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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—¿Ni siquiera de mí?

Naroin se volvió y miró directamente a Maia. Su inspección fue larga y molesta. Tras cinco segundos, una lenta sonrisa se formó en su rostro.

—Sigues sorprendiéndome, muchacha. Pero apostaría mi desaparecido barrilito de vino dulce a tu favor, a pesar de que no seas una var. Maia dio un respingo.

—Ya te lo he dicho antes. Ésa era mi gemela.

—Mm. Eso recuerdo de los días del Wotan. Al menos, es lo que las dos dijisteis. Admito que no fue dulzura típica de hermanas clónicas lo que vi cuando te abandonó aquí.

Maia consiguió no dar un segundo respingo. El comentario fue como abrir una vieja herida. El recuerdo seguía siendo intenso: la cara tiznada de hollín de Leie, mirándola a través de la bruma del dolor, murmurando en voz baja y urgente sobre la necesidad de lo que estaba a punto de hacer.

Me alegra que estés viva, Maia. De verdad, es un milagro. Pero ahora mismo tenerte cerca es una molestia. A mis asociadas no les hace mucha gracia la gente que se parece, si sabes a lo que me refiero. Aunque me crean, habría recelos. Mis planes se vendrían abajo. No puedo permitirme que estropees las cosas ahora mismo.

Notó algo húmedo y pegajoso deslizarse por su cara, y una sensación de quemazón recorrió su cuero cabelludo. En aquel momento, Maia estaba casi delirando, frenética por hablar a su hermana viva, incapaz de comprender por qué tenía la boca amordazada. Sólo mucho más tarde, cuando tuvo oportunidad de lavarse en uno de los diminutos arroyos de la isla, comprendió lo que había hecho Leie. Usando brea de carbón y otros productos químicos de la sala de máquinas del Intrépido, Leie había oscurecido la piel y el cabello de Maia, alterando su apariencia de forma improvisada pero efectiva.

Esto no engañará a nadie durante mucho tiempo —murmuró Leie, examinando su trabajo—. ¡Maia, estáte quieta! Como decía, es una suerte que tu capitán decidiera huir hacia nuestra base. Nadie tendrá oportunidad de mirarte de cerca antes de que desembarquemos al primer grupo de prisioneras.

Por las observaciones de Leie, Maia supuso que la base de las saqueadoras se encontraba en aquel mismo archipiélago de colmillos diabólicos. Al parecer, las piratas planeaban dividir a sus cautivas, dejando a algunas en islas aisladas. Las primeras en ser abandonadas serían las menos peligrosas para los planes de las piratas: las miembros de la tripulación del Manitú. Mientras examinaba a las heridas, Leie había conseguido incluir a Maia en ese grupo.

Nunca creerías las cosas que me han pasado desde que aquella tormenta nos separó. Mientras tú seguías a tu amiga contramaestre, llevando la pacífica vida de una marinera, yo he visto y hecho cosas… —Leie sacudió la cabeza, como si no fuera capaz de explicarse—. No te gustaría estar en el lugar adonde llevamos a las rads y a su pervertida criatura del espacio, así que he dispuesto que te suelten donde vayas a estar más cómoda. Quédate quietecita hasta que yo lo arregle todo, ¿me oyes? En verano te llevaré a alguna ciudad. Pensaremos un modo para que me ayudes con mi plan.

Los ojos de Leie estaban llenos de aquel antiguo entusiasmo, ahora aumentado por una nueva y feroz determinación. A través de una bruma de dolor, heridas y contusiones, Maia se preguntó qué aventuras habían cambiado tanto a su hermana.

Entonces captó la importancia de las palabras de Leie. ¡Su hermana y las saqueadoras iban a abandonarla en tierra, y a marcharse con Renna! Y con Kiel y Thalla y los hombres del Manitú también. Fue entonces cuando Maia empezó a debatirse contra sus ataduras, gruñendo para decirle a Leie que tenía que hablar.

Vamos, vamos. No pasará nada. Ahora, Maia, si no te calmas, voy a tener que… Ah, demonios, tendría que haberlo esperado. Siempre has sido una cabezota.

Maia captó el aroma de fuertes hierbas y alcohol cuando Leie le puso un pañuelo empapado sobre la nariz. Una sensación asfixiante y pegajosa se extendió por sus fosas nasales, dándoles ganas de toser y vomitar. Los acontecimientos se volvieron más vagos a partir de entonces, pero siguió teniendo una clara imagen de su hermana inclinándose hacia delante y besándola en la frente.

Buenas noches —murmuró Leie. La siguió la oscuridad.

El recuerdo del dolor y la traición todavía hería a Maia, oscureciendo y confundiendo su alegría natural de saber que Leie todavía vivía. Pero ésa era otra cuestión. Atormentaba su mente sólo un hecho. Un hombre inocente e indefenso estaba cautivo en alguna de aquellas otras islas, sin una amiga en el mundo.

Excepto yo. ¡Tengo que encontrar a Renna!

A través del oscuro túnel de sus pensamientos, siguió a Naroin por un sendero que daba al mar, y caminó en silencio hasta el lugar donde las saqueadoras habían dejado suficiente comida y suministros hasta su siguiente visita. Colgadizos y tiendas improvisadas componían un círculo irregular, apartado de los árboles. Una tripulante que se había roto un tobillo en la batalla se ocupaba de una hoguera. Alzó la cabeza tristemente y saludó sin decir palabra. Luego volvió a remover las lentejas que preparaba en un cazo humeante.

Naroin regresó a su pasatiempo principaclass="underline" usar trozos afilados de calcedonia para pelar una rama de árbol y convertida en un arco primitivo. No era un arma legal. Pero claro, tampoco era legal que las saqueadoras las hubieran abandonado allí. Tras la captura del Manitú tendría que haber seguido la «división de la carga», y luego la tripulación y las pasajeras habrían podido marcharse.

La naturaleza especial de aquel «cargamento» hacía eso difícil, sobre todo cuando lo buscaban ansiosamente todas las fuerzas políticas del planeta. Cuando Maia vio por última vez al capitán Poulandres, con las manos atadas en el alcázar de su propio barco, el hombre amenazaba con provocar un escándalo; estaba a punto de estallar de furia en una plena ira veraniega. Las saqueadoras lo ignoraron. Evidentemente, Poulandres no tenía ni idea de en qué problema se hallaba metido.

—Son para cazar —dijo Naroin, refiriéndose al arco y las finas flechas.

Nadie había visto ningún bicho más grande que un conejo de matorral en la isla, pero ninguna se quejó. De todas formas, las autoridades estaban muy lejos.

Maia se tendió en la manta que había colocado bajo un burdo colgadizo, sobre un lecho de hierba y hojas. De sus tres posesiones, siempre llevaba consigo la ropa y el sextante del capitán Pegyul. El último artículo, un delgado libro de poemas, se lo había encontrado encima cuando el bote del barco conducía a las cautivas a la isla. Durante la subida en el crujiente montacargas, había conseguido concentrarse en una página elegida al azar.

¿He sido llamada? ¿Cuál es el propósito de tu gran corazón? ¿Quién va a ser atraída por tu pasión? ¡Safo, nombra a tu enemiga!
Pues quienes ahora huyen pronto perseguirán; quien malgasta tus dones pronto no tendrá ninguno; y quien no te ama, haga lo que haga acabará amándote pronto.

Un regalo de Leie, dedujo. Siempre había sido la más locuaz de las dos, mientras que Maia era la que se sentía atraída por cosas visuales, pautas y acertijos. Podía ser considerado como una ofrenda de paz, o una promesa, o sólo como un acto impulsivo sin más significado que una palmadita amistosa en la cabeza.

Buscó más poemas, intentando apreciarlos. Pero el regalo, por buena que fuera su intención, estaba teñido del mareante olor dulzón dejado por la droga de la inconsciencia. Leie podía haber tenido buenos motivos para actuar de aquella forma. Sin embargo, en el corazón de Maia su comportamiento se mezclaba con la emboscada de Tizbe Beller, las pragmáticas traiciones de Kiel y Thalla, y la horrible traición de las sureñas de Baltha. La lista invitaba a la desesperación, así que desistió de pensar en el tema.

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