Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Misión Stratos
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El mito envuelve la relación varón—hembra. Incontables generaciones después de haber logrado supuestamente el control consciente sobre el instinto, la mayoría de los homínidos aún se aferran a los ideales del amor romántico y la concepción natural… por la unión de un hombre con una mujer. Incluso en sociedades que animan la experimentación y los modos de vida alternativos, se sigue suponiendo que una pareja de padres, un varón y una hembra, componen el núcleo básico de la continuidad.
En Stratos, pocas canciones o historias celebran lo que en otros lugares es una obsesión. Los varones son necesarios, a veces incluso apreciados, pero son seres periféricos, algo raros. Anacrónicos.
La pasión tiene sus breves estaciones en Stratos. Por lo demás, este mundo no parece echarla de menos.
Sin embargo, hay relaciones, a veces a través de alianzas de negocios o culturales. La principal orquesta sinfónica de Caria se compone básicamente de músicos procedentes de cuatro grupos extraordinariamente dotados: las O’Neil aportan la cuerda, las Vonda la madera, las Posnovsky los instrumentos de viento, y las Tiamat la percusión. (Espero poder oírlas si sigo aquí en otoño, cuando comience la temporada.) En ocasiones, los clanes se unen en asociaciones aún más íntimas. Relaciones que podrían ser llamadas «románticas», «maritales». Pueden incluso compartir retoños.
En la práctica, es simple. Primero, el clan A y el clan B acuerdan tener nidadas de retoños veraniegos. Si el clan A tiene un niño, hace lo habituaclass="underline" lo crían con cuidado y lo entregan luego a una de las cofradías oceánicas. Excepto que, en este caso, el niño promete volver un verano, cuando sea mayor.
Mientras tanto, el clan B ha tenido hijas del verano. Se elige una para que reciba la mejor educación que pueda obtener una variante. Se le asigna un nicho, incluso un embarazo de invierno, y así estará preparada para devolver la deuda cuando el hijo de la Casa A regrese del mar. Toda criatura que resulte de esta unión es entonces técnicamente el nieto heterozigótico de ambos clanes.
Eso crea interesantes paralelismos. Si comparamos los clanes con los individuos, eso convierte a la muchacha—intermediaria en el equivalente a un óvulo, y al muchacho en un espermatozoide. Los dos clanes cumplen la función de amantes.
En ocasiones, todo esto me parece bastante ridículo.
¿Cuánto más puedo soportar? Debo mantener la mente ocupada en el trabajo. Sin embargo, ese trabajo es investigar el funcionamiento íntimo de esta subespecie humana. No puedo eludir el tema del sexo, desde el amanecer hasta el ocaso. A veces siento que la cabeza me da vueltas.
Si por lo menos las mujeres de este mundo no fueran tan hermosas…
Maldición.
19
—Esa cosa se romperá con la primera ráfaga de viento. O incluso antes, cuando la bajéis por el acantilado. ¿Cómo planeáis pilotar esa porquería?
Con un golpe que hizo que Maia diera un respingo, la marinera grande, Inanna, soltó la roca que estaba utilizando como martillo.
—Contramaestre, cierra el pico. No sabes construir barcos, y sin duda aquí ya no das órdenes.
Maia vio cómo Naroin reflexionaba sobre estas palabras y luego contestaba encogiéndose de hombros.
—Os jugáis el cuello.
—Pero es nuestro —declaró Inanna, señalando a las otras mujeres, que trabajaban cortando arbolitos y arrastrándolos hacia una zona marcada con líneas de tiza sobre el acantilado rocoso—. Vosotras dos sois libres de venir. Nos vendrá bien tener buenas luchadoras. Pero las discusiones y votaciones se han acabado. O ponéis manos a la obra o podéis iros al infierno patarkal.
Preparada para dar una acalorada respuesta, Naroin se detuvo cuando Maia la agarró del brazo.
—Lo pensaremos —le dijo Maia a Inanna, tratando de llevarse a Naroin. Lo último que nadie necesitaba en aquel momento era que de las palabras se pasara a las manos.
Durante un largo instante, Naroin pareció enraizada en la piedra, se mantuvo inmóvil hasta que por fin decidió dejarlo correr.
—¡Ja! —dijo, y se volvió para subir por el estrecho sendero que conducía al campamento. A pesar de ser más alta, Maia tuvo que apresurarse para alcanzarla. Todos estos ruidos y gritos no aliviaban el dolor de cabeza que padecía desde que despertó días antes con una contusión, cautiva de las saqueadoras.
—Puede que tengan un plan equivocado —sugirió Maia, tratando de calmar a Naroin—. Pero las mantiene ocupadas. Sin nada que hacer, habría discusiones y peleas.
Naroin frenó el paso para mirar a Maia, y luego asintió.
—Principio básico de mando. No hace falta que me lo recuerdes. —Miró hacia el lugar donde las marineras del Manitú trabajaban junto a media docena de jóvenes rads de Kiel, cortando y puliendo árboles con herramientas primitivas, mientras tendían los comienzos de una burda almadía—. Pero odio ver cómo intentan algo tan tonto.
Maia estaba de acuerdo, ¿pero qué hacer? Todo había sido decidido en una reunión, tres días después de que las saqueadoras las abandonaran en aquella isla en forma de columna cuyo nombre, si tenía alguno, debía de haberse perdido en otra época. Naroin había defendido un plan diferente: la construcción de uno o dos botes pequeños que, con unas cuantas voluntarias seleccionadas, podrían navegar hacia el oeste en busca de ayuda. Esa propuesta fue rechazada en favor de la almadía.
—¡Vamos todas o no va nadie! —declaró Inanna, zanjando el asunto.
Lo que no trataron fue cómo pretendían que un artefacto tan grande fuera marinero, y cómo se proponían bajarlo por los cincuenta metros de precipicio y superar en él la espumosa confluencia de olas y rocas. Sólo había un camino de bajada a lo largo del promontorio boscoso. Un montacargas había subido allí a las prisioneras y sus provisiones, justo antes de que el Intrépido y el capturado Manitú se marcharan. Inanna y sus amigas aún planeaban utilizar la máquina, a pesar del armazón de metal que la cubría y de los cerrojos y las advertencias de que estaba minada. Sin embargo, a la larga, podrían tener que verse obligadas a construir una grúa primitiva con troncos y enredaderas.
—Idiotas —murmuró Naroin. Golpeó el follaje que flanqueaba el sendero utilizando una corta vara que había tallado poco después de llegar a la isla. No era un bastón de combate, pero la pequeña y nudosa marinera parecía más cómoda con la vara en las manos—. Nunca lo conseguirán, y no estoy dispuesta a ahogarme con ellas.
Maia empezaba a cansarse del temperamento impaciente de Naroin. Sin embargo, no quería quedarse sola. Demasiados pensamientos sombríos la asaltaban cuando la soledad presionaba.
—¿Cómo puedes estar segura? Estoy de acuerdo en que tu plan habría sido mejor, pero…
—¡Sangradoras! —Naroin descargó su vara y las hojas volaron—. Incluso un puñado de piojos congelados vería que esa almadía es un error. Pongamos que consiguen bajarla, y que el mar no la aplasta inmediatamente. Las atraparán de nuevo, como si fueran melones a la deriva. Si las piratas no aprovechan la oportunidad para enviarlas al fondo sobre la marcha.
—Pero no hemos visto una vela desde que nos abandonaron. ¿Cómo podrían saber las saqueadoras dónde y cuándo encontrarlas a menos…?
Maia se detuvo. Miró a Naroin.
—¿No querrás decir…?
La contramaestre apretó los labios.
—No lo diré.
—No tienes que hacerlo. ¡Es vil!
Naroin se encogió de hombros.
—Tú harías lo mismo, si fueras una de ellas. El problema es que no hay manera de distinguir cuál es. O tal vez sean dos. No conocía a ninguna de esas vars antes de que me contrataran en la bahía de Artemisa. No puedo fiarme de ninguna de ellas.