Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Ninguna intentó con mucho énfasis persuadir a Naroin y a Maia para que cambiaran de opinión y las acompañaran. Alguien debía quedarse y dar una excusa cuando el barco de suministros llegara (si lo hacía). Con eso la tripulación de la balsa tendría más tiempo para escapar.
—Enviaremos ayuda —aseguró Inanna.
Maia no tenía intención de esperar hasta que cumplieran la promesa. Las que se quedaban se pondrían de inmediato a trabajar en el plan alternativo de Naroin. Maia tenía motivos propios. Si se llegaba a construir un burdo bote, no navegaría con Naroin y Brod hasta el Continente del Aterrizaje, sino que pediría que la dejaran por el camino. Tenía que ser posible descubrir en qué isla vecina se encontraban Renna y las rads, la base pirata secreta donde Maia planeaba agarrar a Leie, sujetarla, y tener unas palabras con ella.
La noche antes de la botadura, dieciocho mujeres y un muchacho se congregaron tarde alrededor de la hoguera, contando historias, bromeando, cantando salomas. Las vars se burlaban del pobre Brod diciendo que era una lástima que la gloria hubiera sido tan escasa, y preguntándole si estaba seguro de no querer ir con ellas, después de todo. Aunque aliviado en cierto modo por la clemencia del tiempo, Brod también parecía triste de haberse escapado por los pelos. Maia supuso con una sonrisa que algo en su interior sentía curiosidad y estaba dispuesto a aceptar el desafío, si se producía.
No te preocupes. Un hombre tan listo como tú tendrá otras oportunidades, en mejores circunstancias.
La expectación que todas sentían animó el ambiente. Dos de las marineras más jóvenes, una delgada rubia de seis años de Quinnland y una exótica muchacha de siete procedente de Hypatia, empezaron a marcar el compás haciendo chocar la cuchara contra la taza, entonando un rápido himno de celebración que abrió una sesión de cantos de corro.
Era una famosa canción de francachela, y apenas importaba que nadie tuviera nada que beber. Las cantantes se inclinaban alternativamente hacia Brod y luego se retiraban, para embarazo de él y diversión de todas las demás. Una a una, siguiendo el círculo, cada mujer añadía otro verso, más picante, al anterior. Cuando le tocó el turno, Maia pasó con una sonrisa. Pero cuando la ronda parecía a punto de pasar por alto a Brod, el joven se puso en pie de un salto. Al cantar, su voz sonó fuerte, y no se quebró.
La mayoría de las marineras se rieron y aplaudieron, reconociendo la justicia de su salida. Sin embargo, unas pocas parecieron molestas por su intromisión. Las mismas que, días atrás, no habían querido aceptar el voto de un simple muchacho.
Siguieron más canciones. Tras el animado comienzo, Maia advirtió que el ambiente se iba haciendo menos alegre, más sombrío y reflexivo. En un momento dado, una muchacha bajó la cabeza, dejando que sus cabellos cubrieran su rostro mientras entonaba una suave y hermosa melodía, a capella. Una canción vieja y triste sobre la pérdida de una compañera amada que había ganado un nicho, fundado un clan, y luego había muerto, dejando hijas clónicas a las que nada importaban los tristes amores de su Fundadora var.
El viento sopló, levantando chispas del fuego moribundo. Tras esa canción se hizo el silencio hasta que dos vars mayores, Charl y Tortula, empezaron a golpear un tambor improvisado a un ritmo cada vez más rápido. Cantaron una balada que Maia solía oír de vez en cuando en las avenidas de Puerto Sanger en boca de las misioneras Perkinitas. Una epopeya de días pasados, cuando las tiranías herejes llamadas «los reinos» se extendían por las islas de los trópicos. El período casi no se estudiaba en la escuela, ni siquiera lo trataban mucho los fantasiosos romances que Leie solía leer. Pero cada primavera la canción se cantaba en las esquinas, cargada de peligro y de trágico misticismo.
En algún momento entre la Gran Defensa y la Era del Reposo (quizás hacía más de mil años), la rebelión se había extendido por toda la Madre Océano. Envalentonados por el renombre recién obtenido tras la expulsión de los terribles invasores alienígenas, los hombres habían conspirado para reestablecer el patriarcado. Apoderándose de las rutas marinas alejadas de Caria, quemaron barcos y ahogaron a los hombres que no quisieron unirse a su causa. En las ciudades que tomaron, todas las restricciones de la ley y la tradición desaparecieron. La estación de las auroras fue, en el mejor de los casos, un desenfreno. En el peor, un horror.
Cuando Maia le preguntó una vez a una maestra por el episodio, la Sabia Claire hizo una mueca de disgusto.
—La gente simplifica demasiado. Las Perkies nunca hablan en público de las alianzas de los reyes. Recibieron mucha ayuda.
—¿Por parte de quién? —preguntó Maia, sorprendida.
—De las mujeres, por supuesto. Grupos enteros de mujeres. Oportunistas que sabían cómo tenía que terminar.
Sin embargo, Claire se negó a dar más detalles, y en la biblioteca pública no había más que referencias escuetas. Maia sintió tanta curiosidad que Leie y ella se sirvieron del truco de las gemelas para fingir ser clones, y consiguieron entrar en una reunión Perkinita… hasta que algunas parroquianas descubrieron que eran vars, y las expulsaron.
Durante la larga balada, Maia vio cómo las actitudes hacia Brod cambiaban. Las mujeres sentadas cerca de él encontraban una excusa para levantarse: para servirse otra taza de caldo, o ir a la letrina, y cuando regresaban se sentaban más lejos. Incluso Quinnish, la muchacha de seis años que había flirteado descaradamente con Brod durante días, evitó mirarlo a los ojos y se mantuvo cerca de sus compañeras. Pronto, sólo Maia y Naroin estuvieron cerca de él. Valientemente, el joven no dio muestras de darse cuenta.
Era injusto. Él no había tomado parte en crímenes cometidos hacía tantísimo tiempo. Todo habría seguido siendo agradable si Charl y Tortula no hubieran escogido aquella maldita canción. De todas formas, ninguna de aquellas vars podía ser Perkinita. Maia comprendió que los prejuicios pueden ser una cosa compleja.