos Duer y Hamilton.

– No andan metidos en nada juntos.

– Juntos, separados, qué más da. Ya verá que es todo lo mismo. Vamos, hable. Hace tiempo que se cuece algo y yo me lo barrunté enseguida. Estamos en año de elecciones, ¿sabe? Y a mis lectores tengo que darles la verdad.

– Quizá sería mejor que antes nos dijera lo que sabe, porque yo también necesito la verdad. Usted diga lo que sabe y yo añadiré lo que pueda.

Freneau apretó los labios de satisfacción y todavía se me antojó más anfibio.

– Sé que Duer quiere ser propietario del Banco del Millón, pero va diciendo por ahí que el plan fracasará, pero solo lo hace para que él y sus agentes puedan obtener más acciones.

– ¿Y qué hay de malo en eso? Muchos pronostican que el banco no sobrevivirá, pero si Duer quiere invertir en él, puede hacerlo, ¿no?

– Duer miente. Avisa a todo el mundo de que se abstenga de participar en la apertura del Banco del Millón, pero planea intervenir con sus agentes para hacerse con una cantidad de acciones que le permitan tener control de la institución. ¿Y qué ocurre entonces? Es un banco nuevo. Todo el mundo lo mira con interés y entusiasmo. El valor de las acciones sube e, inevitablemente, el de las acciones de los otros bancos desciende. Puede ser algo transitorio, pero así ocurre. Sin embargo, si un hombre controla acciones suficientes de un banco, puede utilizar el valor artificial del precio hinchado de tales acciones para acaparar una posición de control en otro banco. En este caso, Duer cree que puede utilizar el Banco del Millón para hacerse con el control del Banco de Estados Unidos. Cuando termine, el hombre más venal de América tendrá en sus manos las finanzas de la nación y Hamilton no habrá hecho otra cosa que entregarle su banco.

– Esto es una fantasía de los adversarios de Hamilton -dije-. ¿Por qué iba a querer Hamilton sacrificar el banco, si es de lo que está más orgulloso, entregándoselo a Duer?

– Hamilton desea borrar las diferencias entre el gobierno y los intereses financieros -respondió Freneau-. Quiere ser más británico que los británicos, construir una nación corrupta, gobernada por los ricos que explotan la tierra y a sus gentes como si fueran una fábrica para su codicia.

– Debe de ser agradable creerse las propias mentiras -comenté.

– Tengo pruebas suficientes. -Dio unos golpes en la bolsa-. Puedo demostrar qué clase de monstruo es Duer. Sus agentes en Filadelfia, Baltimore y Charleston venden corto bonos del gobierno, corre la voz y el precio baja. Entonces, sus agentes en Boston y Nueva York los compran a precio reducido.

– Pero, eso, ¿cómo lo ayuda? -inquirí-. Un grupo de agentes pierde dinero, el otro lo gana. ¿No elimina eso sus beneficios o los reduce mucho?

– Así sería -respondió Freneau-, si los agentes que venden corto utilizaran dinero de Duer. No, estos tipos son más bien socios y están convencidos de que comparten riesgos y beneficios con el gran hombre. No lo saben, pero Duer los sacrifica a fin de ganar lo que imagina que es el no va más de la riqueza.

– ¿Y Jacob Pearson es uno de esos hombres? -quise saber.

– Sí -respondió el periodista-. Duer casi ha arruinado los valores en cartera de Pearson, pero él es tan estúpido que no se da cuenta. Lo que queda de la riqueza de Pearson se invertirá en el Banco del Millón, y entonces Duer le ofrecerá ayuda a Pearson para pagar la nueva deuda a cambio de sus acciones del Banco del Millón.

– Ese no puede ser el único medio que tiene Duer para hacerse con el control del banco.

– No -dijo Freneau-. Tiene otros agentes, hombres que, el día de la inauguración, utilizarán el dinero de Duer para comprar.

– ¿Sabe quiénes son?

– Tengo esa información -dijo Freneau, dando de nuevo unos golpecitos a su bolsa-. Pero ha llegado el momento de que sea usted quien me cuente algo.

– He oído el rumor de que Pearson está en Nueva York. ¿Sabe si es cierto?

– He oído que sí, pero también he oído que no desea que nadie conozca su paradero.

– Entonces, ¿no puede decirme nada al respecto?

– Nada -respondió Freneau-, pero uno nunca sabe cuándo le llegará nueva información. Seamos amigos, señor, y tendré presentes sus preguntas.

Yo estaba distraído, pensando en Pearson, en que había pegado a Cynthia, en que le había propinado un puñetazo en la cara. Pensé en que había amenazado a sus propios hijos. Había creído que el periodista me diría algo, pero no sabía nada al respecto. Si Freneau me engañaba en algo, decidí, era sobre sus posibilidades de averiguar, todavía, la información que yo quería.

1 ... 100 101 102 103 104 105 106 107 108 ... 144
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)