La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
CAPÍTULO 53
De haberse molestado en volver la cabeza al abandonar el hotel Colombi, Laureen y Petra se habrían dado cuenta de que los saltimbanquis de las calles peatonales del centro se habían trasladado al césped que había delante del hotel. Aquel pequeño parque que llevaba el nombre de Colombi era la zona verde más céntrica de la ciudad. Una excelente base para artistas ambulantes. Detrás de aquellas personas sonrientes se alzaban unas plantas exuberantes contra la oscuridad creciente del verano tardío. Rodeaban otro hotel iluminado. Era un hotel sobrio y elegante, aunque un poco menos exclusivo que el hotel Colombi. Apenas cinco minutos antes, Bryan había aparcado el BMW delante de la puerta principal de ese hotel que llevaba el nombre pomposo de hotel Rheingold. Allí llevaría a cabo el propósito más acuciante de la tarde.
El encuentro con el viejo delante de la casa de Kröner lo había asustado.
La conciencia de que el anciano le había mentido acerca de su domicilio sin siquiera pestañear le había hecho sospechar. Tras los acontecimientos del día, no cabía duda del mensaje que se escondía detrás de aquellas mentiras. Había que tenderle una emboscada. De no haber seguido al viejo hasta la casa de Luisenstrasse, por pura intuición o, mejor dicho, más bien por indecisión, no se habría percatado de que le había dado una dirección falsa.
Y entonces, sin duda habría desaparecido de la faz de la tierra a la mañana siguiente, en la zona alrededor de la calle que llevaba el nombre de Lángenhardstrasse.
Aparte del engaño patente, había otra cosa del anciano que había asustado a Bryan: una sensación indefinible de imágenes,
palabras, formas y pensamientos que, una y otra vez, buscaban fundirse en un todo.
Sin embargo, aquel todo se resistía a mostrarse.
Aquellas circunstancias habían afectado el empeño que Bryan hasta entonces había movilizado para profundizar en el asunto. Las ganas desaparecieron imperceptible aunque porfiadamente. Aún podía abandonar Friburgo aquella misma noche y conducir hacia el este un par de horas. Aún estaba a tiempo de asistir a la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Munich del día siguiente, de acuerdo con el plan trazado originalmente. Desde allí podría desplazarse a París.
Un día más o menos en la gran contabilidad no significaba nada.
En cambio, si Bryan decidía quedarse en Friburgo y cometía aunque sólo fuera un pequeño error, tanto Kröner como Lankau y el viejo estarían esperándolo en algún lugar. Y teniendo en cuenta el gran riesgo que corría, ¿por qué quedarse en la ciudad? Al fin y al cabo, ahora ya sabía lo que podía esperar de ellos. Y siendo así, haría bien en marcharse y volver en otra ocasión, si no podía ser de otra manera. Dejaría en manos de sus compinches el pequeño problema que suponía encontrar a Lankau y liberarlo. Un par de días de ayuno no le harían ningún daño a un hombre de la corpulencia de Lankau.
Bryan había repasado aquella posibilidad varias veces cuando se detuvo casualmente delante del hotel Rheingold. Lo único que en aquel momento le importaba era si Laureen accedería a encontrarse con él en París, la capital del romanticismo.
El conserje del hotel Rheingold era gordo y servicial y su rostro se iluminó al ver el dinero de Bryan. Sin dudarlo ni un segundo, lo condujo a un apartado que había detrás del mostrador y lo dejó allí para que pudiera llamar tranquilamente por teléfono.
Fue la señora Armstrong quien cogió el teléfono. Eso quería decir que Laureen no estaba en casa. En el mismo instante en que la mujer de la limpieza aparecía por la puerta con su cuerpo huesudo, Laureen solía coger su bolso en el vestíbulo y desaparecer disimuladamente.
– No, la señora no está en casa.
– ¿Sabe cuándo volverá, señora Armstrong?
Bryan estaba convencido de que no lo sabía.
– No, lo siento mucho.
– ¿Sabe a dónde ha ido?
Tampoco lo sabía, de eso estaba seguro.
– No, todavía no he mirado la nota que ha dejado.
– ¿La nota? ¿Qué nota, señora Armstrong?
– La que dejó antes de que se fueran al aeropuerto.
– ¿Quiénes? ¿Se ha ido con la señora Moore al aeropuerto?
– Sí, seguro. Además han cogido un avión las dos.
– ¡Vaya!
Bryan no se sorprendió.
– ¿Y ahora están en Cardiff?
– ¡No!
– Escúcheme un momento, señora Armstrong, le agradecería no tener que sacarle toda la información con pinzas. ¿Sería tan amable de contarme dónde están mi mujer y Bridget Moore?
– No lo sé. La señora Scott me dijo que lo había escrito en la nota. Pero lo que sí sé es que no están en Cardiff. Están en algún lugar de Alemania.
Aquel comentario dejó a Bryan fuera de combate.
– ¿Sería tan amable de leerme lo que dice esa nota, señora Armstrong?
Bryan intentó calmarse.
– Un momento.
Una larga serie de ruidos le decían que la mujer trabajaba en el asunto. Bryan no paraba de moverse. El teléfono hacía tictac sonoramente. El conserje no tardaría en pedirle más dinero. Se sobresaltó al oír a Bryan gritar el nombre del hotel en el que se hospedaba Laureen.
– ¡Hotel Colombi de Friburgo!
Mientras Bryan salía por la puerta, el conserje protestó por su grito indisimulado. Consideraba que era absolutamente innecesario que un cliente hiciera publicidad a viva voz de la competencia, sobre todo cuando había tenido la deferencia de poner a su servicio el teléfono privado del hotel. Bryan ni siquiera lo oyó.
La recepcionista que estaba de guardia tras el mostrador del hotel Colombi supo en seguida a quién buscaba.
– La señora Scott ha salido, pero podrá encontrar a la señora Moore allí mismo -dijo señalando con una uña fulgurante y roja hacia un rincón del vestíbulo.
– ¡Pero Bryan! -exclamó Bridget, sinceramente sorprendida-. ¡Vaya, vaya! Hablando del rey de Roma…
No era, desde luego, la primera vez que Bryan la veía achispada.
– ¿Dónde está Laureen?
– ¡Acaba de marcharse con la mamarracha extranjera! ¡Y a mí que me zurzan! ¡No le importa que me quede sola!
Se interrumpió a sí misma y soltó una risita tonta, obligando al botones que estaba más cerca a volverse y mirar en otra dirección.
– Bueno, vaya, sola, sola tampoco estoy. ¡Supongo que Ebert bajará pronto!
– ¡No sé de qué me estás hablando, Bridget! ¿Quién es ese tal Ebert, y con quién dices que se ha ido Laureen?
Bryan la cogió del brazo suavemente, obligándola a concentrarse.
– ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Habéis venido por mí? ¿Con quién está Laureen?
– ¿Con…? Con Petra, me parece -dijo en un intento de parecer normal.
Bryan se quedó helado.
– ¡Petra!
Agarró a Bridget de los hombros y la miró fijamente a los ojos.
– ¡Bridget! ¡Concéntrate ya de una maldita vez! Tienes que entender que es posible que Laureen esté en peligro.
– Veamos, ¿no eras tú el que corría peligro? ¡Pues a mí me pareció oírles decir eso!
Bridget lo miró como si acabara de verlo por primera vez.
– ¿Adonde se dirigen?
Bridget vaciló a la hora de responder y volvió a perder la concentración. Bryan la sacudió, gesto que hizo que el botones se sonriera.
– ¿Te ha dicho algo?
– Mencionaron algunos nombres; no los recuerdo, pero era evidente que no les gustaban. Esa Petra los llamó los tres diablos.
Desde el nacimiento de su hija, cuando de pronto Laureen empezó a sangrar tanto que una de las enfermeras se había puesto a llorar, Bryan no había sentido aquel miedo cortante. Respiró entre dientes tan pausadamente como le fue posible y miró a su cuñada, que empezó a parpadear mientras hablaba.
– ¿Mencionaron a un tal Kröner?
Bridget pareció despertar de su letargo.
– ¿Cómo lo sabes, Bryan?
– ¿Y a un tal Lankau?