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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Bryan estaba a punto de ahogarse en su intento de evitar hiperventilar. Bridget lo miró, perpleja.

– Entonces, ¿supongo que podrás decirme el tercer nombre? Eso sí me impresionaría.

– ¡No, no puedo!

Bridget sonrió.

– Pues entonces estás de suerte, porque es el único nombre que recuerdo. ¡Porque da la casualidad que es un nombre divertido!

Sus labios se fruncieron formando el nombre.

– ¡Como un sonido de un cómic!

– ¡Venga, Bridget, suéltalo ya!

– ¡Se llama Stich! ¿No te parece un nombre formidable? Y se llama Peter, Peter Stich, de eso me acuerdo. De hecho, es de quien más hablaron.

Bryan se quedó paralizado.

Tal vez fuera el botones el que más sorprendido se quedó. El acceso de tos de Bryan llegó tan repentinamente y fue tan violento que la saliva le salió de la boca como si fuera agua de un surtidor.

Nadie acudió en su ayuda.

La experiencia de que en un solo segundo se junten todas las piezas de un rompecabezas no la tiene todo el mundo; la extraña sensación de que las grandes preguntas dejan de pronto de estar abiertas. Y, sin embargo, el esclarecimiento del enigma fue tan rotundo que Bryan se vio totalmente superado, y cuando Bridget pronunció aquel nombre, olvidó dónde estaba y qué hacía allí.

Era Peter Stich al que Bryan había visto en destellos al encontrarse con el anciano. Y era ese reconocimiento subconsciente que lo había asolado durante las últimas horas. Peter Stich, el anciano de la barba blanca de Luisenstrasse, el propietario de Hermann Müller Invest. Él era el Cartero. El hombre de los ojos enrojecidos de la Casa del Alfabeto.

Era todos en una sola persona.

La cabeza empezó a darle vueltas. Vio imágenes de un hombre sonriente echado en la cama muchos años atrás. Destellos de un ser humano que, en su locura, dejaba los ojos abiertos bajo el chorro de la ducha. Ojos que le sonrieron mientras escondía las pastillas en el tubo de acero de la cama. Recuerdos de un hombre recatado y apacible que le había salvado la vida en dos ocasiones. Confundido, pensó en la primera vez en que el hombre de los ojos inyectados en sangre le había señalado al oficial de seguridad el rudo postigo antibombas y en la segunda vez, cuando los simuladores estuvieron a punto de arrojarlo por la ventana. Una coincidencia total de acontecimientos y hechos, nuevas explicaciones y reacciones en cadena que estaban a punto de provocarle un desmayo.

¡Todo aquello había formado parte de la misma mentira grandiosa!

Y de pronto, Bridget le golpeó la espalda.

Pasaron varios minutos hasta que Bryan logró recuperarse. Tras algunas explicaciones vagas, entendió que sólo podía fiarse de Laureen.

Y ahora sin duda iba de camino a la casa de Peter Stich acompañada de Petra, la misma Petra que lo había enviado a los brazos de los tres lobos.

CAPÍTULO 54

Aparte del piso en Luisenstrasse, la casa de Kröner era la única que Gerhart conocía en aquel barrio. Fuera hacía frío, el alumbrado era masivo y extraño. Los gritos y las risas provenientes de una taberna lo llevaron a cambiar de acera desviándolo ligeramente de su rumbo. Frunció el ceño y se abrochó la cazadora. Luego se enderezó y se dirigió resuelto hacia la casa de Kröner, como una paloma mensajera de camino a su palomar. Allí estaría Kröner esperando a Stich.

Pero no sería Stich quien se presentaría en su casa.

No se detuvo ni una sola vez hasta que llegó a la puerta principal del palacete. Evaluó toda la fachada en su conjunto. Tan sólo se veía luz en el primer piso. Dejando de lado el estudio de Kröner, estaban corridas todas las cortinas. De pronto se levantó una suave brisa. El cancel de la entrada apenas ofrecía abrigo. Gerhart se quedó mirando su dedo índice mientras éste se acercaba indeciso al timbre de la puerta.

Tal como tenía por costumbre, Kröner se quedó de pie, de espaldas a la ventana, mientras estuvo hablando por teléfono. Una mala costumbre, según su mujer. «Pero quédate sentado, hombre -solía decirle-, al fin y al cabo, no tienes al emperador al teléfono!» Sin embargo, así se sentía mejor. Y aquel día, en que Arno von der Leyen estaba en algún lugar allí fuera y podía aparecer en cualquier momento, más que nunca. Se sentía intranquilo. En aquella postura, al menos podía echarse hacia atrás y mirar por la ventana sin que nadie pudiera verlo desde la calle.

Era Frau Billinger la que había llamado. Le hablaba en un tono más bajo que de costumbre.

– ¡No puede ser! ¿Realmente la llamó Petra hace un par de horas? ¡Pero si le dije que me avisara inmediatamente!

– ¡No es verdad! Usted sólo me dijo que lo llamara si aparecía por aquí.

– Podía haber imaginado que tendría cierto interés en saber que había llamado, ¿no le parece?

– Sí, por eso lo llamo.

– ¡Sí, ahora, y no hace dos horas!

– Lo siento, Herr Schmidt, ¡pero me dejé llevar por una serie que daban por la tele!

– ¡Pero supongo que un episodio de una serie no dura dos horas, por Dios!

– No, pero entonces empezó otra.

– Y ahora imagino que debe de haberse terminado. ¿ Qué le dijo?

– Bueno, nada aparte de que se acercaría más tarde al sanatorio. ¡Y luego me preguntó por un inglés!

– ¿Qué inglés?

– No lo sé. Pero le comenté que Frau Rehmann había recibido la visita de uno.

– ¿Y?

– ¡Nada más!

Kröner estaba furioso. Colgó el teléfono, golpeó la mesa con el puño y de una pasada con el brazo barrió los papeles que había sobre la mesa y los tiró al suelo. Los descuidos eran imperdonables. Llevado por la ira, se había vuelto hacia la ventana para abrirla y dejar que entrara el aire fresco. De pronto se detuvo y de un solo movimiento se escondió detrás de la cortina. La desidia de Frau Billinger ya había dejado de tener importancia. El problema se había solucionado por sí solo, pues en aquel mismo instante apareció Petra Wagner al otro lado de la calle. A su lado iba una mujer desconocida.

Habían alzado la vista hacia su casa.

Kröner se retiró de la ventana. Cuando se hubo recobrado un poco, sonó el timbre de la puerta.

Uno de los Unterscharfführer de las guarniciones de las SS en Kirovograd le había enseñado una especialidad que, desde entonces, había hecho suya. Un día de frío intenso, aquel joven Unterscharfführer y otro suboficial habían matado, por puro aburrimiento, a un delincuente de un cuchillazo, precisamente en el momento en que iba a ser ajusticiado en la horca. Por ello habían recibido un castigo disciplinario menor, aunque todos se habían divertido.

No era tanto la acción en sí como la técnica lo que Kröner había adoptado.

El método era sencillo. Lo único que requería era un cuchillo de hoja fina y saber con toda precisión por dónde introducir el cuchillo para que no chocara con las costillas y fuera directo al corazón. Después de unos cuantos intentos, había adquirido una gran destreza.

La ventaja era que no había por qué tocar a la víctima ni mirarla a los ojos; se hacía por la espalda. En realidad, había pensado utilizar el método con Arno von der Leyen. Era sorprendente, rápido y sencillo. A Arno von der Leyen no le daría tiempo a reaccionar, y eso era el alfa y omega cuando se trataba de él, pensó Kröner. Sin embargo, la forma sorprendente en que se habían ido sucediendo los acontecimientos hasta el momento dejaba bien a las claras que también podría aplicarlo a otros candidatos. Tenía que darse prisa.

Al menos así se quitaría a Petra de encima.

Kröner se metió el abrecartas en el bolsillo dejando que sólo asomara el pie de ciervo. Estaba listo para ser utilizado. Las dos mujeres no le causarían problemas.

El hijo de Kröner tenía un amigo cuyo padre era propietario de una casa más amplia que la suya. Aunque aquello de por sí podía resultar impresionante, lo que realmente había despertado la admiración de su hijo había sido la enorme puerta principal de cristal. «¡ Se puede ver a la gente que viene, papá! ¿Por qué no tenemos una igual?» Todos los pequeños deseos tontos tenían su fecha de caducidad. La experiencia le decía que, con el tiempo, aparecerían otras necesidades más acuciantes. Y desde entonces no había vuelto a pensar en ello. Algo de lo que, en aquel momento, se arrepentía, pues una puerta de cristal le habría ahorrado el susto que tuvo cuando, de pronto, la puerta de roble maciza y tallada se abrió.

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