Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Ojalá pudiera entender a otros hombres tan bien como entendía a mi esposo -le dije a la señora Pearson-. Es sobre esta cuestión que quería pedirle consejo. ¿Sabe que soy amiga del señor Duer?
– Todo el mundo lo sabe -dijo. Sus palabras contenían más de lo que había dicho, pero no supe qué. Me halagué pensando que era pura curiosidad.
– Espero que nadie comente nada indecoroso -dije, llevándome la mano a la boca.
– Pero si solo hay que verlos. -La señora Pearson sacudió la cabeza-. El la trata como una hija, más que como otra cosa, creo.
– Me alegro de que lo diga. Es un hombre sagaz y he aprendido mucho con él, pero me temo que no se toma en serio alguna de mis ideas. Dice que me trata como si fuera su hija, pero a veces me trata como a una niña. Deseo presentarle una propuesta, una idea que creo que le hará ganar una cuantiosa suma de dinero, pero debo insinuárselo de la manera correcta, no vaya a ser que la rechace de entrada.
La señora Pearson empezó a darme sabios consejos sobre cómo aplacar el orgullo masculino, pero yo solo fingía escuchar. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Solo esperaba que aquel plan funcionase porque, si no, tendría que actuar de una forma más directa y cuando más creyera Pearson que aquella idea era suya y no mía, mayores serían mis posibilidades de éxito.
Me había preocupado en balde. Al salir de la casa, Pearson lo hizo detrás de mí, pero no exactamente corriendo, sino caminando con sus pasos lentos y metódicos y su pose estirada. Levantaba la barbilla y tenía los ojos pesados y algo dormidos. Era evidente que quería mostrarse seductor y, en aquel momento, lo odié más de lo que odiaba a Duer o a Hamilton.
– Tendrá que perdonarme, señora -dijo-, pero sin querer he oído lo que le ha dicho a mi esposa. Es posible que Duer no tome en serio su propuesta, pero le aseguro que si se la hago llegar yo, le prestará atención. Ha aprendido a confiar en mí.
– Desde luego que sí -repliqué.
Me puso una de sus manazas en el codo, quizá porque había visto a Duer tocarme de aquel modo. Yo no soportaba que Duer lo hiciera y, sin embargo, no lo temía de la manera que temía a Pearson. Duer no era más que un villano egocéntrico. Pearson, empezaba a comprender, era una bestia.
– Cuénteme lo que tiene en mente y, si me gusta la idea, se la presentaré a Duer. Si este decide ponerla en práctica, ya le diremos de quién es.
– Vaya, qué generoso por su parte -dije, dedicándole mi sonrisa más gentil-. ¿Volvemos a la casa para discutirlo?
– Por supuesto.
Levanté la mirada y allí, desde la ventana, la señora Pearson nos observaba con cara de preocupación. Primero pensé que sospechaba que yo albergaba sentimientos deshonestos hacia su marido pero, cuando nuestros ojos se encontraron, advertí que estaba preocupada por mí.
En mi locura por destruir a Duer y a Hamilton, en mi odio por Pearson, me había negado a pensar en la señora Pearson, aquella criatura bonita, inteligente y oprimida. Me había negado a tener en cuenta a los niños. Ellos también serían destruidos con Pearson; cuando Duer, Hamilton y los demás cayeran en desgracia, los inocentes caerían con ellos.
Sin embargo, ya había llegado muy lejos y aquello no me haría volverme atrás. No podía negarme a librar una batalla solo porque los inocentes también resultasen dañados. Durante la Revolución, los inocentes sufrieron daños, pero nadie argumentaría que no mereció la pena librar aquella guerra. Aun así, en aquel momento, hice una promesa callada: destruiría a Hamilton y a Duer, sí. Ahora sabía que, como consecuencia inevitable de ello, Pearson también sería arrojado contra las rocas, pero yo protegería a la señora Pearson y a los niños de lo peor de la situación. Con la ayuda de Dios, no me convertiría en lo que despreciaba.
Capítulo 32
Ethan Saunders
La mañana despuntó en Nueva York. Leónidas y yo desayunamos juntos y le informé de que no perderíamos ni un instante y seguiríamos avanzando hacia nuestro objetivo. Para ello, dije, pasaríamos el día -si no surgía algo de mayor interés- en el Café de los Mercaderes. De la época en que yo había vivido en la ciudad, sabía que el local era el centro financiero de Nueva York. El Café de los Mercaderes, en la esquina de Wall Street con Water Street, estaba en un hermoso edificio al estilo de Nueva York, con un audaz diseño exterior y un interior espacioso. El bar del local era cómodo y acogedor, con varias chimeneas ardiendo y gran profusión de velas para que la estancia estuviese bien iluminada. Allí se reunía un amplio surtido de caballeros, pero casi todos ellos me parecieron tan gordos y viejos que no me inspiraron ningún respeto.
Leónidas atrajo unas cuantas miradas curiosas de los que se sentían incómodos con la idea de relacionarse socialmente con negros y sugirió que sería mejor que regresase a nuestros aposentos, pero yo no lo dejé marchar.
– Necesito tener a alguien con quien hablar. Pienso mejor cuando expreso mis ideas en voz alta.
– Entonces, bien podría contratar a una ramera para que se sentara a hablar con usted, si el resultado va a ser el mismo.
– No seas susceptible, pareces un pretendiente al que le hayan dado calabazas. En cualquier caso, has de saber que ahora eres más que una persona con la que puedo dialogar. Estás resultando ser un espía muy hábil, Leónidas.
– Pero ¿y mi aspecto? -preguntó, aunque parecía complacido por mis elogios-. A los inversores no les gusta que haya un negro aquí.
– Más poderosas aún que esa aversión son su codicia y su indiferencia. Si existiera un manual instructivo como, por ejemplo, Aprenda a ser espía, o algo por el estilo, uno de los capítulos te recomendaría actuar, en cada ambiente, como si fuera el tuyo propio. Eso, más que ninguna otra cosa, te mantendrá a salvo. Y ahora, veamos qué tipo de problemas podemos causar.
– Eh, usted -dije, deteniendo a un inversor que pasaba-. ¿Es cierto que el Banco del Millón se inaugurará la semana próxima?
– Sí, pero ¿a qué viene eso? -preguntó con un bufido-. El Banco del Millón es una farsa, una estratagema basada en la codicia y la perversidad política. Solo un idiota perdería dinero en eso.
– ¿Está seguro? -inquirí fingiendo sorpresa-. Sé de cierto que Duer piensa invertir mucho en él. ¿Cómo va a estar equivocado el gran Duer?
– ¿Está seguro de lo que dice?
Algo cambió en la expresión del hombre.
– Lo he oído de sus propios labios -respondí.
– Por el amor de Dios, entonces no se lo diga a nadie más -replicó, marchándose a toda prisa.
– Habrá tormenta -le dije a Leónidas-, pero a uno le puede llover encima o puede provocar la lluvia. Me gusta mucho más la segunda posibilidad.
– Y él, ¿qué cree que prefiere? -preguntó Leónidas, señalando una mesa que estaba al otro lado de la sala.
Allí, bebiendo café y con una expresión de seriedad absoluta, se hallaba mi viejo amigo Kyler Lavien.
Estaba solo en la mesa, por lo que Leónidas y yo nos acercamos y nos sentamos con él.
– Buenas tardes, Leónidas, capitán Saunders… ¿Qué están haciendo aquí?
– Ya sabe lo que hago aquí -respondí-. Busco a Pearson.
– Comprendo que tiene una buena razón para hacerlo -sonrió Lavien- y él tiene una buena razón para temer el encuentro, pero eso no explica que fuera a Greenwich a ver a Duer.
– ¿Se ha enterado de eso?
– Yo me entero de todo -respondió, inclinándose hacia delante-. Al final, por lo menos. Quiero que no se acerque a Duer.
– Duer es mi mejor oportunidad para encontrar a Pearson. En sus tratos hay algo deshonesto pero, en cierto modo, parece que hacen negocios juntos y, al menos para Pearson, son negocios desesperados. Si le complico las cosas a Duer lo suficiente, Pearson aparecerá.