Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¿La de la Casa Starkland? Pero también hay bibliotecas en los santuarios.
Él asintió.
—Tendrías que ver algunas de ellas. Kilómetros de estanterías repletas de volúmenes impresos, con tapas de cuero, letras doradas. Increíble. Y sin embargo, podrías meter toda la biblioteca de Faro Trentinger en sólo cinco cajas de datos de las que tienen en la Universidad de Enheduanna. La Vieja Red aún funciona allí, ¿sabes? —Brod sacudió la cabeza—. Starkland tenía una conexión. Somos una familia de bibliotecarias. Yo era bueno en ello. Madre Cil dijo que yo había nacido en la estación equivocada. Si fuera una clónica plena, habría enorgullecido al clan.
Maia suspiró en simpatía con la historia. También ella tenía unos talentos inadecuados para el rumbo que debía tomar su vida. Pasó un buen rato sin que ninguno de los dos hablara. Se trasladaron a otro lugar, y lanzaron una rama a la espumosa agua y contaron latidos para cronometrar cuánto tardaba en alejarse.
—¿Sabes guardar un secreto? —dijo Brod un poco después. Maia se volvió y le miró a los claros ojos.
—Supongo, pero…
—Hay otro motivo por el que me dejaron en tierra… el capitán y los tripulantes, quiero decir.
—¿Sí?
Miró a derecha e izquierda, y luego se inclinó hacia ella.
—Yo… me mareo. Casi todo el tiempo. Ni siquiera llegué a ver nada de la gran pelea cuando fuisteis capturadas, porque estaba doblado en la popa todo el tiempo. Supongo que no es buena cosa para un tipo que se supone que es un oficial.
Ella miró al chico, calculando lo que le había costado decirle aquello. Con todo, no pudo evitarlo. Maia luchó por contenerse, por mantener la cara seria, pero al final tuvo que cubrirse la boca con una mano y sofocar una carcajada.
Brod sacudió la cabeza. Frunció los labios con fuerza, pero al final no pudo impedir abrir la boca. Bufó. Maia se meció adelante y atrás, sujetándose los costados, y luego estalló en una carcajada. Un segundo después, el joven respondió con una risa que se componía de cortos alaridos entre inhalaciones que más parecían sollozos.
Al día siguiente, un enorme escuadrón de zoors pasó al norte; eran como parasoles de alegres colores, o globos aplastados que hubieran escapado de una fiesta de gigantes. La luz de la mañana se refractaba en sus bulbosas y transparentes bolsas de gas y en sus oscilantes tentáculos, proyectando sombras multicolores sobre las claras aguas. La formación cubría de parte a parte el horizonte.
Maia, con Brod y varias mujeres más, observaba desde el precipicio recordando la última vez que había visto grandes flotadores como aquéllos, aunque nunca hubiese visto tantos. Fue desde la estrecha ventana de su celda, en Valle largo, cuando creía que Leie estaba muerta, cuando todavía no conocía a Renna y le parecía estar completamente sola en el mundo. Según todos los indicios, debería sentirse menos desolada ahora. Leie estaba viva, y había jurado volver a recogerla. Maia se preocupaba por Renna constantemente, pero no era probable que las saqueadoras le hicieran daño, y todavía era posible rescatarlo. Incluso tenía amigas, más o menos, en Naroin y Brod.
¿Entonces por qué me siento peor que nunca?
Sabía que la tristeza es relativa, y que el dolor actual es casi siempre peor que su recuerdo. Aquel cautiverio más suave no aliviaba su amargura al pensar en el comportamiento de Leie, ni su preocupación por Renna o su sensación de indefensión.
—¡Mirad! —exclamó Brod, señalando al oeste, hacia la fuente de la migración zoor. Las mujeres se protegieron los ojos con la mano y, una a una, se quedaron boquiabiertas.
Allí, en mitad de la armada flotante, surgiendo del resplandor, pasaron tres imponentes gigantes cilíndricos, deslizándose plácidamente como ballenas entre medusas.
—Pontoos —jadeó Maia. Las bestias en forma de puro medían cientos de metros, y se parecían más al hermoso zep’lin que adornaba la cubierta de su sextante que a los zoors que las rodeaban o incluso a los pequeños dirigibles que ahora se utilizaban para repartir el correo. Sus flancos titilaban con facetas como escamas iridiscentes, y arrastraban largos y finos apéndices que, a intervalos, sumergían en las olas para coger cosas comestibles o absorber agua que descomponer, con la luz del sol, en hidrógeno y oxígeno.
A pesar de las leyes protectoras aprobadas por el Consejo y la Iglesia, las majestuosas criaturas desaparecían lentamente de la faz de Stratos. Era raro ver alguna cerca de las regiones habitables. ¡Las cosas que he visto!, pensó Maia, advirtiendo la única y gran compensación a sus aventuras. Si alguna vez tengo nietas, las cosas que podría contarles.
Entonces recordó algunas de las historias de Renna sobre otros mundos y panoramas, tan extraños que resultaban inimaginables. Aquello le provocó un estertor de pérdida y envidia. Antes de conocer al terrestre, Maia nunca había pensado en anhelar las estrellas. Ahora lo hacía, y sabía que nunca podría tenerlas.
—Acabo de recordar… —reflexionó el joven Brod—. Algo que leí sobre zoors y similares. ¿Sabéis que los atrae el olor del azúcar quemado? Podemos poner un poco al fuego.
Las mujeres se volvieron a mirarlo.
—¿Y qué? —preguntó Naroin—. ¿Es que pretendes invitarlos a cenar?
Él se encogió de hombros.
—En realidad, estaba pensando que salir volando de aquí podría ser mejor que navegar en esa almadía. De todas formas, es una idea.
Se produjo un largo silencio, y entonces las mujeres se echaron a reír en voz alta, o rugieron ante lo absurdo de la idea. Por desgracia, Maia estuvo de acuerdo. De todos los muchachos que intentaban cabalgar los zoors cada año, sólo un número muy pequeño volvía a ser visto. Con todo, la idea tenía un notable encanto, y podría haberla considerado si los vientos imperantes soplaran hacia un lugar seguro… o incluso hacia tierra firme. Aunque era enormemente inteligente, Brod no tenía instintos prácticos.
Su expresión anhelante, junto con su tímido rubor, acabaron con una duda que Maia había abrigado: que Brod pudiera ser un espía, dejado allí por las saqueadoras para vigilar a las prisioneras. Con todo lo que había vivido en los últimos meses, se había vuelto recelosa. Pero nadie podría fingir aquel súbito paso de la esperanza a la vergüenza. Sus pensamientos eran más similares a los de ella que los del viejo Bennett. O que los de la mayoría de las mujeres a las que había conocido. Era mucho menos románticamente misterioso que su amigo, el alienígena terrestre, pero tampoco eso era ningún problema.
Te estás volviendo una auténtica apreciadora de hombres, reflexionó, palmeando a Brod en la espalda y volviéndose para regresar al trabajo. Las Perkinitas, que sólo los utilizan para el sexo y la potenciación, no saben lo que se pierden.
La almadía había sido construida en cuatro partes, que serían ensambladas rápidamente a mano cuando las bajaran durante la pleamar. Las vars practicaron todos los movimientos necesarios una y otra vez, en un claro junto al montacargas cubierto. Aunque sin duda sería muchísimo más difícil en el mar, finalmente estuvieron preparadas. Harían el primer intento al día siguiente a primera hora.
Había motivos para darse prisa. Las provisiones sólo durarían ocho o diez días más. Una lancha de la colonia pirata llegaría entonces. Inanna y las demás querían haberse marchado ya para cuando lo hiciera.
¿Y si la lancha no venía nunca? Tanto más motivo para partir pronto. De cualquier forma, estarían hambrientas pero no inanes cuando llegaran a la costa de Mérchant.