Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
En otro plano, sabía que era una ilusión. Más saqueadoras subían desde el Intrépido como miembros de un enjambre de insectos, deshaciendo todos sus esfuerzos por repelerlas. Pronto Maia se encontró ocupada esquivando los golpes de una corsaria, una mujer alta y nudosa con dientes desiguales y con varias feroces cicatrices, que consiguió sentarse a horcajadas en la borda. No tenía ninguna posibilidad de recibir ayuda, pues Naroin estaba ocupada con otra enemiga. Sola, Maia intentó ignorar el picor del sudor en sus ojos mientras intercambiaba golpes con su oponente. Con una súbita finta, la corsaria descargó un mandoble sobre la mano izquierda de Maia, que dejó escapar un sorprendido grito de angustia y a punto estuvo de perder su arma. Su siguiente parada llegó casi demasiado tarde, la siguiente aún más tarde…
El extremo de un bastón de combate se materializó de la nada y, pasando bajo el brazo de Maia, chocó contra el pecho recubierto de cuero de la saqueadora con un fuerte golpe que la desequilibró. Una lejana parte de Maia gimió en simpatía, pues el golpe debió de ser algo terrible. Pero su oponente dejó escapar simplemente un alarido de desafío mientras sus brazos se agitaban y caía hacia atrás, dando con el torso contra el casco. Sorprendentemente, la mujer quedó colgando de la borda por una pierna, un cordón nudoso de músculo estriado.
Otra cabeza rematada de rojo asomó inmediatamente, una recién llegada que usaba a su compañera como escala. No sin experimentar un retortijón, Maia giró su bastón para enganchar el tobillo de su anterior enemiga y soltar la pierna de su asidero. Ambas invasoras cayeron… a la cubierta de la otra nave, esperaba. Aunque si caían entre los dos cascos, no debería importarle. El Código de Batalla así lo estipulaba: «Riesgo honesto en honesta lucha.»
¡No vais a llevaros a Renna! Aquel grito mudo le daba fuerzas. La adrenalina anuló el dolor mientras giraba su bastón para ayudar a la mujer que tenía a la izquierda y que la había auxiliado un momento antes. Ahora Thalla luchaba cuerpo a cuerpo con una hosca saqueadora varios centímetros más alta y mucho más pesada que ella. Al no ver otra solución, Maia descargó un brusco golpe sobre el muslo de la pirata. La mujer se tambaleó. Aprovechando la ventaja, Thalla usó la horca de su bastón para clavar a su enemiga al suelo. Un parpadeo de agradecimiento fue lo único que pudo permitirse.
—¡Virgie, cuidado!
El aullido acompañó un destello en las alturas. Tras girar justo a tiempo, Maia esquivó un lazo corredizo que lanzaba una atacante desde una de las vergas del barco enemigo. Era una táctica desagradable que podía estrangular a la víctima. Maia agarró la cuerda y dio un salvaje tirón con todas sus fuerzas. La invasora cayó gritando antes de chocar con un grupo de compañeras piratas.
Algo cambió en el fragor del combate, palpablemente, a partir de aquel hecho. La oleada atacante, hasta ahora alimentada por la presión de abajo, pareció perder impulso. Por un instante, la borda que Maia tenía delante quedó despejada a lo largo de varios metros en ambas direcciones.
—¡Bien hecho! —exclamó Naroin, ofreciendo a Maia una sonrisa.
Apenas hubo tiempo para un instante de respiro antes de que otra voz (la de Renna, advirtió Maia), gritara una palabra aterradora:
—¡Traición!
El grito del Hombre de las Estrellas hizo que Maia mirara hacia atrás justo a tiempo de resbalar bajo Thalla, que chocó con ella al retroceder ante un feroz asalto. La antigua compañera de casa de Maia repelía desesperada los golpes procedentes de un lugar inesperado: de detrás de la línea defensiva. Luchando por no perder pie, Maia abrió la boca al reconocer a la atacante…
¡Baltha! El bastón de combate de la mercenaria sonaba como el aspa de un generador eólico, golpeando y jugueteando con los frenéticos esfuerzos de Thalla por esquivarlo. No era la única en su traición. Con un retortijón, Maia vio que todo el grupo de mercenarias de las islas del Sur se habían puesto pañuelos escarlata y atacaban a las defensoras desde detrás. Varias se encaminaban directamente al lugar donde Naroin y la mayoría de las otras vars luchaban ajenas a todo, enfrentándose confiadas a las manos que se aferraban a la borda.
—¡Cuidado! —chilló Maia. Pero su voz se perdió en el rugido de la confusa batalla. Atrapada bajo Thalla, supo que no había nada que pudiera hacer por ninguna de sus camaradas. Las milésimas de segundo parecieron dilatarse interminablemente mientras se abría paso entre formas que se debatían y giraban. Intentó alzar su arma, y vio cómo Naroin era alcanzada por detrás con un traicionero golpe en la cabeza que la derribó como si fuera un árbol talado.
Maia aulló de furia. Consiguió incorporarse y se abalanzó contra la atacante de la contramaestre, llena de rabia, y le descargó un golpe en el vientre que la hizo desplomarse en cubierta, jadeando. La otra sureña esquivó el golpe de Maia y contraatacó con una expresión que osciló entre la tenacidad y la diversión cuando reconoció a la muchacha a la que le gustaban los juegos de los hombres.
La sonrisa irónica se desvaneció cuando Maia atacó con una sucesión de golpes enérgicos, aunque inexpertos, obligando a la atacante a apartarse del cuerpo caído de Naroin y, paso a paso, retroceder hasta la amura de babor.
Aparecieron más pañuelos rojos. Maia consiguió descargar un golpe certero a un par de manos mientras continuaba presionando a la traidora. Las manos se retiraron, para ser sustituidas por otras. Esta vez asomó una cara más joven, manchada de hollín, arrebolada por el calor y la adrenalina.
Maia bloqueó un golpe de la jefa de sus enemigas, y lo capturó con la horca de su bastón. Retorciendo el brazo con todas sus fuerzas, logró arrancarle el bastón a su oponente.
Esa cara…
Para escapar al contragolpe de Maia, la sureña se lanzó por la borda, llena de pánico. Maia no perdió el tiempo y se volvió para dirigir sus golpes contra la recién llegada, que ahora se esforzaba por alzar su arma.
Maia se detuvo, petrificada. Ciega por el sudor, sin ver más que un túnel escarlata de terror e ira, miró aquel rostro, un espejo del suyo propio.
—Le… Le… —tartamudeó.
El reconocimiento también iluminó los ojos de la joven saqueadora.
—Que me convierta en una sangrante madre de clan —dijo con una torcida sonrisa familiar—. Es mi gemela.
Demasiado aturdida para moverse, Maia oyó un grito de Renna. Pero la presencia de Leie llenaba cada espacio, anegando su cerebro. Mirando más allá del hombro de su hermana, Leie dijo:
—Será mejor que te agaches, querida.
Lenta, glacialmente, Maia intentó volverse.
Oyó un ligero sonido de madera pulida al golpear el cráneo de alguien. Había llegado a conocer las molestias de tales sonidos, y sintió lástima por la pobre víctima.
Un movimiento percibido a medias vino a continuación, como visto a través de un telescopio invertido. Perpleja por la cubierta que se le acercaba rápidamente, Maia se preguntó por qué sus músculos no respondían, por qué todos sus sentidos parecían cerrarse. Intentó hablar, pero todo lo que consiguió fue un leve murmullo.
Lástima, pensó, justo antes de dejar de pensar ya en nada. Quería preguntarle a Leie… Tenemos tantas cosas… en que ponernos al día…
Cuaderno de Bitácora del Peripatético